Cristina Wargon Biografía (III)

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Mamá se volvió loca

Cristina Wargon Biografía (III)

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Cuando ya todo había pasado, recibí una carta de mi hermano preguntándome, con esa inocencia que sólo conocen los hijos varones, cuándo creía yo que mamá se había vuelto loca. Nunca se la contesté, porque no hay que arremeter con el candor de los niños, ni de los hijos varones. Pero no pude evitar ponerme a hacer memoria.

Para mí todo empezó con el sillón del viejo, o quizá mamá ya estaba levemente loca en aquella foto de comienzos de siglo, donde se la ve primorosamente vestida de blanco y… ¡con los ojos bizcos porque estaba enojada!

La locura es un concepto que no manejo, quizá porque siempre la habito en el borde de la luz. Pero sí. Creo que todo empezó con el sillón del viejo.

La primera clave

Corría la década del 90 y temporalmente me había venido a trabajar a Buenos Aires. Como mi plan era por tan pocos días, me instalé en la casa de mi vieja, que siempre fue una anfitriona generosa y cálida. Vivía en el piso trece de un edificio del barrio de Boedo, con dos dormitorios diminutos y un living con una ventana pródiga en atardeceres y murciélagos confianzudos.

Me detengo en el living porque allí, con el respeto, la ceremonia, y la devoción de la silla papal, continuaba reinando, como una presencia que superaba la muerte, el “sillón de tu papá”.

Era un Berger realmente cómodo que, originariamente, había formado parte de un dúo, y cuyo compañero hacía mucho lo tenía mi hermano en su casa del Sur, tapizado y coqueto, no como el nuestro, tan altamente simbólico pero bastante mugriento. De cualquier modo, nadie mira si el Papa tiene sucia la sotana, y muchos menos íbamos a acusar nosotros que el Berger estaba un poco pegajoso.

Un mal día, al volver de trabajar descubrí que… ¡el Berger había desaparecido! En su lugar había un infame mueble de madera ordinaria con todo el aspecto de que a la segunda sentada se desarmaría, lo que inexorablemente ocurrió.

Desconcertada, le pregunté a mi madre qué había pasado con el Berger de culto y sin mosquearse respondió:

—Lo puse en la vereda y se lo llevó el basurero.

He aquí un perfecto ejemplo de los límites borrosos que puede tomar la locura, porque de alguna manera a mí me pareció legítima su decisión. Sólo cuando tiempo después habló mi hermano preguntando por el sillón, caí en cuenta que no era normal ponerlo en la basura. A mi hermano le pareció aún peor.

De olvidos y desmemorias. Cristina Wargon Biografía (III)

Esa pequeña anécdota inicial, dejó en claro dos cosas: que yo no era la persona más apta de este mundo para registrar las excentricidades maternas, y que mi madre pasaba de un lado a otro de la locura con una elegancia insuperable.

Mientras tanto, la vida transcurría con fluidez entre mis nostalgias cordobesas, mi trabajo y una amorosa convivencia familiar que sólo comenzó a alterarse por los olvidos: las llaves, los anteojos, la billetera, el libro que estaba leyendo, todo desaparecía y debía ser buscado en cacerías interminables.

Pero lo más exasperante eran los dientes. Era sólo una pequeña prótesis que siempre le había molestado, pero que de pronto comenzó a sacarse y a extraviar. Su mesita de luz, el cajoncito de lustrar, la bolsa de los trapos para la plancha, las cajas; donde se guardaban los cubiertos de plata, la jabonera del baño, todo era requisado, hasta que aparecían entre sus enaguas, en una bolsita de seda con lavanda, en la heladera o en cualquier otro lugar igualmente insólito.

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Era molesto pero como se hacía entre bromas, todavía no terminaba de alertarme. Después de todo, si he perdido unos cincuenta teléfonos celulares en distintos taxis… ¿de qué me iba a asombrar?

Pero a los dientes siguieron los olvidos más serios.

—¿Qué hora es?

La pregunta inaguraba el desayuno y podía continuar hasta la medianoche. Al comienzo yo le contestaba; cuando me cansaba, la mandaba a su cuarto a ver su despertador, y ella iba y venía con su alegre movilidad de pulga en día feriado. Al final le compré un reloj de pulsera que, de manera casi inmediata, corrió la suerte del sillón papal.

