La Especialidad de la Casa

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LA ESPECIALIDAD DE LA CASA

Por Stanley Ellin

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La Especialidad de la Casa Humor a la Wargon Zona Cultural V

La Especialidad de la Casa

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—Y aquí es lo de Sbirro —dijo Laffler.

Costain vio un frente de piedra arenisca cuadrado idéntico a los demás a ambos lados de la calle desierta, que se extendía hasta penetrar en las tinieblas frías y húmedas. Desde las enrejadas ventanas del sótano, llegaba hasta sus pies un resplandor a través de gruesas cortinas.

—¡Mi Dios! —observó—. ¡Qué agujero deprimente!

—Querría que comprendiera —dijo Laffler sin cordialidad—, que el restaurante de Sbirro no tiene pretensiones. Sitiado por estas horribles épocas de neurosis, no ha querido hacer concesiones. Debe ser el último establecimiento importante de la ciudad que sigue con alumbrado de gas. Aquí usted encontrará el mismo mobiliario decoroso, la misma platería Sheffield magnífica y quizá en un rincón distante, las mismas telas de araña que observaron los clientes de hace medio siglo.

—Como recomendación es algo dudosa —dijo Costain— aparte de ser poco higiénica.

—Al entrar usted —continuó Laffler— deja afuera la insania de este año, de hoy, de esta hora y se encuentra, por un lapso breve, recuperado espiritualmente, no por la opulencia, sino por la dignidad, que es la cualidad que ha perdido nuestra época.

Costain rio forzadamente.

—Su descripción y comentario cuadran mejor para una catedral que para un restaurante —dijo.

Al pálido reflejo de la lámpara de la calle, Laffler miró la cara de su compañero.

—No sé qué pensar —dijo abruptamente— pero se me ocurre que he cometido un error al invitarlo aquí.

Costain se ofendió. A pesar de su título imponente y su buen sueldo, no era sino un empleado de este hombrecito pomposo, pero tenía impulsos de demostrar sus sentimientos.

—Si quiere —dijo con frialdad— no tengo inconveniente en preparar otro programa para esta misma noche.

Con sus grandes ojos de aspecto vacuno, vueltos hacia Costain, Laffler parecía no sentirse cómodo, como si la niebla avanzara, penetrando en su cara redonda como una luna llena. Por fin dijo:

—No, no, de ninguna manera. Quiero que coma conmigo en lo de Sbirro —tomó a Costain firmemente del brazo y lo condujo al portón de hierro forjado del sótano—. Mire, usted es el único de la oficina que entiende algo del buen comer. Y en cuanto a mí, que conozco lo de Sbirro, si no tengo a alguien que comparta este gusto, me resulta como tener una pieza de arte única encerrada bajo llave en una habitación donde nadie puede gozar contemplándola.

Estas palabras tuvieron un efecto sedante sobre Costain.

—Tengo entendido que hay mucha gente capaz de gozar con una situación como esa.

—No soy uno de esos —dijo Laffler con dureza—. Y el haber guardado tantos años el secreto sobre lo de Sbirro, se me ha vuelto al final inaguantable.

Estuvo buscando a tientas el timbre del portón y se oyó adentro el débil y discordante sonido del antiguo aldabón. Una puerta interior se abrió con un quejido y Costain se encontró contemplando una cara oscura que tenía por único rasgo discernible, una hilera de dientes brillantes.

—¿Señor? —dijo la cara.

Mr. Laffler y un invitado.

—Señor —dijo nuevamente la cara, esta vez en un tono inequívoco de invitación. Se hizo a un lado y Costain bajó un escalón detrás de su anfitrión. La puerta y el portón chirriaron detrás de él y se encontró parpadeando en un pequeño foyer. Tardó un momento en darse cuenta de que la figura a la que estaba mirando era su propio reflejo en un gigantesco espejo de pared, que iba desde el techo hasta el suelo.

—Tiene ambiente —dijo, por lo bajo, ahogando una risa y siguiendo al guía hasta el asiento que le habían asignado.

Lo sentaron, frente a Laffler, a una mesa para dos y se entretuvo en observar el comedor. Era sumamente pequeño, pero media docena de picos de gas por toda iluminación arrojaban una luz tan engañosa que las paredes oscilaban y se desvanecían en una lejanía incierta.

Había apenas unas ocho o diez mesas, distribuidas de manera que aseguraran la mayor reserva. Estaban todas ocupadas y los pocos camareros que las servían se movían con eficiencia silenciosa. Se oía un suave sonar y raspar de platería y un tranquilo murmullo de conversación. Costain inclinó la cabeza, como aprobando.

Se oyó suspirar a Laffler con complacencia.

—Sabía que usted compartiría mi entusiasmo —dijo—. ¿Ha notado que no hay mujeres?

Costain alzó sus cejas como preguntando.

—Sbirro —dijo Laffler— no las alienta a que entren en el local. Y le puedo asegurar que su método da resultado. No hace mucho pude ver el caso de una mujer que estuvo sentada a una mesa no menos de una hora, esperando que la sirvieran, cosa que no ocurrió.

—¿No hizo un escándalo?

—Por supuesto —Laffler se sonrió al recordar—. Consiguió molestar a los parroquianos; puso en aprietos a su compañero, y nada más.

—¿Y Mr. Sbirro?

—No apareció. No le sabría decir si él manejaba los hilos detrás de las bambalinas; ni siquiera si estaba presente. Sea como fuere, ganó una victoria total. La mujer no volvió a aparecer, ni tampoco el caballero insensato que provocó todo el contratiempo por haberla traído acá.

—Buena advertencia para todos los presentes —dijo riendo Costain.

