Vieja e Hipocondríaca

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Cuidado con el bulto, la manchita, la…

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VIEJA E HIPOCONDRÍACA

Por Lidia Poggio

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Vieja e Hipocondríaca Humor a la Wargon

Vieja e Hipocondríaca

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Soy una vieja hipocondríaca, mal que me aqueja desde la adolescencia. Tal vez se deba a la forma en que me criaron: ¡No te subas a un caballo que te podes caer! ¡No te sumerjas en la piscina que te podes ahogar! ¡No beses a un chico porque te podes embarazar! ¡Cuidado con el asiento de la bicicleta que te puede desvirgar y nadie se va a querer casar con vos!

Así llegué a adulta, sin saber nadar, sin besar a los chicos y sin montarme a nada. Y tanta obediencia pelotuda se materializó en una suma de taras: a los 18 años me mordió un perrito y no paré de echar espuma por la boca hasta que me aseguraron que el can estaba vacunado, cada vez que me pinché con una rosa, una aguja de coser, o cualquier cosa con punta (incluido órganos sexuales atípicos) reproduje con exactitud los síntomas del tétano, ni hablar de la búsqueda de bultitos, en las mamas lógico, pero también en cuero cabelludo, encías, cavidad anal, en fin …todo explorado semanalmente.

Es que para ser hipocondríaco hay que conocer con mucha precisión los síntomas de las enfermedades mortales. Sentimos una curiosidad morbosa por los detalles ¿Qué sintió? ¿Cuáles fueron sus primeros síntomas?¿Qué le dolía? ¿Qué diagnostico le dieron? ¿Qué dijo antes de morir? Si no hiciéramos eso ¿Cómo reproduciríamos después nuestras dolencias con tanta perfección al punto de que, a veces, confundimos al mejor de los especialistas?

Los hipocondriacos nos negamos a morir por enfermedades pelotudas  como un simple resfriado y morir de Covid ya pasó de moda. Cuando  me casé, pasé una larga época en que se me paralizaba un lado del cuerpo, siempre el derecho y siempre de noche. Despertaba a mi marido para despedirme. Él, la primera vez llamó un médico (incompetente) que dijo que no tenía nada, la segunda vez me preparó un té, y la tercera me dijo “DEJATE DE JODER Y DORMITE”. Cuando una noche no sólo se me paralizó el brazo y la pierna sino que la lengua me colgaba entre los labios (con una inclinación hacia el lado del corazón), como pude le dije a mi marido: ME..TOY…MU..IE..NDO.

El insensible abrió un cuarto de ojo, me inspeccionó, recomendó un té, y siguió durmiendo.  Sintiéndome sola y abandonada a mi suerte fui arrastrando la pierna, el brazo inerte y babeando, hasta el hospital que estaba a cien metros de mi casa, pero al llegar los síntomas comenzaron a desaparecer. Al cabo de una hora, muy entretenida charlando en la sala de espera y viendo pasar gente chorreando sangre, caí en la cuenta que ya no sentía ningún síntoma de hemiplejia y en un rapto de lucidez hui despavorida de la guardia.

Con el tiempo desaparecieron esos síntomas y aparecieron otros.  Palpitaciones y arritmias, vivía tomándome el pulso, importunando a todos: ¿No creen ustedes que un latido es más débil? ¡No! contestaban, hastiados, mis amigos. Cuando me aburrí de las arritmias, desaparecieron. También pasé una época obsesionada con la consistencia y color de mis desechos. ¿Es negra doctor, tengo hemorragia? ¿Negra cómo? preguntaba harto el médico… Mmm, como Denzel Washington. Cuando  me amenazó con hacerme una endoscopia sin anestesia milagrosamente  Denzel se transformó en Brad Pitt.

A veces me levantaba a la mañana con un dolorcito de cabeza (tumor cerebral incipiente como el del tío de Pepe), a la tarde palpaba mis lolas y me encontraba un bultito (cáncer de mama como mi prima), hacia la hora de la merienda descubría que el lunar de mi brazo ha crecido, con bordes irregulares y pelos nuevos (melanoma, como el de Pocho), a la noche me dolían los huesos (en el mismo lugar que al almacenero, que tiene cáncer de huesos). En ese momento la bióloga triunfaba sobre la mujer piltrafa (para algo una estudia) y tras una ardua y sesuda junta médica con mi perro decidía que tantas enfermedades juntas eran imposibles, y me iba a dormir tranquila después de tomar unos cuantos sedantes.

Los años lo curan todo pero me quedaron algunas fobias. 

Desde que cumplí los 70 (allá lejos y hace tiempo) mis dolencias y temores desaparecieron, aunque sólo en parte. Los ascensores y los subtes no me hacen gracia, la altura me da acrofobia, me siento cerca de las salidas de emergencia en cines y teatros por si hubiera un incendio. En este preciso momento, mientras estoy entregada a la sublime tarea de escribir mis memorias, se me está durmiendo la mano (la izquierda, justito del lado del corazón.). Bueno, mejor rápido y sin sufrir… pero por las dudas llamaré a emergencias por sexta vez en lo que va de la semana.

Hay quienes dicen que lo que pretendemos los hipocondríacos es llamar la atención. Pamplinas. No queremos la atención de familiares o amigos. Sólo nos consolaría que bajara Dios en persona a garantizarnos, por escrito, que no vamos a morir nunca. O al menos que no vamos a morir ahora, o mejor aún, que existe el paraíso, donde seríamos siempre sanitos, jóvenes y flacos.

Mientras tanto me voy a poner el camisón nuevo y sábanas limpias por si me encuentran mañana. Imagino los comentarios… murió mientras dormía! ¡Y no voy a hacer pis no sea cosa que me encuentren sentada en el inodoro… qué bochorno! Y tengo que acordarme de poner en mi mesa de luz el Quijote y La Ilíada y esconder las 50 sombras, El amante, El Kamasutra y otras infamias que leen mis amigas poco cultas.  Y como ya no me importa adelgazar me voy a terminar el pedazo de torta que quedó en el freezer.  Da mucho trabajo la muerte programada.

 

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Un comentario

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