Pedro y el Lobo

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La Wargon Recibe a Carolina López Scondra

Pedro y el Lobo Cristina Wargon

Por Carolina López Scondra

Pedro vivía en un pueblo bastante pequeño. Uno de esos perdidos por ahí, lo suficientemente pequeño para que no pasara nada relevante. Todos los vecinos  se conocían desde generaciones inmemoriales, o así lo creían lo que les daba el derecho supremo de opinar sobre cualquiera, tirarle kilos de tierra encima o endiosar al más hijo de puta de todos sólo por portación de apellido. Los días transcurrían plácidos sin mayores sobresaltos más que alguna muerte por ancianidad previsible o algún chusmerío de verdulería de la que hablaban todas las señoras mientras barrían la vereda. Parecía que nada podía sobresaltar a ese pueblo de morondanga y Pedro se aburría constantemente.

Si no te gustaban los deportes no tenías mucho que hacer ahí. La única charla era erótica entre adolescentes que claramente no tenían ni la más mínima experiencia más que pornografía de alguna revista pegoteada de algún primo mayor.

Un tarde, de puro aburrimiento, inventó que había un lobo rondando los campos de los alrededores. Deslizó el dato, así como quién no quiere la cosa, en la plaza principal que rápidamente corrió por los comercios y de allí a cada casa a la hora de la cena. Para esa noche ya se escuchaba que eran una manada de lobos asesinos enviados por el pueblo vecino para tomar la intendencia.

El Grito

Cuando gritó que venía uno, todos le creyeron de inmediato y hasta hubo quienes aseguraron haberlo visto, describieron sus facciones, sus fauces. Lo vieron al menos en tres puntos de la ciudad diferentes, reportaron desaparición de gallinas y de terneros. Pedro por fin se divertía con algo después de tanto tiempo. Se rió en silencio mientras escuchaba a los gauchos convencidos de haberlo enfrentado e incluso hacerlo retroceder a fuerza de machete y bravura. A las dos semanas volvió a dar el grito de alarma.

Esta vez hasta los bomberos salieron con la autobomba a buscarlo, las señoras dejaron de barrer la vereda de inmediato, se encerraron en las casas y se agotaron los víveres del almacén, por si acaso tenían que permanecer ocultos si el lobo se les apostaba en la puerta a esperarlos. Los niños tenían prohibido salir a la hora de la siesta. Uno inventó el repelente de lobos,  un ungüento a base de bosta de caballo, con lo que aseguraba que el bicho no los comería, lo que era bastante creíble por el asco que causaba. El tipo se hizo rico en un mes y se mandó a mudar con su Lamborghini. No se hablaba de otra cosa en los pasillos de las escuelas, los atrios de las iglesias y las fiestas patronales. Pedro se divertía de lo lindo como cuando pateaba un hormiguero y veía salir a las coloradas desesperadas.

Esperó dos semanas y volvió a repetir el grito de susto a la voz de “¡Lobo! ¡Lobo a  la vista!”, pero el chisme era viejo. Ahora comentaban la separación del Secretario de Obras y la amante enfermera que, según algunos, estaba embarazada.

Pedro y el Lobo Cristina Wargon

Pedro y el Lobo Cristina Wargon

Pedro volvió a aburrirse de inmediato, pero descubrió su vocación.

Terminó el secundario y se fue a la ciudad a  estudiar.

Se convirtió en periodista.

Entró a un multimedio y se llenó de prestigio alarmando televidentes anunciándoles la llegada de crisis inminentes, guerras, ladrones, espías, políticos y cualquier otra cosa.

Volvió a su pueblo unos años después y grande fue su sorpresa cuando se encontró las casas con rejas, los niños encerrados por las tardes, señoras mandando whatssap esperando que pasen las barredoras municipales para juntar las hojas secas  y un montón de patrulleros buscando lobos imaginarios.

 

 



Cumplir 50 por Cristina Wargon

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