Un camarero se acercó a la mesa. Todos sus rasgos físicos: la piel color chocolate oscuro, los labios y la nariz delgados y finamente moldeados, los ojos, grandes y húmedos, con pestañas espesas, y el cabello blanco plata, tan espeso y sedoso que parecía un gorro colocado sobre el cráneo… todo esto le daba un sello indiscutible de hindú oriental. El hombre arregló el mantel muy almidonado, sirvió agua de una enorme jarra de cristal tallado y colocó los vasos en su sitio.

—Dígame —dijo Laffler, con ansia— ¿sirven hoy la especialidad de la casa?

El camarero sonrió, lamentándose, y mostró unos dientes tan espectaculares como los del mayordomo.

—Lo lamento, señor. Hoy, no se sirve.

La cara de Laffler expresó su disgusto.

—Después de haber esperado tanto. Hace un mes, y deseaba mostrarla a este amigo…

—Comprenda, señor, lo difícil…

—Naturalmente, naturalmente —Laffler miró a Costain con tristeza y se encogió de hombros—. Yo hubiera querido hacerle conocer lo mejor que se sirve en lo de Sbirro, pero, lamentablemente, esta noche no está en el menú.

—¿Desea ser servido ahora, señor? —preguntó el camarero.

Laffler asintió. Para sorpresa de Costain el camarero se retiró sin esperar las indicaciones.

—¿Usted ya había hecho el pedido? —le preguntó.

—¡Ah! —dijo Laffler— debía haberle explicado. En lo de Sbirro no hay manera de elegir. Comeremos lo mismo que todos los demás en este comedor. Mañana por la tarde comeríamos una comida totalmente diferente, pero también sin hacer el menor distingo.

—No es lo corriente —dijo Costain—, y además creo que, en ciertas ocasiones, no será muy satisfactorio. ¿Por qué, si uno quiere, no le han de servir el plato que elige?

—No tenga temor en ese sentido —dijo Laffler, con solemnidad—. Le doy mi palabra de que, por exigente que sea el paladar del cliente, saboreará cada bocado que coma en lo de Sbirro.

Costain pareció dudar, y Laffler se sonrió.

—Y tenga en cuenta las sutiles ventajas del sistema —dijo—. Cuando uno trata de elegir en el menú de un restaurante común no sabe por dónde empezar. Tiene que pesar, valorar y tomar decisiones, de las que se arrepiente inmediatamente. Todo esto trae aparejada una tensión que, por leve que sea, produce incomodidad.

«Y piense en la mecánica del proceso. En lugar del alboroto de varios cocineros sudorosos, corriendo por la cocina, frenéticos, para preparar un centenar de platos distintos tenemos un chef que está sereno y solo, haciendo funcionar todo su talento para una sola tarea, con la certeza de lograr un triunfo completo».

—¿Usted ha visto la cocina, entonces?

—Lamentablemente, no —dijo Laffler, con tristeza—. El cuadro que describo es hipotético, formado en base a fragmentos de conversación que he ido hilvanando a través de los años. Tengo que reconocer que mi deseo de ver funcionar la cocina se ha vuelto casi una obsesión en mí.

—¿Y se lo ha dicho a Sbirro?

—Una docena de veces. No le presta atención a mi pedido.

—¿No le parece que eso debe ser una debilidad de parte de él?

—No, no —dijo apresuradamente Laffler—, un maestro en su arte, como es él, no se deja influir por pequeñeces. Sin embargo, no he abandonado la esperanza.

El camarero volvió con dos tazas de caldo que colocó en su sitio con exactitud matemática y con una pequeña sopera de la que fue sirviendo lentamente el caldo claro y muy aguado. Costain sumergió la cuchara en el caldo y lo probó con curiosidad. Tenía un sabor muy suave, casi sin gusto, podría decirse. Costain frunció el ceño, hizo ademán de tomar la sal y pimienta y descubrió que no habían puesto los recipientes en la mesa. Levantó la mirada, vio que Laffler tenía puestos los ojos en él y a pesar de que no le gustaba cejar en su gusto, vaciló antes de proceder en forma que enfriara el entusiasmo de Laffler. Por lo tanto, sonrió e indicó el caldo.

—Excelente —dijo.

Laffler le devolvió la sonrisa.

—Estoy seguro de que no lo encuentra nada excelente —dijo con frialdad—. Lo encuentra sin sabor y falto de toda clase de condimentos. Lo sé —continuó viendo que Costain alzaba las cejas— porque esa fue mi reacción hace muchos años y porque yo, lo mismo que usted, busqué la sal y la pimienta después del primer trago. También entonces yo me enteré de que no hay condimentos en lo de Sbirro.

Costain estaba escandalizado.

—¡Ni siquiera sal! —exclamó.

—Ni siquiera sal. El hecho de que le quiera poner sal a la sopa prueba que tiene el gusto estragado. Espero que usted haga el mismo descubrimiento que yo hice: cuando esté por terminar la sopa ya no deseará ponerle sal.

Laffler tuvo razón; antes de que Costain hubiera llegado al fondo del plato estaba gustando los matices del caldo con un deleite que iba en aumento. Laffler puso su taza vacía a un lado y descansó los codos sobre la mesa.

—¿Está de acuerdo conmigo ahora?

—Con gran sorpresa, sí —dijo Costain.

Cuando el camarero estaba ocupado en limpiar la mesa Laffler habló en voz baja, significativamente.

—Usted va a ver que la falta de condimento es una de las tantas características notables en lo de Sbirro. Lo voy a preparar para las otras. Por ejemplo: no se sirven bebidas alcohólicas de ningún tipo, ni, si vamos a cuentas, ninguna bebida que no sea agua clara y fresca, que es la única bebida necesaria para un ser humano.

—Fuera de la leche materna —sugirió, secamente, Costain.

—Podría contestarle, en el mismo tono, que el cliente corriente en lo de Sbirro ha pasado la primera etapa de su desarrollo.

Costain rio.