A esa primera pregunta obsesiva le siguieron otras dos: “¿Qué día es hoy?” y “¿Cuándo tengo que cobrar la jubilación?”.

Mi madre había comenzado a levar anclas de esta realidad, y a los olvidos se sumaron las obsesiones.

Decirle la fecha de su jubilación era lo de menos; que recordara que ya la había cobrado esa misma mañana era un problema más difícil; encontrar el dinero era otra cacería; y convencerla de que me dejara manejar el tema, un imposible.

—O acaso te pensás que estoy loca.

Finalmente tomé una decisión que me pareció iluminada, y que a la luz de los años muestra que mi grado de delirio era tan parecido al de ella que era difícil trazar una línea.

Agotada por el sinfín de preguntas y olvidos, comencé a hacer carteles y a pegarlos en la biblioteca HOY ES MARTES, MI JUBILACIÓN LA COBRO EL CINCO, U HOY COBRÉ LA JUBILACIÓN Y GUARDÉ LA PLATA DEBAJO

DEL PAPELITO DE LA MESA DE LUZ. Con la parsimonia de un escribano le hacia firmar cada cartel. La casa se fue llenando de pancartas. Todo fue inútil.

Cristina Wargon Biografía (III)

Cuando la situación “cobro de la jubilación” se volvía crítica, le hacía leer el papel con su declaración firmada y mi madre con desparpajo aducía:

1) que ésa no era su firma;

2) que sólo a una persona demente se le ocurriría escribir esos carteles.

Creo que me di por vencida una noche a las tres de la mañana, cuando me golpeó por décima vez la puerta para saber la hora.

Fuera de control, podrida, y pese a estar sola, grité:

—¡Esperá que estoy cogiendo!

—Bueno, suspendé un ratito y después seguís —replicó sin inmutarse.

A la mañana siguiente estábamos en el consultorio médico.

Allí comenzó la travesía de los galenos, un largo devenir de estudios hasta que una tarde me hablaron por teléfono a la redacción y me dijeron exactamente lo que yo no quería escuchar, pero que en algún lugar ya sabía: “Lo que tiene su mamá es progresivo e irreversible”.

Colgué y lloré como nunca lo había hecho y como —pensé— nunca más volvería a llorar. En eso estaba equivocada.

Los otros y el mundo de mi madre. Cristina Wargon Biografía (III)

Si alguien supiera de qué se trata esa enfermedad, Frank Sinatra no hubiese muerto de ella, viviendo en la cuna de todo saber y dinero.

Yo la viví a su lado durante siete años y obviamente, tampoco sé qué es, pero al menos sé qué ocurre en esos largos años. Comienza de un modo casi imperceptible, avanza como una lenta mancha de aceite sobre el mar y termina por taparlo todo. Sé de esa persona que se nos va de a pedacitos y sé de los pedacitos que también van perdiendo los otros. Por supuesto, también aprendí de mí misma, pero soy tan previsible que no me parece que valga la pena detenerse ahí.

En cambio los otros, son el primer frente de combate. El Alzheimer, está dicho, no opera como un rayo y en el caso de mi madre, ella parecía manejarlo de la siguiente manera: la locura se desarrollaba en casa, era nuestra dieta cotidiana, pero la lucidez, el encanto, todo lo luminoso que ella tenía lo ponía en los de afuera. Quizá por esto nadie quiso creerme cuando tuve obligación de informar lo que pasaba.

Mi madre tenía una vida social muy activa dentro del barrio, con un carisma que era una mezcla de Evita con Niní Marshal. “La abuela del 13” era adorada por chicos y grandes: el verdulero le reservaba las primeras frutillas, el panadero le preparaba merengues con crema chantillí, el impenetrable coreano de la esquina le sonreía y le daba yapa, y don Justo, el farmacéutico, hacía cuarenta años que le vendía Lexotanil sin recetas. Era además consultada como persona de sabiduría, básicamente porque su sentido común y una ironía secreta, la hacían de una eficacia formidable.

