Pandemia I – Crisis Vocacional

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La Donna e mobile… dice la autora. No lo vamos a discutir

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CRISIS VOCACIONAL

Por Liz Marino

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Pandemia 1 Crisis Vocacional Cristina Wargon

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Si en algo me afectó la pandemia fue en el trabajo. Tanto que abandoné lo que siempre fue mi verdadera vocación.

Desde niña fui una alumna modelo, diez en todo, el orgullo de mis papás. Cuando en secundario tuve que decidir a qué dedicarme me llenaron la cabeza: mamá insistía con medicina: “sueño con un médico en la familia”, papá me perseguía con ingeniería, que tiene demanda, que con tu inteligencia…

Yo soñaba con un trabajo donde me apreciaran, esos en los que la gente te paga agradecida, contenta.

Finalmente a los 18 años me decidí. Yo quería ser puta.

Era el laburo ideal: mucho trato humano, agenda libre, y se valoriza tu entrega. El cliente te paga encantado, en efectivo, por adelantado. Y a veces en dólares.  

A mis padres no les gustó la idea, dejaron de hablarme.  Recuerdo que fue en el mundial 86 y son tercos los viejos… todavía no atienden.

Pero bueno… era mi vocación y me volqué de lleno.  Me instalé en un monoambiente alquilado. Me empezó a ir bien, al poco tiempo compré dos ambientes en Once.  Armé un buen gabinete, alfombré las paredes y puse cortinas pesadas porque los vecinos son tan intolerantes… Resulta que no quieren escuchar “gemidos”…  ¡con los gritos que ellos les pegan a los chicos!!!   

El negocio anduvo bárbaro, fui refinando la clientela, me mudé primero a Recoleta y ahora estoy en Puerto Madero, 120 metros de vista al Río, es divino acá.

Ya bien posicionada, me fui quedando con los mejores clientes, tipos con guita, casados, que siempre son los mejores. Y tuve mis preferidos: Felipe, Ernesto y Gastón.  

Pero llegó la cuarentena y cambió todo.  Mi trabajo de años desmoronado en unos días.

Para empezar, los hombres quedaron retenidos en sus casas con custodia matrimonial y cerco perimetral de pibes. Una tobillera sanitaria.  No vinieron más.

Me lo tomé con calma, tenía ahorros y aproveché para descansar, largar los corpiños metálicos y andar en pijama.  Además invertí en herramientas de trabajo: cambié el sommier y me hice un retoque vaginal que me dejó hecha una púber. 

Igualmente el negocio se movió, los clientes no podían venir pero llamaban bastante, con la esposa en joggineta y niños en cada metro cuadrado a menudo se les caía la autoestima y necesitaban reanimarse a mano, asi que los pobres usaban mucho la línea hot que instalé.  El peor era Aníbal… no se puede creer, gente grande haciéndose la paja y atrás escuchabas a los pibes con la Play.  Ahí me dije: Estos tipos no andan bien.  

Pero lo peor vino después, cuando finalmente aflojó la cuarentena y empezaron a pedirme turno. 

Para sacarme la modorra y recuperar el entusiasmo retomé con el más lindo, Felipe, un canoso pintón, elegante, ex diplomático, siempre perfumado, caía a la tardecita con un Dom Perignon.  Sonó el timbre y cuando le abrí la puerta quedé muda …¡se comió a la mujer! Tenía 36 kilos de más ¿podés   creer? Felipe, el elegante, era ahora una esfera.

Y yo me he vuelto cada vez más selectiva, no puedo cualquier cosa. Pero mi tiempo vale… Así que con mi bata transparente le hice un café, le conté que andaba con tos seca y aunque su Aqua de Giorgio Armani me estaba ahogando le pregunté por qué ya no se ponía perfume. Tenso, miró su Iphone, dijo que tenía un imprevisto y salió corriendo. Por supuesto, previo pago en dólares, porque yo no lo eché ni mucho menos.  

Después vino Ernesto, un mecánico dental sin muchas luces pero de lo más bonito. Siempre fue obsesivo, ya antes de la cuarentena se traía el desinfectante y pedía jugar a la enfermera, al tipo lo excitan la asepsia, el personal médico, los quirófanos… Sonó el timbre, abrí la puerta y ahí estaba, en un áurea de lavandina, con barbijo, protector facial, guantes de látex, gorra, delantal y botas de cirugía… ¡y urgido por tener sexo exactamente así!  Mareada por el sanitizante le expliqué que con tanto implemento protector no le podría encontrar el pene y lo mandé a que se lo pinte con pintura fluorescente y vuelva. El muy boludo fue a la pinturería Rex de acá cerca y me llamó diciendo que ya tenía el pene amarillo flúo y le ardía. Le pedí que ante todo me transfiriera honorarios, que no podía perjudicarme su alergia a la pintura, y después le hice gamba y le mandé al SAME, que en definitiva yo pago con mis impuestos.

Y a mi último cliente VIP, el musculoso Gastón, le dí de baja el día que vino con la suegra discapacitada.  Su mujer era “personal esencial” y laburaba todo el día, así que el tipo no podía moverse sin la suegra ¡ciega y en silla de ruedas!.  La entró, la dejó en el living, le puse música, y él le dijo que estaba en el dentista. Pero con los primeros gemidos y jadeos de Gastón la vieja se asustó y quiso rescatarlo, así que giró en redondo con la silla, me rompió tres artesanías hindúes, se llevó puesto al gato y estuvo a punto de caer desde el piso 12 porque el balconcito estaba abierto. Soy demasiado tolerante porque la vocación me tira, pero dije basta.

Y ahí colgué el laburo.  Si eso había hecho la cuarentena con mis tres mejores clientes no quise imaginar al resto.  

Reconozco que me deprimí unos días, pero se impuso mi veta comercial y decidí diversificarme.  Para empezar exploté mi extensa cartera de clientes con otra propuesta: venderles ollas Essen.  Es verdad que mi llamado los sorprendía, a ellos nunca les interesó comprarme ollas, pero en cuanto ponían excusas les decía  “Si vos no cocinás… ¿no querés mejor que le pregunte a tu señora?” ¡Y me las sacaban de las manos!  Increíble lo que facturé con las ollas Essen.

Pandemia 1 Crisis Vocacional Cristina Wargon

Finalmente la pandemia terminó y -como todos- quedé algo distinta. 

Sin abandonar mi pasión, me volqué a la docencia, organicé una escuela/taller que es un éxito: doy clases de fellatio, y no doy abasto para matricular! El alumnado es variadísimo, jovencitas ambiciosas, alguna botinera, gays enamorados llenos de entusiasmo y hasta señoras muy modositas que quieren remontar su matrimonio de 35 años.  Laburo en casa, me adoran y agregué un anexo de juguetes sexuales que a todos les viene bárbaro.

Ya en plano de empresaria me siento diferente. La semana próxima voy a pasar por lo de mis viejos a ver si me abren, les quiero llevar la línea completa de Essen, esa color verde aguamarina que es tan linda.  Si todavía andan por ahí van a estar encantados, e incluso puede ser que, si me reconocen, no tengan ni idea de por qué no me hablaban.

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