—Concedido —dijo.

—Pues bien, hay también una prohibición para toda forma de tabaco.

—Pero ¡santo cielo!, ¿con eso no se convierte lo de Sbirro en un retiro para abstemios, más bien que un santuario para gente de buen paladar?

—Temo —dijo Laffler, con solemnidad— que usted confunde las palabras: gourmet y gourmand. El gourmand, aunque coma hasta saciarse, necesita una amplitud de experiencia cada vez mayor para avivar sus sentidos embotados. El gourmet es esencialmente simple en su gusto. Los antiguos griegos cubiertos con sus bastas túnicas saboreaban la aceituna madura, los japoneses en sus habitaciones desnudas contemplan la curva de un tallo con una única flor: estos son los verdaderos gourmets.

—Pero una gota de brandy, de vez en cuando, o una pipa de buen tabaco —dijo, dubitativamente, Costain—, no pueden ser llamados desenfrenos.

—Si se alternan los estimulantes con los narcóticos —dijo Laffler—, se produce un desequilibrio violento del gusto que pierde la cualidad más preciada: la apreciación de la buena comida. Durante los años que frecuento lo de Sbirro he experimentado esto para mi mayor satisfacción.

—Querría preguntarle —dijo Costain—, por qué considera usted que la prohibición de estas cosas pueda tener motivos estéticos tan profundos. ¿No serán razones más bien terrenales, como el alto costo de la licencia para vender bebidas o la posibilidad de que los clientes protestaron por el olor a tabaco en un local tan cerrado?

Laffler sacudió la cabeza en forma violenta.

—En caso de que llegue a conocer a Sbirro —dijo— comprenderá enseguida que no es hombre de tomar una resolución apoyándose en un motivo tan mundano. En realidad fue el mismo Sbirro quien me puso al tanto de los motivos «estéticos».

—¡Qué hombre sorprendente! —dijo Costain, cuando el camarero se aprestaba a servir la entrada.

Las palabras siguientes de Laffler no fueron dichas sino cuando hubo probado y comido un buen bocado de carne.

—¡No me gusta usar superlativos —dijo—, pero a mi manera de ver Sbirro es el representante del hombre en el vértice de la civilización!

Costain levantó una ceja y se dedicó a comer el asado que estaba colocado en un charco de jugo espeso sin ninguna guarnición de verduras o legumbres. El delgado hilo de vapor que subía de la fuente llevaba a su nariz un olor sutil, tan tentador que le volvía agua la boca. Masticó un pedazo tan lenta y concienzudamente como si estuviera analizando las dificultades de una sinfonía de Mozart. La escala de sabores que descubrió fue verdaderamente extraordinaria: desde el mordisco estimulante en la costra tostada, hasta el rezumo particularmente insípido del jugo pero que, a la presión de las mandíbulas brotaba del interior casi crudo y llenaba el alma de satisfacción.

Al tragar, sintió una feroz necesidad de comer otro pedazo, y luego otro, y solo con esfuerzo evitó devorar toda su porción de carne y salsa sin esperar a tener la completa satisfacción de cada bocado. Cuando hubo limpiado su plato, se dio cuenta de que tanto él como Laffler lo habían terminado sin cambiar una sola palabra. Hizo un comentario sobre esto y Laffler dijo:

—¿Qué necesidad hay de palabras frente a comida como esta?

Costain miró en torno, la pieza apenas iluminada, deslucida y los comensales apacibles, con una percepción nueva.

—No —dijo con humildad—, no puedo. Le pido disculpas sinceras por haber dudado. No había ni una palabra de exageración en su alabanza de Sbirro.

—¡Ah! —dijo Laffler, encantado—. Y eso no es sino parte de la historia. Usted me oyó hablar de la especialidad de la casa que lamentablemente, no estaba en el menú de hoy. ¡Lo que usted ha comido hoy no puede compararse con la delicia de ese plato especial!

—¡Santo cielo! —exclamó Costain—. ¿Qué es? ¿Lenguas de ruiseñores? ¿Filete de unicornio?

—Nada de eso —dijo Laffler—. Es cordero.

—¿Cordero?

Laffler permaneció un minuto perdido en sus reflexiones.

—Si yo le diera en palabras, sin limitaciones, mi opinión sobre este plato usted me creería completamente loco. El solo pensar en él me produce ese efecto. No es ni una costilla grasa, ni la pata demasiada sólida; es un trozo seleccionado de las ovejas más extraordinarias que existen y se llama como la especie: cordero Amirstan.

Costain frunció las cejas.

—¿Amirstan?

—Una zona desolada casi perdida en la frontera entre Afganistán y Rusia. Por comentarios fortuitos que hizo Sbirro, colijo que no es sino una meseta donde pace el lamentable saldo de un rebaño de ovejas magníficas. Sbirro, por uno u otro medio, consiguió los derechos para traer este rebaño, y por lo tanto, es el único restauranteur que haya tenido Amirstan en su menú. Le puedo asegurar que la aparición de este plato es un raro acontecimiento y el que se sirva un día determinado depende de la suerte de cada uno.

—Pero, indudablemente, Sbirro estaría en condiciones de anunciar el acontecimiento.

—Es fácil entender el inconveniente que eso traería aparejado —dijo Laffler—. Hay en la ciudad un número grande de comilones profesionales. Si lo llegaran a saber con anticipación, es muy probable que estos comilones, por curiosidad, se hicieran afectos a este plato y desde ese momento en adelante suplantasen a los clientes regulares en estas mesas.

—Pero no puedo creer que estas pocas personas que están aquí sean las únicas en toda la ciudad o si vamos a cuentas, en todo el mundo, que saben que existe lo de Sbirro.

—Es más o menos así. Puede ser que haya uno o dos clientes regulares que por algún motivo no estén aquí.

