Talleres de Humor OnLine en Córdoba Cristina Wargon

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Casi Mate un Chorro en el Abasto

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Si alguien vio por la calle Anchorena una señora corriendo un ladrón armado, pegándole con una cartera a las diez y media de la noche, era yo. O ese otro yo desconocido, que llevo adentro, imprevisible y feroz que cuando se desata sólo quiere matar. Me ha aparecido pocas veces en la vida. La ley la llama emoción violenta, sólo agradezco a mis Ángeles de la guardia que me protegieron cuando me ocurrió porque nunca alcancé a matar a nadie.

El caso es que volvíamos del teatro con Mónica, después de ver “Atracción Fatal”, esa excelente adaptación de Muscari y en lugar de tomar un taxi, como debería hacer, me pudo la economía de un subte que me deja a cien metros de mi casa ¿qué me podía pasar? Y allí íbamos las dos por la calle, discutiendo apasionadamente por la obra cuando pasando el Pertutti ingresamos en la sombra que queda hasta llegar a casa y de la oscuridad se desprendió un tipo que se acercó a Mónica y comenzó a hablarle bajito. Pensé que era un levante hasta que escuché amenazante “dame la guita o las cago de un corchazo”.

Ese es el momento en que una señora redondita, de convicciones pacifistas, de natural buen humor, que habla bajito (por el pucho) que, cuando se tiene que defender o atacar, usa sólo la palabra, (casi tan mortal como un revólver)… Ese es el momento repito, cuando la señora, que además respira mal, y le duele vagamente todo el cuerpo, con énfasis en las rodillas, debe entregar su sobrecito dorado, regalo de Liz (tenía sólo la sube y algunos pesos) y después llorar, desmayarse, pedir auxilio, o cualquiera de las cosas que “debe hacer” frente un asalto a mano armada .

Pero ¡amalaya! En vez de mí, apareció la otra y envuelta en una marea roja de ira gritó ¡bastaaaa te mato! Revoleó el sobre dorado de Liz y había algo tan brutalmente asesino en mi actitud que el chorro retrocedió y yo comencé a correrlo pegándole con el sobre como si fuera un ladrillo.

No lo repitan en sus casas.

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Pasado todo me quedé pensando en qué me había ocurrido y dentro de ese ataque misterioso, lo único que sé es que esa clase de reacciones las tengo cuando las cosas me sobrepasan y una bolsita oculta, donde voy poniendo las agresiones, termina por estallar fuera de cualquier control.

En este caso hice una lista prolija: me enfurece vivir bajo un virtual toque de queda, me indigna que el gobierno haga una publicidad de sonrientes globos amarillos anunciando que han puesto dos cámaras más en la esquina, cuando cualquier vecino sabe que allí mismo se vende droga sin parar.

Me indigna que tomar un taxi sea un lujo y que una jubilación mínima te premie una vida de trabajo con algo que no cubre ni los remedios.

Me duele mi país; que viene cayendo en la pobreza desde hace tantas décadas; que ya tenemos desde niños indigentes a hordas de adolescentes cuya única salida parecería agarrar un arma.

Pero en esa bolsita hay más, hay llantos secretos por los que se fueron de la mano de la muerte; iras añejas por los maltratos que me tocaron por ser mujer; viejos insultos por ser judía, o el desamor de aquellos que se fueron “sin saber por qué me amaron otros”. Esa bolsita está cerrada bajo siete llaves y sobre ella construyo la sonrisa y el poder levantarme el cada día. Pero ¡cuídense los malhechores de esa señora con rulos, engañosos ojos celestes de mirada tranquila! Ella lleva consigo el monstruo de tal ira que, desatada, es capaz de enfrentar un tanque, un gobierno o un chorro. No lo repitan en sus casas.

 



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