Estanislao el Empeñoso III

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Tenemos problemas Woodstock…

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ESTANISLAO EL EMPEÑOSO III

Por Filípides de las Casas

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Estanislao el Empeñoso III Humor a la Wargon Bambapalooza

Estanislao el Empeñoso III

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BAMBAPALOOZA

 

Estanislao del Voucher, el paisano emprendedor, el gaucho libertario, meditaba.

Jazmín, su cuis, estaba en posición de loto, a su lado, Ernestina la lagartija y él observaban el monumento al Indio Bamba.

No era cualquier lugar, imagínense en el centro energético de las sierras bajas un monumento en recuerdo y honor de un indio que robó la hija del hacendado español que lo cobijó toda su vida.

 -¡Traición! Gritaba el paisano señalando la estatua, Jazmín el fiel cuis trepó mordiendo los talones de piedra del indio.

-¡Bajá de ahí Jazmín! ¡La violencia no conduce a nada! Pero el animalito después del primer impulso no bajaba aterrorizado por las alturas. Llamó al cuerpo de bombero, porque era uno solo, en vano. Entonces y precedido por la pequeña lagartija Ernestina subió a rescatarlo. En lo alto del monumento agarrado del taparrabos del indio miró hacia abajo y tuvo una visión, una idea salvadora que unía su afán emprendedor con la ideología: ¡Qué lugar piolazo para hacer un festival y aprovechar el aglomeramiento de nativos para explicar la aberración del indio desagradecido! Entre choripanes y cerveza. Bajó con Jazmín al hombro y encaró al jefe de bomberos que recién se había presentado con un balde.

-¿Qué le parece si hacemos acá una fiesta acá, al lado del monumento?

El hombre para pensar se sacó la gorra de Fernet Branca.

-Y, si nos da dos puestos de chori y un par de cajas de cerveza se podría hacer algo. Eso sí, antes dos cosas: la seguridad la hace usted y falta el nombre.

Estanislao se inspiró: El ¡BAMBAPA LOOZA MUSIC FESTIVAL!, respondió entusiasmado. Otro sueño emprendedor había comenzado en las sierras.  eso que todavía no había llovido.

Sin perder un instante comenzó su tarea proselitista, con la verba encendida por los 41 grados de temperatura que fluía por su ser.

Habló con la maderera por los tablones, en la ferretería convenció al dueño de que le dieran los clavos y un fajo de alambre dulce para asegurar el escenario. Recolectó de noche los equipos de sonido del boliche (con Jazmín disfrazado de bulldog francés para no ser reconocido).  Al chino lo saqueó y hasta vendió entradas a un contingente de extranjeros, porteños, que se habían deshidratado buscando un rio con agua. Ya de noche, extenuado con esto de hacer su propia caña y no esperar a que te den el pescado, miraba el cielo estrellado a través del techo y dando vueltas en el colchón.

El tema irresuelto de la seguridad no lo dejaba dormir. Un viento sur traicionero despegó la ventana de plástico, el retrato con la foto del Cura Brochero voló y le pegó en medio de la frente. Abombado se incorporó en el catre y trató de fijar la vista en la foto que se le multiplicó en muchos Brocheros que lo miraban con rostro severo.

Ahí entendió el mensaje: Los Brocheritos serían su seguridad, su guardia imperial.

Bien de mañana fue a la parroquia a manguear la vestimenta, pero lo rajaron por no tener la confirmación hecha. Con los evangelistas le fue mejor, por dos puestos se comprometieron a hacerle las sotanas y los sombreros de copa y ala corta característicos del santo. Reclutó a los Brocheritos a cambio de un bitcoin después de la recaudación del recital.

Y por fin el día llegó. El escenario estaba armado delante del monumento, al fondo los puestos formaban un semicírculo y humeaban como locomotoras; la oferta era monotemática: chori y empanadas fritas (el puesto de choris veganos fue clausurado a pedido de las fuerzas vivas del pueblo). Las almas fueron llegando. A salto de cuis se calcularon trescientas una (incluyendo caballos, bicis y perros). La grilla era Los Auténticos Monkeys (banda tributo de La Mona), el Cuarteto Villero, Chinas Gratis y Los Culeaos (este último era un grupo cuartetero con reminiscencias punk).

El Dunga Dunga se desató, los parlantes vibraban, las bombitas de color seguían el ritmo, el equipo electrógeno tosía, los panes se abrían frente al chori, la cerveza fanteada se mezclaba con el vino y volutas de humos formaban nubes de lluvia ácida. Todos bailaban y se armaba la ronda. Los perros cambiaban de dueño, los pingos de jinete, las parejas se separaban de común desacuerdo; todo esto bajo la mirada sobria de los Brocheritos armados con una rama de espinillo afilada en cada mano. El clímax llegó cuando Los Culeaos arremetieron con su hit El Gorriadazo. En ese momento, Estanislao el intuitivo supo que era su momento y cortó la música.

Los Culeados se miraron sorprendidos, el público siguió tirando pasitos epilépticos.

Estanislao se calzó la boina hasta las orejas y señalando el monumento empezó:

– Amigos estamos acá para terminar de una vez y para siempre con la leyenda del Indio Bamba, para poner en claro las cosas y tener una leyenda normal. La verdad es que ese indio ladino después de que el corregidor Allende le diera casa y comida le pagó raptándole a la nena.

-Y le llenó la pancita de huesos- gritó uno…

La multitud empezó a murmurar, nuestro héroe lo tomó como una señal positiva.

-Por eso, siguió Estanislao, hoy vamos a dar el mazazo inicial para hacer bosta el monumento y vamos por más, vamos hacer una estatua de Allende para inspirar a esta comuna llena de vagos de mierda…

Nunca se supo si la reacción de la gente fue por la falta de música, la alquimia del chimichurri con la cerveza tibia o por el último comentario. Lo cierto es que en el momento en que descargó el primer golpe en el dedo gordo de la estatua la multitud avanzo con una carga de botellas de cerveza lo que hizo dispersar el centro de los Brocheritos, los mastines cargaron por los costados con algunos pingos belicosos. La batalla estaba decidida. La palabra Waterloo cruzó por la mente de Estanislao del Voucher. Entonces Jazmín viendo a su mentor en peligro corrió y orinó profusamente (la cerveza ayuda) sobre el enchufe de la torre de iluminación. Una segunda noche cayó en el predio y Estanislao pudo huir.

Horas más tarde en el aguantadero, con Los Culeados, re fumado, Estanislao reflexionaba frente a un poster de Sid Vicius: las sierras aún no estaban preparadas para la batalla cultural.

 

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