El Indio Paja Blanca

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No voy en tren, voy en avión

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EL INDIO PAJA BLANCA

Por Ricardo Zárate

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El Indio Paja Blanca Humor a la Wargon

El Indio Paja Blanca

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Cuando niño quise ser marino. Perdón, marinero. Vivía a una cuadra del mar y gustaba salir al balcón a mirarlo y beber té, como todo capitán. Mucho tuvo que ver Stevenson y La Isla del Tesoro. Colaboraron Salgari y tantos otros. Orgulloso aprendí a recitar La Canción del Pirata.

“Qué es mi barco: mi tesoro,

qué es mi dios: la libertad,

mi ley, la fuerza y el viento,

mi única patria la mar.”

Nunca navegué por cierto, Unas vueltas en gomón por el puerto de Mar del Plata y un par de veces lancha por El Tigre.

Apenas mediaron cinco décadas entre esas ensoñaciones y la noticia. Viajábamos a Buenos Aires a presentar la revista en el Centro Cultural San Martín.

Eso me alegró por partida doble. La presentación y el premio de la Legislatura porteña y sobre todo los 700 kilómetros de ruta, el modo de navegar que más disfruto. En ese momento Tina me dijo “¿Sacás vos los pasajes de avión o le pido a Quequi?”. El suelo desapareció bajo mis pies. Avión. No era posible. Soy una persona perfectamente normal y como tal me abstendría de imitar a las aves. Argüí motivos perfectamente razonables para emprender la travesía al modo humano. Ella desarmó mis argumentos diciendo “deberíamos salir anoche para eso”. Ni velocidades de crucero ni atajos de ruta podían contradecir esa lógica. Con un susurro dije “Quequi mejor. Nunca saqué pasajes de avión”. Ella me miró largo, extraño, como suele hacer.

Escena siguiente. Aeropuerto de Pajas Blancas, cola para el check in. No entendía de qué se trataba. Tina me explicaba y yo no podía entender: El ruido de ese enorme lugar me había hecho perder la audición. El suelo claramente se movía como la cubierta de un barco, las letras se mostraban sicodélicas y yo temblaba. Como cualquier persona en su sano juicio temblaba. Me pareció que los demás no lo hacían, o eso creí.

Mensaje en el teléfono: “Que el Indio Bamba te acompañe”. Era mi amigo Ale. Me sorprendió un poco. El bien sabía que mi círculo de conocidos no incluía indio alguno. A menos que algún amigo suyo llegara a guiarme. En ese momento Tina movió la mano para indicarme que activara el modo avión, no fuera cosa que me olvidase. Ahí me di cuenta de qué significaba modo avión. No podía preguntarle a Ale. Una contrariedad. En la fila del aeropuerto hice bocina con las manos comencé a preguntar por el Indio Bamba. Tina me tironeó del brazo. Yo seguí gritando. Llegó la policía de los aviones. Ella los apartó, mientras intrigado me llamé a silencio. Tina hablaba con ellos. Los policías asentían y hasta parecían consolarla. No entendí.

Tina se dio cuenta que yo estaba sordo y me hablaba con la mano. “Se llaman Policía de Seguridad Aeroportuaria y te van a sacar de la manija del culo si no dejás de gritar. ¿Y quién es el indio, esperás a alguien?” Sacudí la cabeza. La fila avanzó. Yo exhibía el teléfono con los pasajes y Tina hablaba con los señores del aeropuerto.

Más adelante pasamos una puerta y un largo pasillo. Había menos ruido y comencé a oír un poco. Temblaba más, eso sí.

La fila era más corta. Había unos policías dando órdenes. Aconsejaban tomar unas bandejas y poner las cosas en ella. Obediente tomé dos. No me era posible meter dos valijas y dos bolsos en una sola. Me corrigieron. Las valijas iban solas. “¿Y las bandejas?” pregunté. “Teléfonos, bolsillos y cinturones”, me respondieron. No podía poner sólo los bolsillos así que me quité el piloto y lo puse en la bandeja. “¡No!” Me gritaron. “El contenido de los bolsillos nada más. Y el cinturón.” Un tanto confundido no supe muy bien dónde ubicar el piloto. “¿Me tengo que desvestir? pregunté.

Una señora policía avanzó hacia mí agitando los brazos. Me miró y medio gritó si nunca había viajado en avión. Estaba muy enojada o eso parecía. “No”, le respondí. Tina le habló al oído. La señora de la policía ya no parecía tan enojada. Con los pantalones a media asta recogí el equipaje de una cinta que salía de una caja bastante extraña. Quise irme. Me tomaron de los brazos, creí que era el Indio de Pajas Blancas. Pero no. Me guiaron a un marco sin puerta y me hicieron hacer el avioncito con los brazos para pasarme un lector de qr como el del súper. Muy extraño. Me hicieron bajar los brazos. Tina parecía estar desconsolada. Se notaba que también tenía miedo.

