Feministas Argentinas Cristina Wargon

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Divorciadas Grandecitas: Solitas y Calentitas

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Las divorciadas que ya han cumplido los cuarenta a los fines metodológicos se pueden dividir en dos, las que todavía cargan con hijos adolescentes y las que ya son abuelas.

Solo me voy a referir a las primeras porque las abuelas divorciadas ya han entrado en una nueva soltería que podríamos llamar “decorosa”. Entendiendo por esto que una abuela caliente suena algo obsceno, es por ello que hay muchas que, al menos de palabra, se han retirado de la cacería.

Novia con hijos se ofrece

Posemos la mirada entonces en este grupo que ha dejado atrás anginas y pañales. Sólo les ha quedado mucha libertad y algún o algunos plomazos de hijos que lo único que necesitan de ella es que se haga a un lado. Las señoras que llegan a los cuarenta en esa situación, tienden a enloquecer un poquito más de lo habitual. Los niños han dejado de dar una ocupación feroz para dar ahora una preocupación ídem, con algunas diferencias: a los seis años comían menos y obedecían a la orden de “ponete el saquito”, hasta daban la sensación de que querían a sus madres. Diez años después, se han transformado en rotundas bestias adolescentes. No obedecen a nada ni nadie, devastan la heladera y dejan bien en claro que odian a todos los adultos comenzando por sus madres. Con ese frente interno las damas divorciadas tienen que abocarse a la tarea de buscar un amor. Pobrecitas.

Algunas pretensiones han desaparecido, ya no se atreven a soñar un casorio o convivencia. Pero igual toda mujer que ha hecho vida de casada con dos críos, tiende a algo “estable”. Y así como las mujeres estamos más locas, los varones están menos estables que nunca.

Los lugares para conocerse han cambiado. Las mujeres seguimos haciendo las compras, pero un varón a medida que crece, no sé si por pura inteligencia o porque no les da el físico, se fugan de esa tarea (basta mirar un súper para notarlo). Me atrevería a decir que huyen de toda tarea social que les cause el menor esfuerzo. Imagino (esto no es científico) que los divorciados cuarentones se mantiene mirando fútbol, bebiendo cerveza y comiendo alimento balanceado para perros.

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La opción entonces vuelve a ser las redes sociales. Se cuelga una foto de antaño (notoriamente la gente que está en vías de retiro directamente pone a los nietos) y se lanzan a ese universo ilimitado y básicamente mentiroso que son “las redes”. No sé cuánto, cómo y con qué éxito se pesca, pero sé que por las noches, después que se ha luchado cuerpo a cuerpo con los adolescentes de la casa, una horda de señoras grandecitas, abren hasta siete pantallas a la vez para mentirse un rato con otros tantos caballeros.

No hay estadísticas todavía de cuantas parejas se han formado, ni de su duración, pero según investigaciones propias, el levante más clásico es “la asignatura pendiente”. Ese amor que desapareció a los dieciocho y después de dos décadas vuelve con los cigarrillos comprados.

El problema es que aunque ella tenga colgada una foto de cuando usaba esa edad, la mayoría ha echado cintura, por no decir que se han puesto absolutamente gordas (Valga esa digresión para alabar a una amiga que en nombre de ese reencuentro se bajó veinte kilos en dos semanas. Todo hubiese resultado maravilloso si ella hubiese podido levantarse de esa mesa de café sin desmayarse).

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Digamos que el panorama da pena y esto se agrava porque las chicas que han “servido” a un marido y han “servido” a sus hijos, llegan con tolerancia cero e incapaces de hacerle al candidato un mísero café. La soledad lleva a las mañas.

La mayoría “dice” querer un varón pero no están dispuestas a dejar ninguna histeria expulsiva de lado. Han olvidado, en fin, que desde que se inventó el amor, sólo se sostuvo por un verbo: “compartir”. Y entre unos que no quieren y otras que han olvidado… lo siento chicas, el panorama no es bueno. Pero siempre pueden anotarse en la murga del barrio, no es igual pero se descargan energías ¿la seguimos?

 



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