En realidad no era tan buena. Lo angelical le era esencialmente ajeno. Adoraba los chismes sin propagarlos y sabía de los enojos del barrio, de los romances y las traiciones. Nada la divertía tanto como los amores ocultos, quién se iba a la cama con quien, quién quería irse a la cama con cual. Tenía una opinión bastante pobre de su prójimo y por ende, muy exacta. Resumiendo, alrededor de mi madre, que era una señora que vivía sola, había una multitud de otros interesados en su persona pero, básicamente interesados en que nada de ella cambiara.

Con cada uno hubo que librar batallas; algunas delirantes, otras que hubiesen escandalizado a Vito Corleone.

Primeros combates

Había paseos que mi vieja adoraba: ir al cine, a Harrods, a cobrar su pensión y al dentista.

Esto último siempre fue enigmático. Consideraba al Dr. Oxi “una eminencia en lo suyo” y un reverendo pelotudo en todo lo demás. Nunca lo llegué a conocer personalmente, pero nuestra breve y fulmínea relación telefónica, confirmó, una vez más, que mi vieja era infalible en su malevolencia.

La excusa formal de sus visitas era la famosa prótesis de tres dientes, eternamente descalibrada, pero siempre volvía de allí repleta de chismes sobre la vida del doctor quien, según su sospecha, era ampliamente cornudo. Cuando la noche comenzó a caer sobre su cabeza, pensé que no debía intervenir en esa relación. Si el Dr. Oxi se daba cuenta, me hablaría, si no, seguiría arreglándole infinitamente la prótesis, lo que no me parecía nada mal, dado que el inútil nunca le había acertado. Así estábamos hasta que un día, buscando enloquecidamente algún objeto de los que se perdían cotidianamente, encontré un presupuesto de puño y letra del doctor, que incluía sacar todos los dientes y reemplazarlos con una dentadura completa que, por el precio, debía tener como seiscientos dientes de oro puro.

Tuve un ataque de furia. Papel en ristre le pregunté a mi madre de qué se trataba la historia. Primero, y como correspondía a su carácter de madre, me retó por andar “mirándole sus papeles, ¡atrevida!”. Y después declaró no tener la más remota idea. Obviamente, se había olvidado.

Entonces tomé el teléfono, lo llamé y le expliqué lo que estaba ocurriendo. Del otro lado se hizo un silencio que imaginé era de pena. Lejos de eso, el Dr. Oxi, luego de un carraspeo muy doctoral procedió a contestarme indignado que:

—Yo era una recién llegada a la vida de mi madre (lo que confirmaba que era un pelotudo, está claro).

—Él, como profesional, estaba en mejores condiciones que las mías para evaluar su salud mental.

—Que mi mamá estaba tan maravillosa y lúcida como siempre.

—Que siendo él su odontólogo, le iba a hacer los arreglos que considerara pertinentes.

Conté hasta mucho más de mil. Mi respuesta fue flamígera y concisa. Si osaba desconocerme, que le fuera a cobrar a su hermana (no le dije “su mujer” para que no me saltara el “¡cornudo!”). Y si le sacaba un solo diente a mi madre, con la misma pinza le arrancaría los dos testículos. Amén.

Nunca volví a tener una noticia directa de él. Mi madre seguía visitándolo, cuando no se confundía y marchaba a la peluquería.

Me detuve en el odontólogo por pura arbitrariedad, bien podría haber recordado al boticario a quien le ofrecí tres balazos en la frente si seguía vendiéndole drogas sin recetas, o, sin ir más lejos, a mis propios hermanos, que desde el sur juraban que mami estaba mejor que nunca mientras yo estaba loca como una cabra. En esto último acertaban, pero no era mi locura la que estaba en juego.

De pérdidas y regalos. Cristina Wargon Biografía (III)

Hubo un momento de su enfermedad en que mi madre comenzó a regalarlo todo. Qué hizo de sus alhajas todavía es un misterio, pero una tarde entré en la verdulería y quedé atónita. Sobre una parva de rabanitos, al costado de los repollos y coronando las lechugas, ¡estaba el retrato de Zuka!, el mismo que hasta el día anterior había presidido el living.

Zuka era una perra que había sido parte de la familia. El verdulero, orgulloso me contó que mi mamá se lo había llevado de regalo. No tuve ánimo para quitárselo. Nunca más volvió a casa y al final me acostumbré a verla asomada entre los repollos, con un aire más feliz que el que tenía en el living.

