Lidiar con un Impotente

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LIDIAR CON UN IMPOTENTE

Por Cristina Wargon

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Lidiar con un Impotente Humor a la Wargon

Lidiar con un Impotente

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Por más que una envejezca, hay enigmas masculinos que jamás podremos entender: el fútbol, la relación con la mamá, por qué les gustan algunas mujeres que no son una, y de seguir la lista agotaríamos paciencia y papeles. Pero el mayor de todos, el más misterioso de los misterios, es el funcionamiento de “esos centímetros” de los varones, que parecen totalmente independientes de sus dueños.

 

Cuando el león no ruge

 

A veces ellos dicen querer y el pedacito se niega. Allí queda: arrugadito y lastimoso, un flácido chizito de peluche, mientras una los mira desesperada, disimulándolo claro, y sin saber qué hacer…

¿Qué esperan de nosotras en ese trágico momento? ¿Los ayuda o los inhibe que tomemos la iniciativa? ¿Se trata de nervios y habrá que recurrir a un té de tilo? ¿Habrá que silenciarse y hacer de cuenta que no pasa nada (que es exactamente lo que está pasando)? ¿Será porque nos han visto ese rollito que no se va ni aunque aguantemos la respiración durante seis días? ¿De pronto no le gustamos más? ¿Nos falló el desodorante, el aliento, el horóscopo?

Pero, finalmente, como ya estamos ahí, y no nos resignamos a quedarnos con las ganas, nos tragamos el Narciso herido y llevamos a cabo el trabajo fenomenal que las mujeres solemos invertir en estos fracasos.

Visto a la distancia, una puede perdonar casi todo, pero lo insoportable es el recuerdo de ese esfuerzo estrictamente íntimo y doméstico.

Porque eso, es precisamente lo que más duele. Si el desastre se desata en el telo, dura menos, y en última instancia, lo pagó él… ¡Pero si es en nuestra casa!

¡Oh vengativo Dios que castiga la lujuria! Nunca podremos olvidar que una se emperifolló, limpió y cocinó para estos desgraciaditos! Esto demuestra que, contra lo que nos enseñaron, el esfuerzo no lleva necesariamente, al éxito o la felicidad. Y mucho menos a un orgasmo.

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Preparándose para el fracaso

 

Comencemos resumiendo: lo verdaderamente indignante no es lo que no les ocurre, sino por qué dejan que nos tomemos tanto trabajo para intentar que sí ocurra.

Si bien no sería lógico pretender que los varones flojitos anduvieran identificados con una clara tarjeta en el pecho que anunciara “erección dudosa”, tampoco es delirante pretender que nos den alguna mínima pista.

¿Qué mujer no ha pasado por el episodio: “me preparo para una noche de amor” y lo único cierto fue que se hizo la noche y el amor, o lo que fuere, huyó con el rabo entre las piernas?

Amigas: no os culpéis, el candidato a dejar una mina en esta situación puede ser cualquiera. Se agazapan por doquier. Puede estar escondido por ejemplo, detrás de el nuevo de la oficina, que comienza mirándoles las lolas mientras dice “qué lindos ojos”. Después de tres cafés, más algún tiempo de andar hablando con el potus, es lógico que una dama sucumba, se decida y lo invite para el próximo sábado a su departamento.

La tragedia comienza a tomar forma. ¡Ni el Triatlon da tanto trabajo como invitar a un tipo a casa! Una se prepara para una noche de gloria con un desgaste de calorías mayor a las de Mike Tayson intentando recuperar su corona; limpiar el departamento: 500 calorías; limpiar el baño: 500; pulir el inodoro: otras 700; cocinar una comida afrodisíaca con nueces, langostinos, pasas de uva, frutos de mar y dulce de leche (hay que invertir tres días sobre la hornalla pero la receta asegura una erección proporcional): otras 500. Si se suma cambiar las sábanas, comprar champagne, velas y sahumerios, se debería llegar al sábado más flaca que Naomi Campbell y tan pobre como sor Teresa de Calcuta (mis disculpas por mezclarla en estos líos de cama). Y sin embargo, nunca alcanza para bajar el rollo de la cintura.

Además, si lo invitó el miércoles que es, infame vida, el único día que una tiene para depilarse antes del encuentro, para el sábado los pelos de la ingle ya se enquistaron y hay que sacárselos con una pincita. Es tanto el sufrimiento que al final nunca se sabe si es un preparativo para una noche de amor o para un altar de sacrificio azteca.

Pero para cuando él toca el timbre el sábado, todo está listo.

 

El fracaso

 

Allí está ella, bañada en perfume francés, vestidita, pero abajo con el body negro. La cosa suele comenzar en cuanto abre la puerta: él le parte la boca de un beso demostrando que llega cual un potro arrollador. Y ella lo frena, tirarse a la yugular siempre da imagen de mala chica. Tengo una amiga que es tan fanática de la limpieza que primero lo invitaba a ver el departamento; esperaba que él se diera cuenta de que estaba impecable (¡oh, que estúpidamente incorregibles somos las mujeres…!).

