Mujeres Humoristas Argentinas Cristina Wargon

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Trámites Miserables

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Hay gente que debería ser fusilada sin juicio previo. Anótenme como primera candidata en el rubro “hacer trámites bancarios

No sé, no me gusta, no me importa, me confundo y me da taquicardia. Cualquier minuto de mi vida que se vaya en tareas tan abominables, sé que me llevaran al infierno. Dios no puede perdonar a ninguna criatura que se resigne a esto. Pero como un karma cada tanto me llega un cheque de una editorial, por un monto paupérrimo, que sólo puedo cobrar en ventanilla y cada vez dejo en el trámite una parte de mi vida.

En esta ocasión casi arrastro a un tercero. Vengan conmigo que ya saqué el número. Era una mañana de invierno en Buenos Aires, helada pero con sol, en el microcentro, destruido por una obra. Para llegar tuve que atravesar manifestaciones con bombos, batucadas, vendedores, cafeteros, oficinistas con ojos grises de papeles, y hasta un Jardín de infantes comandados por una maestra que llevaba un grupo de niñitos de tres años, con cara de futuros criminales púberes.

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En realidad la primera en equivocarse fue la editorial. Como si fuera absolutamente idiota les pregunté la dirección del banco. La anoté en un papelito y cuando llegué a la calle y el número, me zampé con el cheque en la mano, saqué el numerito y me senté a esperar. En mitad del ocio miré mi cheque que claramente decía “Standard Bank”, y yo había entrado a un banco que decía HSBC… Me sobresalté, algo andaba mal. Me acerqué a una de las cajas y recibí la siguiente información:

1) Que allí no pagaban nada, que me dirigiera a un banco “grande” (usó otra palabra que no me acuerdo).

2) Que no me hiciera problema por el nombre porque ahora todos eran HSBC. 3) Para llegar tenía que caminar derechito por la calle de la puerta, dos cuadras hasta llegar a Florida. En esa esquina estaba…

Hasta mi nieta, que era pequeñita y mendiolaceña, podría orientarse con esa información. Yo no comencé a transpirar. Siempre sospecho que las calles conspiran contra mí y que mientras me distraigo se cambian de lugar, así que salí, llegué a la esquina y le pregunté a un señor que pasaba muy apurado:

– Señor tengo que llegar a un banco (y allí se me dio vuelta el chip y le largué…) el Santander Rio, que queda en Florida y esta. El señor tenía un almita misericordiosa, me atendió con la paciencia que uno pone en los discapacitados y contestó:

– El banco Santander no queda allí

– Bueno, dígame dónde queda porque me han dicho que todos son del HSBC

– Señora, yo “trabajo” en el Santander y no es del HSBC

– Se ha vendido. ¡Me lo terminan de decir!

– Pero es raro que yo no lo sepa -el señor comenzaba a revolear los ojitos; una nube de preocupación había descendido sobre él.

– Es que vio cómo es esto -abundé yo- los empleados somos los últimos en enterarnos

– Además -intenté consolarlo porque me parecía al borde un ataque- nunca pasa nada demasiado grave.

– ¡Pero es muy grave!, insistía el señor con los ojos llorosos. Lo dejé al borde de un paro cardíaco, y con paso decidido me dirigí al Santander.

Y Otra Vez

Vuelta numerito. Vuelta cola interminable con el agregado de que no alcanzaba a ver la pantallita que estaba al frente, así que molestaba a todos los cristianos de alrededor para que me dijeran “por dónde van”. Cuando me tocó el turno, la cajera me miró desconcertada.

– ¿Qué quiere hacer, depositarlo?

– ¡¡¡No!!! ¡¡¡Cobrarlo!!!

– ¿Pero cómo quiere cobrar un cheque del Standard Bank acá? Di media vuelta avergonzada, y partí para el tercer banco. Mientras esperaba con el numerito en la mano me acordé del pobre señor. Si saben de un señor que se suicidó en el microcentro, vengan a buscarme que fui yo.

 



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