Con el mismo corazón ya totalmente desabrochado, le regaló las camas al portero, una lámpara de porcelana de Sevres a una vecina, cristales tallados al diariero y unos dólares que tenía guardados… sólo Dios sabe a quién. Sospecho que una noche los tiró por la ventana.

Fue una mala época. Pero no la peor.

Levando anclas. Cristina Wargon Biografía (III)

¿Qué se puede hacer frente al Alzheimer, o la demencia senil, o como se llame a esa voluntad de enloquecer e irse? Pues absolutamente nada. Sin embargo, ese concepto es imposible de asimilar por mi dura sesera polaca. No quería que mi vieja se fuera. Una nunca tiene una edad aceptable para ser huérfana. Decidí entonces dar batalla. La invitaba a jugar a las cartas y por la mitad de una canasta, ella pasaba alegremente al poker o viceversa. Por supuesto me ganaba siempre, pero ésa era parte de nuestra historia.

La mandé a un curso de literatura, de donde volvió diciendo que las profesoras eran muy ignorantes (y no lo dudé; ella era muy culta). Me sentaba con ella para ver cada noche la telenovela, cuyo argumento olvidaba por la mitad. Nada dio resultado.

Cuando ella cumplió los ochenta, mi hermano y mi cuñada la invitaron amorosamente al sur y la mandaron de vuelta con una dentadura de quichicientos dólares y con una pastilla ¡que curaba el Alzheimer!

Me dio ternura, era como ver en un espejo levemente deformante mi propia desesperación; yo pensaba que la podía curar la literatura; ellos, que lo haría una pastilla mágica. Ninguno se rendía. Sólo que buscar una dentadura tan cara le dio más emoción a nuestras mañanas.

Hasta que un día no pude más y sencillamente me fui.

Ceremonias de sábado a la tarde. Cristina Wargon Biografía (III)

Me mudé a pocas cuadras de distancia y entró en nuestras vidas Luisa, la señora que la cuidaba (o a la que ella cuidaba, según el día). Eran una pareja extravagante, mi mamá que estaba enloqueciendo y Luisa que había nacido loca. Se había criado en un pueblo y abrazado una secta religiosa que me parece la había atontado más. Pero era de una paciencia tan extrema y de modales tan exquisitos, que cuando llamaba al 113 para averiguar la hora, le respondía a la cinta grabada: “Muchas gracias señorita”.

La casa marchaba como una nave de delirantes y yo iba cada sábado de visita. Con el tiempo esto se transformó en una costumbre con todas las características de un rito. Primero le compraba abajo los merengues que ella adoraba, después venía la sección baño. Me ponía una malla, porque terminaba más mojada que ella, llenaba la bañadera y le pasaba una gran esponja enjabonada. Después venía el secado, perfume, talco, el corte de pelo, el arreglo de los pies, el vestido de las visitas y la hora del té con los merengues. De allí en más todo se complicaba, porque ya era imposible sostener un diálogo con ella.

Primero recurría a la infancia con sus hermanos, porque esa parte de su memoria de niña había quedado intacta, pero en algún momento se terminaba todo tema y ella se impacientaba. Entonces yo le pedía que me cantara.

Luisa, que observaba toda la ceremonia sin participar, se ponía nerviosa con los cantos. Según ella, su religión se lo prohibía pero además, no sabía cantar nada.

— ¿Ni un bolero?

—No, ni un bolero.

— ¿Ni un tango?

—No, no sé.

— ¿Un vals?

—Tampoco.

—Ya sé, Luisa —gritaba yo al final—, vamos a cantar algo que las tres sabemos.

Y a las cinco de la tarde, para sopresa de los vecinos que nunca entendieron nada, en el 13 G, tres voces argentinas cantaban con todo entusiasmo… ¡el Himno Nacional!

Todo esto duró muchos años. Finalmente, ella se fue de verdad y para siempre. Sin embargo se asoma a mi cara cada mañana, se aparece en mis gestos, se entrevera en mis palabras y en mis bromas. Fue un gusto habernos conocido. No la extraño ya todos los días, pero hay algunos en que sé que la palabra “soledad” se inventó para mí, cuando mamá se fue del todo.


2 comentarios:

  1. Isabel Sánchez

    Gracias! Admiro y disfruto de tu fantástica sensibilidad que cruza en todas las direcciones los límites de nuestra humanidad. Maestra!

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