Talleres de Humor Cristina Wargon

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¡Socorro se me Quemaron Todos los Foquitos!

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De vez en cuando me entrego a la mas miserables de las pasiones: tenerse lastima , Pienso entonces,:” esto, cuando estaba casada no me ocurría”, Pero rapidamente me sorprende face con notas como esta, me hacen reir, y ponen las cosas en su lugar.

Alguien debería tomarlo en serio, la física cuántica, la filosofía, el tarot italiano, o la máquina de Dios pero hay fenómenos que merecen una explicación que aún nos falta… … Por ejemplo: ¿por qué en una casa todo se descompone al mismo tiempo y cuáles son los curiosos efectos que provoca este hecho en los nervios de la familia? Lo digo de otro modo ¡socorro se me quemaron los foquitos! Supongo que ya habrán descubierto por sus propios medios que de esas nuevas lamparitas de bajó consumo que iban a durar quinientos años, lo único que es verdadero es que iluminan como para una fiesta del conde Drácula y además se queman. Y, como los dramas jamás vienen de a uno, al primer foco le sigue otro, y así hasta arrastrar el calefactor, la heladera, el televisor y el matafuego (si lo hubiere).

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Estos desastres tienen siempre un origen Chejoviano o, si ustedes quieren, para parecer más moderna, minimalista. Son esas “pequeñas cosas” que un día comienzan a fallar; tan solapadamente que una tarda en descubrir que a partir de un ínfimo detalle vamos de cabeza a una hecatombe existencial. Por ejemplo: se quemó la luz de arriba del dormitorio. La lógica indica que no hay nada más fácil que cambiarla, si no fuera que el techo esta a cuatro metros de altura y la única escalera de la casa está incapaz de sostener a un colibrí anoréxico. Eso me lanza a una amarga reflexión… si mi marido no fuera tan enano y pesara menos que un colibrí, llegaría con una silla puesta sobre algo.

Descubro que es muy triste pensar con tanto rencor sobre la altura del marido de una, quien por otra parte contempla el incidente con su mirada más perdida, lo que me lleva a otra reflexión airada. Después de todo no sos un inquilino. Esta vez la mirada se le pone levemente bizca y descubro que no ha escuchado nada de mi perorata porque tiene los auriculares conectados a un compact de Coltrane. Esto me lanza a otra reflexión aún más crítica: quizás nuestro matrimonio funcione porque desde hace años escucha a Coltrane y no a mi. Estoy a punto de preguntar ¿a quién querés más? Pero creo que no soportaré la respuesta.

¡Socorro se me Quemaron Todos los Foquitos!

Así que para cambiar el foquito llamo a mi sobrino joven, fornido y entusiasta para cualquier cosa… ¡que no sea ir a cambiarle un foquito a su tía! El joven se demora y una se machuca las piernas con moretones para prender “la otra luz”. Finalmente, a lo Castaneda, memorizamos la marcha del poder en la oscuridad y con un poco de suerte alcanzamos el velador sin tropezar con el televisor, la video, la silla y la computadora. Aunque nunca falta quien deje la balanza en la mitad del trayecto y nos vamos de traste al piso.

Finalmente llega mi sobrino y dictamina que hay que cambiar el porta lámpara y cinco metros de cable y que con gusto lo hará. Que lo llamemos en cuanto tengamos las cosas compradas. Entiendo que todo está perdido, la empresa me excede y ni intentó convencer a mi enano de que lo haga. Tengo pensado divorciarme por motivos más nobles que un foquito total, si consigo que dejen la balanza en su lugar me arreglo con el velador. Pero lo que me desconsuela es saber lo que se viene: como un alud quedaré sepultada en cosas que no funcionan, no iluminan, no enfrían no calientan. ¡Piedad! Casada o sola ¿No encuentran que por momentos la vida puede ser entre patética y miserable?

 



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