Ahora pasan a la mesa; después de todo, lo ha invitado a cenar. Los langostinos llevan tres días en la heladera y si no los comen esa noche, al día siguiente se van caminando solos.

Como indican los manuales de buena educación, charlan durante la cena. Ella cree estar superinteresante; hasta hace un comentario de fútbol. A él lo nota como raro, pero igual las miradas empiezan a ser cada vez más fuertes. Él no saca los ojos de su escote, las sillas se van acercando y antes que ella pueda sugerir el postre, él la empuja hasta el dormitorio y en dos segundos están en la cama, desvestidos (bah, dos segundos no, porque el body es difícil de desabrochar y allí él se enreda un poco, aunque ella tironee a la par de él, siempre con disimulo). Al fin están listos, y de pronto… ¡nada!

Allí donde debía estar el mástil de la Fragata Sarmiento hay una tirita de ñoqui crudo. Ella hace como que todo es maravilloso, retoma los besos y los abrazos y, disimuladamente al principio y arrojadamente después, intenta todas las maniobras de resucitación que conoce… y ¡cada vez se achica más!

Al final parece que se le hubiera reabsorbido, exactamente como un dedo de los guantes de goma cuando se dan vuelta.

Y después viene el momento de… ¡consolarlo a él!, aunque es ella la que se quedó en la palmera. Pero él parece tan afligido. En realidad está callado, tan mudo que ella piensa que se ha muerto para hacer juego con su cosita.

Ella dice que no importa, le cuenta que leyó en una revista que hasta a Tarzán le había pasado una vez, que los hombres se creen que es lo único que interesa en una relación y que para las mujeres no es así, que seguro que lo de ellos no iba por ese lado, que hay otras cosas en la vida muy gratificantes, la compañía, los hijos…

Ahí es donde ella se da cuenta de que metió la pata, porque después de lo que no había pasado si algo no se podía nombrar, era la procreación. Él palidece más y más, se levanta sin decir nada, se viste y, antes de irse, dice:

—Nos vemos…

Obviamente, ella también ha fallado en los consuelos. Pero, ¿alguien sabrá qué hay que decir en esos casos?

Ella se pregunta con qué cara se van a mirar mañana en la oficina. Quizás él pida el traslado urgente a Reikjavick o a algún frente caliente, como Irak.

¡Bue!, al menos el departamento le va durar limpio siete días más.

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Los que vienen en otro formato

 

Justo es reconocer que este hipotético muchacho no es más que una pequeña muestra de una variedad que parece inacabable. Hagamos un recorrido, a vuelo de pájaro, ya que de eso estamos hablando, de los diversos tipos que nos podemos encontrar:

– Los hay que en el primer encontronazo fallan pero, a lo largo de una paciente noche, se reivindican.

– Los que juran que es la primera vez que les pasa… ¿La primera vez y justo conmigo? ¡Fangulo!

– Los que dicen que están estresados. ¡Como si una viviera dentro de Disneyworld haciendo de Blancanieves!

– Los que le echan la culpa al smog o a un dolor de muelas con lo cual, además de mandarse un valium hay que darle ¡un analgésico a él!

– El que tiene el trauma porque su mamá le sacó la teta a los quince años… y no sólo se toma el whisky, sino que se ahorra una sesión de terapia sobre nuestras sábanas.

– Y el peor de todos… el impotente profesional, ese guachito que sabe perfectamente que ni todos los hipnotizadores de la India tocando a coro sus flautas pueden a conseguir que su penosa viborita levante la cabeza. Lo sabe y por supuesto, una se da cuenta después. Después que se tomó todo y se comió hasta la lechuga que teníamos guardada para empezar el régimen del lunes… Una se da cuenta recién cuando al final se prende la luz y en lugar de un rostro compungido lo ve feliz y el señor muy sonriente pide…¡el diario!

Digo en descargo de todas las mujeres que han pasado por estos martirios, o sea, hasta donde yo sé, todas, que antes de llegar a la cama es difícil darse cuenta si van a funcionar o perderemos la noche jugando al scrabel. Digo para alivio de todas que después es imposible no pensar “¿qué habré hecho mal?”.

Sé también que nunca nos vamos a enterar, porque después que fracasan huyen llevándose su vergonzoso secreto junto con su vergonzante pitito.

En procura de develar tanto misterio, tal vez una tropiece con los versos de Brassens, que tan campante entonaba: “señoras la erección no es nuestra decisión”. Entonces si no es vuestra, es nuestra y si no es nuestra será del gran bonetón…

Si en lugar de recurrir a la cultura una vuelve a las confidencias de las mujeres, hay una que quizá valga la pena ser tenida en cuenta. Dícese en algunos reductos que hay que cuidarse de los hombres que postergan el encuentro, y de los que son “demasiado” hábiles con sus manos y de los que invocan dilatadas artes orientales. Todo esto se dice, sólo son maneras de esconder una verdad que se yergue como un puño… Y es lo único que se yergue.

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