—Es increíble.

—Eso puede ocurrir —dijo Laffler, con una levísima sombra de amenaza en la voz—, porque cada cliente se ha propuesto cumplir la solemne obligación de mantener el secreto. Por el hecho de haber aceptado mi invitación esta noche, usted asume, automáticamente, esa obligación. Espero que sepa cumplirla.

Costain se sonrojó.

—Mi situación como empleado suyo es suficiente garantía. Lo único que hago es poner en duda la sensatez de esta táctica que priva a tanta gente de gozar con una comida tan magnífica.

—¿Sabe cuál sería el resultado inevitable de la táctica que usted propugna? —preguntó Laffler con amargura—. Una afluencia de idiotas que noche a noche se quejarían porque no se sirve pato asado con salsa de chocolate. ¿Le parece admisible?

—No, No puedo dejar de estar de acuerdo con usted.

Laffler se inclinó hacia atrás en la silla con cansancio y se pasó la mano por los ojos.

—Soy un hombre solitario —dijo con calma— y no porque me haya propuesto serlo. Le parecerá raro, le parecerá que linda con lo excéntrico, pero siento profundamente que este restaurante, este cálido asilo en un mundo fríamente insano, es a la vez, una familia y un amigo para mí.

Y Costain, que hasta ese momento no había pensado en Laffler sino como en un patrón tiránico o en un huésped oficioso, sintió una arrolladora lástima retorcerse dentro de su estómago, cómodamente dilatado.

Al cabo de dos semanas las invitaciones para ir con Laffler a lo de Sbirro se habían convertido casi en un ritual. Todos los días, pocos minutos después de las cinco, Costain salía al corredor de la oficina y echaba llave a su cubículo; doblaba el sobretodo y se lo echaba al brazo, y se miraba en el vidrio de la puerta para asegurarse de que su chambergo estuviera bien puesto. En alguna ocasión prendía un cigarrillo, pero a instancias de Laffler había decidido optar por la abstinencia. Salía por el corredor, seguido por Laffler, aclarándose la garganta.

—¡Ah, Costain! Estará libre esta noche, espero.

—Si —decía entonces Costain— estoy «libre como una libélula» —o a veces— «a sus órdenes» —o algo igualmente tonto. Se preguntaba a veces si no demostraría tener más tacto rechazando la invitación de vea en cuando, pero la alegría con que Laffler recibía su respuesta y la incipiente amistosidad que demostraba Laffler al tomarlo del brazo se lo impedían.

En medio de los traicioneros escollos del mundo de los negocios, reflexionaba Costain, no existe mejor modo de asegurar la situación personal que cultivando la amistad del patrón. Ya uno de los secretarios que estaba al tanto del funcionamiento interne de la oficina, había comentado públicamente la más favorable opinión que Laffler tenía de Costain. Y eso venía muy bien.

¡Y la comida! ¡La comida incomparable de lo de Sbirro! Por primera vez en su vida Costain, que era delgado y huesudo, observó con alegría que estaba aumentando de peso; en dos semanas sus huesos se habían cubierto de una capa de carne firme, lisa y brillante y en ciertos puntos, había hasta signos de gordura incipiente. Costain estaba una noche bañándose, y al observarse en el baño, se le ocurrió pensar que Laffler mismo (ahora tan redondo) podía haber sido un hombre enjuto y huesudo antes de conocer lo de Sbirro.

De modo que no había mucho que perder pero sí mucho que ganar si aceptaba las invitaciones de Laffler. Quizá después de probar las proclamadas maravillas del cordero Amirstan y, de haber conocido a Sbirro, quien hasta ahora no se había hecho presente, sería procedente rechazar la invitación una o dos veces. Pero, decididamente, no antes de que eso ocurriera.

Esa noche, dos semanas justas después de su primera visita a lo de Sbirro, Costain vio cumplidos sus dos deseos: le sirvieron cordero Amirstan y le presentaron a Sbirro. Ambos superaron sus expectativas.

Cuando el camarero se inclinó sobre la mesa inmediatamente después de que ellos se sentaron y anunció con gravedad:

—Hoy hay plato especial de la casa, señor —Costain se escandalizó al descubrir que el corazón le golpeaba por la emoción de la espera. Sobre la mesa, frente a él, vio que a Laffler le temblaban las manos violentamente.

—¡Esto no es normal —pensó de repente—; dos hombres grandes, que se supone sean inteligentes y en uso de su razón, alborotados como un par de gatos que esperan se les arroje un pedazo de carne!

—¡De eso se trata! —la voz de Laffler lo sorprendió hasta el punto de que casi saltó del asiento—. ¡El triunfo culinario de todas las épocas! Y al confrontarlo uno se siente molesto por la emoción misma que destila.

—¿Cómo lo supo usted? —preguntó en voz baja Costain.

—¿Cómo? Porque hace unos diez años sufrí ese bochorno que usted siente ahora. Agréguelo a su expresión de reacción violenta y le será fácil ver cómo uno se siente disminuido al darse cuenta de que el hombre no ha olvidado babosearse por la comida.

—¿Y estos otros sienten lo mismo? —murmuró Costain.

—Juzgue usted mismo.

Costain miró furtivamente las mesas vecinas.

—Tiene razón. Al menos, nos conformamos viendo que hay muchos a quienes les ocurre lo mismo.

Laffler inclinó levemente la cabeza hacia un costado.

—Uno de estos parece que está a punto de tener un disgusto.

Costain siguió la indicación. En la mesa que le señalaba Laffler, un hombre de cabellos grises estaba sentado solo. Costain miró hoscamente el sitio que estaba vacío frente a él.

—Pues, sí —recordó—, ese nombre gordo, calvo, ¿no? Me parece que es la primera vez en dos semanas que no viene a comer acá.

