No te Aguantes

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Que siempre es güeno tener… una tabla ande sentarse

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NO TE AGUANTES

Por Claudia Baier

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No te Aguantes Humor a la Wargon

No te Aguantes

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Habitáculo que amedrenta es el baño de los colectivos. No era usuaria habitual, hasta que muchos baños terrestres empezaron a amedrentarme mucho más. Hay que reconocerles que son totalmente inclusivos, es para todos y todas, incluso los choferes lo usan, que es como decir que un funcionario del estado use el hospital y la escuela públicos. Se trata de un miniestado totalmente igualitario y democrático.

No es sencillo su uso, mucho más para los que somos de contextura robusta. Lograr abrir la puerta, lograr cerrarla, girar ahí dentro y hacer todo lo que hay que hacer, implica astucia y coraje. Y si justo te tocó una curva o una frenada mientras ingresabas hay que dedicar un rato en recuperar el equilibrio. Por eso, nunca vayas con la vejiga exigida porque primero hay que adaptarse a todo lo que te depara esa cápsula maldita.

La puerta merece un capítulo especial. Primero, porque no podés confiar en el cartelito pasamensajes que te anuncia “baño desocupado”, porque también te muestra la hora y la temperatura y ya descubriste que esa información nunca está actualizada, parecen datos de Alaska o Mozambique mientras vos acabás de pasar por Realicó.

Entonces, enfrentada a esa puerta misteriosa que parece la tapa de un ataúd y más si es bombé, te aturden terribles dudas filosóficas. Tal vez la única certeza es que se abre tirando, nunca empujando, a no ser que sea tu primera vez en esta aventura y pienses que el habitáculo tiene espacio interior suficiente como para abrir hacia adentro. Olvídalo, apenas hay lugar para tu humanidad… sin campera de pluma.

Golpéas primero o te mandás. Golpeás suave o fuerte y claro. Cuántas veces. Si te contestan “ocupado” que hacés, ¿esperás en el rellano o volvés a tu asiento? Si no te contestan nada, seguro que la paranoica que habita en vos, te murmura que no escucharon tus golpecitos porque el ruido del motor los disfrazó y seguís esperando como una pelotuda a ver qué pasa. En este punto, puede suceder que el pasajero que viaja al lado de la puerta maldita y conoce el tráfico del lugar, se apiade de tu trastorno y te diga, pasá hermana, no hay nadie. Toda esta previa consume minutos y como te avisé más arriba, si no lo planificás con tiempo puede significar pérdidas del dique de contención.

Existen algunos perseguidos que, si viajan acompañados, le piden al otro que se quede cerca por si se quedan encerrados. Suponiendo que el susodicho derribará la puerta bombé a hachazo limpio para rescatarte. Me dan mucha ternura.

Una vez adentro, a los de estructura exuberante nos asalta un principio de claustrofobia. Apenas podemos girar y el bamboleo y las frenadas ruteras no ayudan, haciendo que nuestra humanidad rebote anárquicamente en las paredes del cubículo.

Cuando lográs cierta estabilidad, te encontrás enfrentada con el agujero pertinente y una tabla que por defecto está levantada, gracias a un sofisticado sistema de resortes. Seguramente se inspiraron en algún estudio de la universidad de Wisconsin que dice que el 99% de los señores no levantan la tabla, no la embocan, y no limpian el salpicado. Así que el que quiere usar la tabla debe vencer la resistencia del resorte y sentarse rapidito antes que la tabla vuelva. Cuando terminás y empezás a levantarte sentís cómo la tabla acaricia tus zonas mientras acompaña tu movimiento porque pretende volver a su posición original. Pensás resignada y melancólica que hace rato que nadie te acaricia así, allí.

Generalmente hay papel, generalmente hay agua. Y convengamos que tiene lo suyo hacerlo en movimiento y con rugido de motor. Igual recomiendo entrar con papel extra hecho un rollito en el bolsillo, porque si entrás con cartera o mochila… la puerta no cierra.

El frenesí por el ahorro de espacio, impide encontrar fácilmente todo lo necesario en los mismos lugares que lo haríamos en un baño terrestre. No esperes una mochila con botón, o una cadena de dónde tirar o palanca en un lugar previsible. No hay que desesperar, total ya pasó la emergencia urinaria, y si miras con atención y paciencia, en algún lado se esconde el botón de descarga, generalmente rojo. Y dónde me lavo las manos. Tranqui, ponete los lentes de leer y verás un lavabo del tamaño de un dedal que te permite una enjuagadita sin demasiado aspaviento.

Existen los contreras acérrimos, aquéllos que se niegan a la experiencia. Son anti microbaño. Para mantener esta férrea posición deben sumergirse en difíciles cálculos que incluyen horarios, velocidades, distancias entre paradas, cortes de ruta, desvíos, animales sueltos, neblina y decilitros de líquidos a consumir antes y durante el viaje. Estudian mucho para concretar su cometido en una parada donde tienen que bajar rajando y miccionar rajando porque si no, los dejan. Yo les digo, con cariño y preocupación, un día van a quedar varados en una lúgubre terminal en medio de un desierto patagónico más solos que un cactus porque el chofer los olvidó.

Yo también fui anti, ahora lo milito. Desagota y sé feliz.

Última advertencia, no olvides que no es apto para depositar tus sólidos. En tal caso tenés que avisar al chofer para que pare y puedas evacuar en medio de la pampa, con el roce de las pajas vizcacheras y el viento pegando en tu cara y asentaderas. Ma ra vi llo so.

 

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