As Time Goes By Cristina Wargon

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Ay de ese oído femenino

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Suena el teléfono y escucho: “¡Hola Cristina!” Mi corazón salta, todavía no reconozco la voz, pero el “Cristina” me traslada a esa época en que yo tenía nombre y no sólo este apellido que remite en al acto a una fábrica de vagones alemanes.

Me gustaba llamarme Cristina, todo aquel que me nombre así pertenece a mi pasado, y las amigas del pasado son necesariamente de amianto y oro.

– Si?, contesté tanteando, a la espera de escuchar un poquito más su voz. Pero ella sólo rió y esa risa la identifica más que cualquier documento

– ¡Amalia!, grito ¿Dónde estás?- Amalia es una amiga con la que atravesamos la universidad juntas.

Compartimos las mismas trincheras y rompimos más de un taco corriendo de la policía. Eran épocas de dictadura. Después, Amalia se fue al exilio y del exilio al mundo. Ahora es una consagrada poeta, prestigiosa intelectual, divide su tiempo entre Europa y fugaces pasadas por la Argentina.

Cuando me habla es como si el día anterior hubiésemos estado juntas en alguna asamblea en el Pabellón España o prestándonos un tampón en algún baño. Es más joven que yo y siempre la consideré más sensata. Ha intentado varias convivencias sin éxito, y la última vez que nos vimos estaba entretenida con un “él” que le tenía alborotada sus hormonas menguantes. Habíamos hablado largamente del sujeto, conjeturado si era un refinado histérico o un romántico  reprimido. En fin, todas esas pavadas que hablamos las mujeres que jamás entenderemos a los hombres pero nos entretienen mucho. Si Amalia estaba contenta, para mí estaba bien.

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– ¡Finalmente terminó siendo un hijo de puta!- comienza Amalia con ese sobreentendido que certifica una larga amistad- ¿Sabés lo que me hizo? Me termina de mandar un mensaje de texto.

– ¡Ay, Dios!- exclamo verdaderamente conmovida. Amalia siempre eligió intelectuales y no imagino a ninguno de ellos cometiendo la tropelía de mandarle una felicitación para el 8 de marzo

-Decime que no te mandó un ” feliz día de la mujer”.

Mucho peor, dice Amalia con la voz congelada- Trato de imaginar qué le puede haber dicho ¿que es casado? Ya lo sabía. ¿Que es un poco gay? Poco le importaría a mi amiga… estaba considerando cómo tomaría la pedofilia cuando  ella dice:

– Te lo leo textual: “Siempre estaré fascinado por tu belleza interior, sos una mujer extraordinaria”

-Ah, contesto desconcertada- No veo la ofensa (¿notaron que entre las amigas suele haber una inteligente y otra pavotona? Pues bien, yo soy la pavotona de esta relación)

-¡¡¡ Mandarme un mensaje para decirme vieja!!! ¿Quién se lo pidió?- Amalia está entre la furia y el llanto.

-Amalia no seas jodida -trato de calmar- no dice nada de la edad.

-Aja, insiste con voz de vidrio- prestá atención, habla de mi “belleza interior” y ¿cuándo uno se ve obligado a hablar de la belleza interior?, cuando la exterior está hecha polvo. ¡Y no quieras defenderlo porque el remate lo confirma… “sos una mujer extraordinaria”… ¿Qué me quiere decir con eso, a ver, ¡explicame! (misteriosamente se ha enojado conmigo)

No sé -balbuceo- que sos buena mina, que hablás cinco idioma, que tenés un cátedra en Milán… que siempre me prestaste pilchas -mi voz se va perdiendo, junto con mis argumentos.

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Ay de ese oído femenino

– No te gastes porque no va a cerrar. Cuando un mensaje puede ser para la mamá, si se lo manda a su amante es ofensivo.

– Esperá -la corto intentando una defensa desesperada del señor- Pudo ser peor, imaginate que hubiera escrito “a la más bella en su día” – ¡Lo pateo por idiota!, dijo.

-Pero Amalia… si vos sabés que sos linda… ¿Por qué este escándalo?

Suspira, se hace un silencio, y después en voz bajita me dice- Yo sé que era linda, ahora sé que soy vieja.

En silencio, nos desconsolamos a dúo. Suspiro y remato –”Si seguimos así nos llegará un mensaje: siempre estaré fascinado por tu limpieza”.

Cortamos las dos  juntas, cada  una para suicidarnos ya.

 



Cristina Wargon y la Cama

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