—Más probablemente aún, en los últimos diez años —dijo Laffler, comprensivamente—. Con lluvia o con sol, en momentos de crisis o de calamidad, no creo que haya dejado de venir una sola noche a lo de Sbirro, desde la primera vez que estuvo comiendo acá. Imagínese qué cara pondrá cuando le digan que en esta primera ausencia suya se ha servido cordero Amirstan, el plat du jour.

Costain miró la silla vacía, otra vez, con un ligero malestar.

—¿La primera, realmente? —murmuró.

—¡Mr. Laffler! ¡Y su amigo! ¡Tanto, tantísimo gusto! No se paren, por favor. Voy a hacer que me pongan una silla.

Como por milagro apareció un asiento para la figura que estaba parada junto a la mesa.

—El cordero Amirstan va a ser un éxito sensacional, ¿no? Yo mismo he estado cociéndome en la miserable cocina todo el día, pinchándolo a ese tonto del chef para que hiciera las cosas como se debe. Esto es lo importante, ¿no? Pero me doy cuenta de que su amigo no me conoce. ¿Me presenta?

Las palabras salían como un torbellino, fluidas, suaves. Corrían formando olitas, ronroneaban, lo hipnotizaban a Costain de modo que no podía hacer otra cosa que mirar fijo. La boca que desataba este monólogo sinuoso era alarmantemente grande, con labios delgados y movedizos que se enroscaban y torcían con cada sílaba. Una nariz chata con una línea de pelo, debajo de ella; los ojos muy separados, casi de aspecto oriental, brillaban en el resplandor inseguro de la luz de gas y el pelo, largo, brilloso, echado hacia atrás desde la frente, alta y sin arrugas, un pelo tan claro que parecía que lo habían desteñido hasta dejarlo sin color. Una cara sorprendente, sin duda y al ver a Costain se torturó con el convencimiento de que le era familiar. Su cerebro se estrujaba y aguijoneaba, pero no conseguía despertar ningún recuerdo concreto.

La voz de Laffler sorprendió a Costain, interrumpiendo su estudio.

Mr. Sbirro, Mr. Costain, mi buen amigo y socio.

Costain se puso de pie y estrechó la mano que se le extendía. Era una mano tibia y seca, y la sintió dura como una yesca cuando estuvo en contacto con la palma de la suya.

—Mucho gusto, Mr. Costain. Mucho mucho gusto —ronroneaba la voz—. Le gusta mi establecimiento, ¿no? Le espera un gran convite, le aseguro.

Laffler ahogó la risa.

—Vaya, Costain ha estado comiendo acá regularmente desde hace dos semanas —dijo—. Está a punto de volverse un gran admirador suyo, Sbirro.

Los ojos se volvieron hacia Costain.

—Es un gran cumplido. Me siento honrado por su presencia y le devuelvo el cumplido con la comida ¿no? Pero el cordero Amirstan es muy superior a todo lo que haya probado antes, se lo aseguro. Merece el trabajo que da conseguirlo, y la dificultad en prepararlo.

Costain se esforzó por dejar de lado el exasperante problema de esa cara.

—Me he preguntado más de una vez —dijo—, por qué con todas las dificultades que usted menciona, se toma la molestia de regalar al público con el cordero Amirstan. Usted dispone de otros platos como para mantener su reputación.

La sonrisa de Sbirro fue tan grande que su cara se volvió perfectamente redonda.

—Quizá sea un asunto psicológico. Alguien descubre una maravilla y quiere compartirla con otros. Llena su copa hasta el borde, quizá, al observar el evidente placer de los que hacen la exploración junto con él. O tal vez se trata solo de hacer un buen negocio.

—Entonces, teniendo en cuenta todo esto —persistió Costain— y teniendo en cuenta también todas las reglas que les ha impuesto a los clientes ¿por qué abre el restaurante al público, en lugar de trabajar como si fuera un club privado?

Los ojos de Sbirro enviaron un rayo a los de Costain, y luego se volvieron en otra dirección.

—¡Qué perspicacia! Bueno, le diré por qué ¡Porque hay más reserva en un local público de comida, que en el más exclusivista de los clubes! Aquí nadie averigua nada sobre los asuntos personales; nadie quiere saber las intimidades de la vida de los demás. Aquí se trata de comer. No tenemos curiosidad por saber los nombres y domicilios o las razones para entrar o salir de nuestros huéspedes. Les damos la bienvenida cuando están acá; no lamentamos su ausencia. Esa es la respuesta.

A Costain le sorprendió la vehemencia con que había hablado.

—No tenía intención de entremeterme —tartamudeó.

Sbirro pasó la punta de la lengua sobre sus labios delgados.

—No, no —le dijo tranquilizándolo—, no es entremeterse lo que usted hace. No quisiera dar esa impresión. Por el contrario, le pido que me haga las preguntas que quiera.

—Vamos, Costain —dijo Laffler—. No se deje intimidar por Sbirro. Lo conozco desde hace años y le aseguro que ladra más de lo que muerde. Antes de que uno se dé cuenta, le ofrece todos los privilegios de la casa salvo, naturalmente, el invitarlo a que visite su preciosa cocina.

—¡Ah! —sonrió Sbirro—, el señor va a tener que esperar un poco todavía para eso. Para todo lo demás estoy a su entera disposición.

Laffler golpeó la mesa jovialmente con la mano.

—¿No le dije? Diga la verdad, Sbirro. ¿Alguien, fuera del personal, ha entrado en el sanctum sancturum?

Sbirro levantó la mirada.

—Allá, en la pared, está el retrato de un caballero a quien le concedí ese honor. Era un amigo muy querido y un cliente de muchos años y da testimonio de que mi cocina no es inviolable.

Costain estudió el cuadro y se sobresaltó al reconocerlo.

