No se Culpe a Google

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Que el Internet se mete en nuestras vidas, ya lo sé…

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NO SE CULPE A GOOGLE

Por Gabriela Castillo

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No se Culpe a Google Humor a la Wargon

No se Culpe a Google


 

Sr. Juez, no se culpe a nadie de la muerte de mi madre. Lo de Google fue pura casualidad.

Al nacer, mi mamá era una beba hermosa, gorda, rubia y de ojos celeste. Para todos, menos para ella, que ya hubiese preferido ser FLACA.

Así empezó su vida, y así siguió. Según las épocas y los usos y costumbres de cada tiempo tomó pastillas mágicas, hizo la dieta de la luna, la de la manzana, la de la sopa de repollo. Se enfundó en temibles fajas, se compró aparatos que daban descargas eléctricas, e inauguró la vanguardia de la bulimia aunque rápidamente la abandonó porque lo único más fuerte que su deseo de adelgazar era la idea de desperdiciar comida.

Así empezó también mi vida, y así también siguió. Educada en los propios mandamientos de mi madre:

  1. El negro “hace” flaca
  2. La ropa con rallas horizontales “hace” gorda
  3. Las remeras sin mangas y los pantalones cortos están prohibidos
  4. Los pulóveres de cuello largo “acortan”
  5. Los tacos altos “estilizan”
  6. La banana “engorda”
  7. ¡¡¡ENTRA LA PANZA!!!

Su prédica fue inútil. Con el correr de los años me fui volviendo abundante, juntando kilos con la devoción de un coleccionista y cultivando una panza generosa y desbordante.

Nunca encontré en eso motivo de preocupación ni de vergüenza. Empecé a transgredir aquellos mandamientos vistiéndome de pecaminoso rojo y terminé al borde del infierno el día que estrené la bikini.

Primero fue únicamente en Brasil, después en casa pero abajo del pareo. Cuando ya salía en malla a recibir al sodero, la aflicción de mi mamá apenas puede ser comparada con la que habrá sentido la madre de Jack El Destripador.

Sólo la consolaba el hecho de que en mi barrio “ya me conocen” y que el llevar apellidos distintos le daba la salida de emergencia de negar cualquier parentesco.

Así estaba yo, impúdica y feliz, pasando el limpiafondo a la pileta cuando pasó el carrito de Google Maps y me fotografió exhibiendo orgullosa lo que mi mamá siempre quiso esconder.

Tres mil millones de personas en todo el mundo pueden verme tal cual soy.

Y si un día encuentran a mi mamá muerta frente a la computadora, no se culpe a Google. Considérese un acto de autodeterminación.

Después de todo, fue su ejemplo el que me hizo desoir sus palabras y me decidió a ser libre antes que flaca.

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