Comenzamos a caminar y note algo extraño: Los otros pasajeros no lloraban ni rezaban. Yo no rezaba. Tina me decía algo con la mano y veía borroso, así que no la comprendía. Algo andaba mal.

El avión se veía bonito. Como un ómnibus de lujo, grande e incómodo. Me tocó asiento de ventanilla sobre el ala. Ahora sí empecé a rezar entre lágrimas. Raro. No sé rezar. Encima a Tina le tocó bien adelante.

Todo estaba muy tranquilo. Entraron pasajeros hasta que ya no. Cerraron la puerta. El muchacho que estaba luego de la silla vacía me pregunto “¿Te pasa algo flaco?”. Lo miré y quise decirle que sí o que no. Descubrí que había perdido la voz, así que giré el cuerpo y choqué los codos mientras apretaba las sienes con las manos para decírselo. El pibe abrió mucho los ojos. Me había entendido al parecer,

En ese momento anunciaron que tenía que abrocharme el cinturón. Por fin, aunque sentado me resultaba inútil. Además de difícil para alguien que mide uno noventa y ocho y pesa ciento treinta kilos. Una azafata me corrigió. Comencé a mover la cabeza en todas direcciones para agradecerle.

Se encendieron los motores, lancé un alarido, el flaco del asiento de al lado me pidió amablemente que me calle carajo. El avión empezó a acelerar. Ignoré a mi compañero. El avión despegó. Yo me encomendé al Indio Paja Blanca saltando en el asiento. El avión ya estaba en el aire.

Empecé a sollozar y una de las avioneras me preguntó si quería un vaso de agua para la tos. Hice la postura Travolta para agradecerle y el techo chiquito se interpuso en el camino de mi índice izquierdo. Tuve que hacer un Antón Pirulero para pedirle un analgésico. No me entendió, me di cuenta cuando caminó hacia la cabina entre puteadas. Miré alrededor. El avión estaba lleno de pasajeros dementes. Ninguno parecía nervioso. Eso me alteró tanto como el que el avión comenzara a sacudirse y nadie pareciera notarlo.

Cuando viajaba en tren comenzaba a recorrer los pasillos para tranquilizarme por la alta velocidad. Me paré para hacer lo mismo y mi compañero de silla me dijo “¡Pará loco, qué te pasa!”. Empecé a hacer gestos de samurai para transmitirle mi propósito. El muchacho llamó a la azafata. La azafata llegó. Llamó a otra azafata. Me tranquilicé un poco, ellas actuaban muy nerviosas, demostraban estar en sus cabales. Quise agradecerles pero el improvisado cabestrillo me lo impidió, el apoya brazos me mantuvo erguido.

No conseguía explicarme: Necesitaba espacio. Decidí levantarme y llegar al pasillo. Arremetí y lo logré. Para decirles que tenía tanto miedo como ellas, comencé a hacer la danza de la grulla en la lluvia. Las azafatas retrocedieron con cara de espanto. Eran sin duda verdaderas profesionales que no tenían miedo de manifestar su miedo. Una verdadera bendición. Ya no veía todo negro.

El avión comenzó a caerse. Yo me caí. Las azafatas no. Un pasajero muy grandote me ayudó a levantarme. Lo abracé, me empujó, caí sobre las azafatas. Gritaron. Yo grité más fuerte. Tina también, “es manso”, repetía. Creo que fue eso lo que llevó al personal del avión a turnarse en cachetearme. Comencé a ver como en un túnel, con una luz al extremo. Entonces ocurrió.

El Indio Paja Blanca movía las manos para enseñarme el universo. No me fijé si tenía alas. Cada movimiento de su mano me señalaba escenas de paz. Mis once fobias habían desaparecido. Todo ocurría en cámara lenta. Las demás personas se veían cubiertas de luz. Se detuvo el tiempo.

Eso duró hasta que de pronto me llevaban cuatro señores fuera del aeropuerto. Supongo que al estar sentado haciendo el loto les facilité la tarea. Me dejaron sentado en la vereda. Tina, comprensiva, me dijo “¿Tomamos el taxi o no?”. Le dije que sí. “Levantate entonces”. Me levanté y le conté mi epifanía. “No seas pelotudo”, me contestó. Mientras conseguía el taxi me consolé pensando que seguro que la mujer de Buda le decía lo mismo.

 

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Un comentario

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