—Pero, ese es el escritor famoso… usted sabe a quién me refiero Laffler, ese que escribía esos magníficos cuentos cortos y párrafos llenos de ironía y que de repente, se fue y desapareció en México.

—¡Claro! —exclamó Laffler— ¡y pensar que he estado sentado durante años debajo de su retrato sin siquiera darme cuenta! —se volvió a Sbirro—. Un amigo muy querido, dijo usted. Su desaparición debe haber sido un golpe para usted.

—Así fue, por supuesto. Pero piensen en esta forma: fue probablemente, más grande en su muerte que en su vida, ¿no? Era un hombre profundamente trágico: a veces me decía que sus únicas horas de felicidad las había pasado en esta mesa. ¡Impresionante! Y pensar que el único favor que yo le hice fue dejarlo entrar en mi cocina, la que es, en una palabra, solo una cocina vulgar y sencilla.

—Usted da por descontado que haya muerto —comentó Costain—. Después de todo, no hay ninguna prueba para afirmarlo.

Sbirro miró el retrato.

—Ninguna, absolutamente —dijo con suavidad—. Asombroso, ¿no le parece?

Cuando llegó la entrada, Sbirro se puso de pie, de un salto, y empezó a servirles él mismo. Con ojos que le brillaban levantaba la cacerola de la bandeja y husmeaba el perfume con placer sensual. Luego, con gran cuidado para no perder ni una gota de jugo, llenó dos platos con trozos de carne chorreante. Como si estuviera agotado por la tarea, se sentó en la silla, respirando pesadamente.

—Señores —dijo—, al buen apetito de ustedes.

Costain masticó el primer bocado con lentitud y lo tragó. Luego miró los dientes vacíos del tenedor con ojos vidriosos.

—¡Santo cielo! —dijo, con un soplido.

—Le gusta, ¿no? ¿Mejor que lo que se había imaginado?

Costain sacudió la cabeza, como aturdido.

—Para los no iniciados es tan imposible concebir lo delicioso del cordero Amirstan como para el hombre mortal mirar su propia alma.

—Quizá ha tenido usted, en este momento, una vislumbre de su alma —dijo Sbirro, poniendo la cabeza tan cerca de la de Costain que este sintió su aliento cálido y fétido.

Costain trató de retirarse ligeramente como para no ofenderlo.

—Quizá —dijo, riendo— y ¡qué espectáculo tan satisfactorio ofrecía! Nada más que dientes y garras. Pero, sin querer con esto ser irrespetuoso, no me gustaría construir mi iglesia sobre el lamb en casserole.

Sbirro se puso de pie y le apoyó la mano sobre el hombro, con suavidad.

—¡Qué perspicaz! —dijo—. Alguna vez, cuando no tenga nada que hacer, nada más que estar sentado en una pieza a oscuras y pensar en lo que este mundo es y lo que será entonces dirija su pensamiento al significado que tiene el cordero en la religión. Será muy interesante. Bueno, los he demorado en la comida. —Se inclinó profundamente ante los dos hombres—. Mucho gusto, y espero que nos volveremos a ver. —Los dientes brillaron, los ojos le resplandecieron y Sbirro desapareció por el camino entre las mesas.

Costain se dio vuelta para observar la figura que se alejaba.

—¿Lo he ofendido en algo? —preguntó.

Laffler levantó la vista del plato.

—¿Ofendido? Le encanta este tipo de conversación. El cordero Amirstan es un rito para él; se le saca el tema y no le da tregua a uno; peor que un sacerdote cuando trata de convertir a alguien.

Costain volvió a su comida, pero la cara de ese hombre le revoloteaba por delante.

—Es un hombre muy interesante —dijo—. Muy interesante.

Empleó un mes para descubrir a quién pertenecía esa cara que le resultaba tan familiar, y cuando lo descubrió, estando en cama, se rio fuerte.

—¡Pero por supuesto! ¡Sbirro podría haber posado como modelo para el gato de Cheshire en Alicia en el país de las maravillas!

A la noche siguiente le comunicó este pensamiento a Laffler, cuando iba hacia el restaurante, caminando contra un viento helado y borrascoso. Laffler no tuvo la menor reacción.

—Quizá tenga razón —dijo—, pero yo no estoy en condiciones de juzgar. Es un grito que se pierde en los remotos días en que leí el libro. Un grito muy distante.

Como respondiendo a estas palabras, se oyó un alarido que partía del extremo de la calle y que hizo que los hombres se pararan en seco.

—¡Mire! ¡Hay alguien en peligro! —dijo Laffler. No lejos de la entrada de lo de Sbirro se veían dos figuras que estaban luchando. Se tambaleaban de un lado al otro y de repente cayeron hechos un montón que se retorcía en la acera. El alarido lastimero volvió a oírse y Laffler a pesar de su circunferencia se lanzó a correr con rapidez hacia adelante seguido por Costain que iba cautelosamente detrás de él.

Tendida cuan larga era sobre la calzada estaba la figura delgada con la tez oscura y el pelo blanco de uno de los empleados de Sbirro. Estaba tratando de librarse en vano de las manos enormes que le rodeaban la garganta y con las rodillas empujaba el cuerpo gigantesco de un hombre que estaba brutalmente echado con todo su peso encima de él.

Laffler llegó jadeante.

—¡Basta! ¡Deténgase! ¿Qué pasa aquí?

Los ojos suplicantes, casi saliéndose de las órbitas, se volvieron hacia Laffler.

—¡Socorro, señor! Este hombre… borracho… —Borracho yo, pero roño…

Costain vio entonces que el hombre era un marinero con el uniforme muy sucio. El aire en torno a él hedía con el aliento a alcohol.

—Me roba y después me dice borracho, ¿no? —Le hundió los dedos con más fuerza, y su víctima gimió.

Laffler tomó con fuerza al marinero por el hombro.

—¡Suéltelo, le digo! ¡Suéltelo enseguida! —gritaba y un instante después lo empujaron contra Costain, que perdió el equilibrio por la fuerza del golpe.

El ataque a su persona hizo que Laffler se lanzara a la acción inmediata y frenéticamente. Sin hacer el menor ruido, saltó sobre el marinero, golpeándolo con furia en la cara y en las partes que no tenían protección. Atolondrado al principio, el hombre se incorporó y se arrojó sobre Laffler. Por un momento estuvieron trenzados y luego, como Costain se agregó al ataque, los tres rodaron separadamente por la vereda. Laffler y Costain se pusieron de pie despacio y observaron al hombre tendido.

—No se puede mover, o por la borrachera o porque se ha golpeado la cabeza al caer —dijo Costain—. De todos modos, tiene que intervenir la policía.

—¡No, no, señor! —el camarero se levantó con esfuerzo y pudo pararse tambaleándose—. ¡La policía no, señor! El señor Sbirro no quiere eso. Comprenda, señor —tomó a Costain con una mano que imploraba, y este miró a Laffler.

—Por supuesto que no —dijo Laffler—. No queremos que se meta la policía. Ya lo prenderán a este borracho asesino. ¿Pero qué demonios fue el principio de todo esto?

—Ese hombre, señor, estaba diciendo disparates y sin querer, lo empujé. Me atacó, y me acusó de robarle.

—Como me lo imaginaba —Laffler empujó levemente al camarero para que siguiera su camino—. Vaya no más y hágase atender allá adentro.

Pareció que el hombre estaba a punto de llorar.

—Señor, le debo la vida. Dígame qué puedo hacer…

Laffler se dirigió a la puerta de lo de Sbirro.

—No, no, no fue nada. Vaya no más y si Sbirro le hace preguntas, dígale que yo le voy a explicar. Yo voy a arreglar este asunto.

—Mi vida, señor —estas fueron las últimas palabras que oyeron al cerrar la puerta.

—Ahí tiene, Costain —dijo Laffler, unos minutos más tarde, al acercar su silla a la mesa—: el hombre civilizado en toda su gloriosa carrera. Hediendo a alcohol, a punto de estrangular a un pobre infeliz que se le acercó.

Costain hizo un esfuerzo para poner un paliativo al recuerdo exasperante del episodio.

—Es el individuo neurótico el que se entrega a la bebida —dijo—. Debe haber una explicación para el estado en que está el marinero.

—¿Explicación? Naturalmente: ¡salvajismo atávico! —Laffler hizo un ademán con el brazo como abarcando todo—. ¿Por qué estamos acá sentados para comer carne? No solo para calmar las demandas físicas, sino porque nuestra personalidad atávica lucha por liberarse. Reconstruya los hechos, Costain. ¿Recuerda que en una oportunidad le hablé de Sbirro como del epitome de la civilización? ¿Se da cuenta por qué, ahora? Es un hombre brillante, que comprende a fondo la naturaleza de los seres humanos. Pero, a diferencia de los hombres inferiores, él encamina todos sus esfuerzos para que satisfagamos nuestro natural innato sin que esto traiga apareado un daño para el espectador inocente.

—Cuando reflexiono sobre las maravillas del cordero Amirstan —dijo Costain—, entiendo muy bien lo que usted quiere decir. Y ya que de eso hablamos, ¿no sería ya tiempo de que ese plato delicioso apareciese en el menú? Debe hacer más de un mes que lo sirvieron por última vez.

El camarero, que llenaba los vasos en ese momento, vaciló.

—Lo lamento, señor. Hoy no se sirve el plato especial.

—Ahí tiene la respuesta —gruñó Laffler— y probablemente tendré la mala suerte de perdérmelo la próxima vez que se sirva.

Costain lo miró fijo.

—¡Vamos, es imposible!

—No, ¡maldito sea! —Laffler se bebió medio vaso de agua de un trago, y el camarero le volvió a llenar el vaso—. Me voy a Sud América a hacer una gira de inspección sorpresiva. Por un mes, o sabe Dios por cuánto tiempo.

—¿Andan mal las cosas allá?

—Podrían andar mejor —Laffler sonrió bonachonamente—. No hay que olvidar que se necesitan dólares y centavos terrenales para pagar la tarifas en lo de Sbirro.

—No se ha dicho nada de esto en la oficina.

—Si se hubiera dicho, dejaría de ser una gira sorpresiva. Nadie, salvo yo, está enterado de esto… y usted, ahora. Quiero llegar allá sin que lo sospechen. Quiero descubrir qué trampitas están haciendo. Para la gente de la oficina, me voy en una gira de placer. O me estoy recuperando de la fatiga en un sanatorio. De todos modos, el negocio queda en buenas manos. En las suyas, entre otras.

—¿Las mías? —dijo Costain, sorprendido.

—Cuando llegue a la oficina mañana va a recibir un ascenso, aunque no esté yo para entregárselo personalmente. Pero mire, no tiene nada que ver nuestra amistad con esto: su trabajo ha sido de primera y le estoy muy agradecido.

Costain se sonrojó por el elogio.

—¿No va a estar allá mañana? ¿Entonces, se va esta noche?

Laffler asintió.

—He estado tratando de conseguir, por cualquier medio, que me reserven un pasaje. Si lo consigo bueno, esta será algo así como una reunión de despedida.

—Usted sabe —dijo con pausa Costain— que deseo ardientemente que no consiga esa reserva. Creo que estas comidas en este restaurante han llegado a significar más para mí de lo que me hubiera imaginado.

La voz del camarero los interrumpió.

—¿Desea que le sirva ahora, señor?

—Sí, por supuesto —dijo Laffler con brusquedad—, no me di cuenta de que estaba esperando.

—Lo que me fastidia es el pensar que voy a perder el plato de cordero Amirstan —dijo Laffler, cuando se hubo ido el camarero—. Para ser sincero ya he postergado una semana mi salida con la esperanza de acertar con una noche afortunada, pero ahora ya no puedo demorarme más. Espero que cuando usted esté con un plato servido de cordero Amirstan se acuerde de mí con la consiguiente pesadumbre.

Costain se rio.

—Por supuesto que lo haré —dijo empezando a comer.

Apenas había terminado el plato cuando un camarero se lo retiró en silencio. No era el camarero que siempre los atendía; era, nada menos, que la víctima del asalto.

—Y bien, ¿qué tal se siente ahora? ¿Todavía indispuesto?

El camarero no le prestó atención. En lugar de ello, con el aire de estar bajo un estado de gran emoción, se dirigió a Laffler.

—¡Señor! ¡Mi vida! Se la debo a usted. ¡Puedo pagarle el servicio que me hizo!

Laffler levantó los ojos, sorprendido, luego sacudió la cabeza con firmeza.

—No. No quiero nada, ¿entiende? Me ha pagado bastante con las gracias. Siga trabajando no más y no vuelva a hablar de esto.

El camarero no se movió, sino que alzó la voz.

—¡Por el cuerpo y la sangre de su Dios, señor, lo quiero ayudar aunque usted no lo quiera! No vaya a la cocina, señor. Doy mi vida por la suya, señor, al hablarle así. ¡Ni hoy ni nunca en su vida vaya a la cocina en lo de Sbirro!

Laffler se echó atrás en la silla, completamente atónito.

—¿No ir a la cocina? ¿Por qué no he de ir a la cocina si al señor Sbirro se le pone en la cabeza invitarme? ¿Qué significa todo esto?

Una mano pesada se posó sobre la espalda de Costain y otra asió el brazo del camarero. Este quedó paralizado, con los labios comprimidos, los ojos mirando al suelo.

—¿Qué es qué, señores? —ronroneó la voz—. Una llegada tan oportuna. Siempre a tiempo, como veo, para responder a todas las preguntas, ¿no?

Laffler suspiró con alivio.

—¡Ah, Sbirro, qué suerte que esté aquí! Este hombre está diciendo que yo no debería ir a su cocina. ¿Qué quiere decir con eso?

Sbirro sonrió mostrando los dientes.

—Pero, por supuesto. Este buen hombre lo aconsejaba con toda amabilidad. Ocurre que mi cocinero es demasiado temperamental y al enterarse de que yo había invitado a un huésped a que visitara la cocina, se puso hecho un basilisco. ¡Qué furia, señores! Llegó a amenazarme con irse inmediatamente y se pueden imaginar lo que eso significaría para lo de Sbirro, ¿no? Por suerte conseguí hacerle comprender el honor que era para él recibir a un cliente tan estimado y a un verdadero conocedor y permitirle que lo observara trabajar y ahora está muy de acuerdo.

Soltó el brazo del camarero.

—Esta mesa no le corresponde —le dijo en tono suave—. Que no vuelva a equivocarse.

El camarero se deslizó sin atreverse a levantar los ojos y Sbirro acercó una silla a la mesa. Se sentó y se pasó la mano por el pelo.

—Ahora no hay ningún secreto, ¿no? Esta invitación que le iba a hacer, señor Laffler, yo quería que fuese una sorpresa; pero la sorpresa ya no es posible y lo único que queda es la invitación.

Laffler se secó las gotas de traspiración de la frente.

—¿Habla en serio? —dijo con voz ronca—. ¿En serio vamos a presenciar la preparación de la comida esta noche?

Sbirro hizo una raya larga y delgada con la uña sobre el mantel.

—¡Ah! —dijo—, estoy frente a un dilema de grandes proporciones —concentró su atención en la raya que había trazado sobre el mantel—. Señor Laffler, ha sido mi huésped durante diez largos años. Pero nuestro amigo, aquí presente…

Costain levantó la mano para protestar.

—Entiendo perfectamente. Esta invitación es para el señor Laffler, y mi presencia, desde luego, resulta inoportuna. Yo, en realidad, tengo un compromiso para esta noche y tengo que irme ya. De modo que no hay dilema en realidad.

—No —dijo Laffler— de ninguna manera. Eso no es justo. Hemos compartido esto hasta ahora, Costain, y si usted no me acompaña, esta experiencia no me significará ni la mitad del placer que me daría si usted estuviera presente. Estoy seguro de que Sbirro podrá hacer una excepción, por una vez.

Miraron a Sbirro, que se encogió de hombros.

Costain se puso de pie de repente.

—No me voy a quedar sentado, Laffler, arruinándole su gran aventura. Y además —dijo en tono de chanza—, piense en el feroz chef que le está esperando para clavarle el cuchillo. Prefiero no estar presente. Me voy a despedir —siguió diciendo, para cubrir el silencio de Laffler—, y lo dejo con Sbirro. No dudo de que él se esforzará para ofrecerle un espectáculo de primera —le extendió la mano y Laffler la oprimió con tanta fuerza que le hizo doler los dedos.

—Se ha portado como un caballero —dijo—. Espero que siga viniendo a comer acá hasta que nos volvamos a encontrar. No tardaré mucho.

Sbirro abrió paso para que pasara Costain.

—Lo esperaré —le dijo—. Au revoir.

Costain se detuvo brevemente en el foyer a media luz para arreglarse la bufanda y colocarse bien el sombrero. Cuando se retiró del espejo, satisfecho al fin, vio, al mirar por última vez, que Laffler y Sbirro ya habían llegado a la puerta de la cocina; Sbirro había abierto la puerta de par en par e invitaba a Laffler con una mano a que pasara, mientras que la otra descansaba, casi con ternura, sobre los hombros carnosos de Laffler.

 

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