Viejecitos

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A la vejez viruela… Y bastante nás

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VIEJECITOS

Por Carolina López Scondras

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Viejecitos Humor a la Wargon

Viejecitos

 

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Soy la hija de uno de esos abuelitos, esos ancianitos que vemos tiernamente caminar a paso lento del brazo de alguien intentando cruzar la calle. Esos viejecitos que hablan con los perritos que pasan y se sientan en una plaza como mirando la nada misma. Soy la hija del Doctor Chapatín, es tan igual que hasta la bolsita aferrada a la mano tiene. Mi padre pertenece al grupo de esos que están en la cola de cualquier supermercado contando lentamente las monedas, esos canosos que cuentan sus historias heróicas del pasado.

Y uno se encariña, se apiada de ellos. Pues no, no caigan en su trampa. Hace un mes que cuido a mi padre y puedo aseverar que es toda una mentira, una patraña, una farsa montada por ellos por pura diversión e impunidad.

Conviviendo con mi padre he podido ver claramente sus mañas. Lo llevo del brazo caminando por la calle en velocidad inhumana, que de tan lenta va casi para atrás. Da dos pasos y bufa, como si estuviese sufriendo, como si sus pobres huesos no pudieran más. Veo las caras de los transeúntes, acusatorias hacia mi persona como si lo arrastrara en medio de una tortura, la joven que seguro lo va a estafar y quiere matarlo.

Lejos de estar a punto de perder el aliento de tanto esfuerzo, descubrí que resopla como si estuviese cansado cuando va de la cama al baño, del baño a la cocina. Se sienta como si viniera de palear bolsas en el puerto, con efecto de sonido, pero lo hace por puro deporte, como gritar cuando se despierta, que la primera vez casi me cago del susto pensando que tenía un ataque y no, sólo se despereza con FX de grito desgarrador.

Esa lentitud tortuguina en una avenida por la que ama caminar en medio de la vereda, solo por fastidiar, se le desvanece si viene un colectivo y teme que se vaya, ahí corre como gacela perseguida por un león.

Las luces de tránsito lo tienen sin cuidado, el rojo es solo para el resto de los mortales porque en senil magnificencia está convencido que el mundo, lo que incluye los autos, bicicletas, motos y personas, deben detenerse ante la sola presencia de sus canas.

 

Su cuerpo es un tema aparte. Tiene un prontuario médico que nadie creería. En el prode de la salud tiene todas: diabetes, sterns, cardiopatías, hipertensión, locura, ceguera, todo junto. Se mantiene literalmente a doce pastillas por día en diversos turnos. Sin embargo, en su propia teoría, cuando los análisis le dan bien, indica que puede entrarle al helado, el fiambre y el vino tinto sin problemas. Por supuesto, uno podría pensar que lo hace en su plena inconsciencia, pero no, porque lo hace a hurtadillas, aprovechando cualquier descuido de mi parte (trabajar por ejemplo) cuando escucho sus pasitos de ratita caminando hacia la heladera o descorchando a cualquier hora.

Las pastillas puede olvidarlas, ni idea tiene qué toma, le puedo dar un éxtasis que se lo zampa sin chistar, de los turnos ni idea y se deja conducir, pero de comprar vino no se olvida jamás.

Dicho sea de paso, se agudizaron dos características históricas: el cocodrilo en su bolsillo y su calidad de “hombre radio”. Su nivel de pijoterismo, anclado a la frase “soy un pobre jubilado” (cosa que no es cierta, porque ni es pobre y se jubiló muy joven que ya ni recuerda lo que fue alguna vez trabajar) se traslada al vino tinto que es su única pasión y bebe uno tan, pero tan berreta que es difícil de distinguir entre una vaso de aceite de quemar y esa porquería. Existen técnicas como ponerle hielo, rebajarlo con agua, dárselo listo, pero de alguna manera se las ingenia a su paso infinitamente lento para salirse con la suya.

Su otra manía es cantar todo el tiempo. No soportar el silencio, dar indicaciones (porque su majestad impune es siempre venerado y servido) en forma de canción. Esta característica propia de los jardines de infantes me ha resultado muy útil a la hora de yo darle indicaciones y convertir canciones en himnos como (al son del puente de Avignon)

“En Scalabrini Ortiz todos toman la pastilla,

en Scalabrini Ortiz todos toman y yo también.

Toman así, así la metformina,

toman así, así me gusta a mi”.

mientras se la enchufo.

Otro juego que empleamos es “el premio glucemia”. Ante sus reiterados intentos de comer medialunas, apostamos a ver quién está más cerca de acertarle a su nivel en sangre. Quien pierde debe pagar las medialunas si, y solo si, le dan bien los controles.

En cuanto a las historias heroicas, son un bolazo, para un oído externo puede ser, pero para una, que lo conoce, que ha vivido con él, no resisten ni un solo archivo. Hoy aseguró ante unos amigos que Cristina Wargon era amiga de García Lorca y que iba a su casa. Es meritoria su imaginación.

De las cosas que hacía ya no le interesan más y cualquier excusa es válida para una siesta, insisto no es de cansancio, es de pura vagancia, porque si le digo “vamos a ver vidrieras”, como si fuese una mascota a la que le mostrá la correa, se levanta como un resorte y casi podría decir que mueve la cola y todo.

Hablando de colas, pararse en el medio de una y tardar una vida mirando el ticket es una de sus pasiones, no es de distraído, no es de pobrecito, es de puro inimputable que goza de hacer esperar al mundo. Podría hacer lo mismo a un costado, incluso cuando se lo digo agarrándolo de un brazo intentando moverlo de ahí, pero, ¿Por qué hacerlo cuando puede demostrar que el mundo debe detenerse porque a él se le canta?

Otra de sus nuevas gracias es llevarse la comida que sobra cuando comemos afuera, como si hubiese vivido la guerra y no tuviera qué comer al otro día. El asunto es que no la pide, se la lleva en una servilleta, metida en un bolsillo. El otro día se trajo medio chorizo y un cacho de entraña. Bromatología está por hacerle juicio. Lo peor es que lo come, lo mismo que pan duro y alimentos vencidos que no quiere tirar. Su hígado de amianto lo resiste estoico y es lo que realmente no entendemos, ni la ciencia, ni yo.

Tiene una sola tarea: regar las plantas, cosa que evita cada vez que puede. Todo lo demás le es dado. La comida, la agenda, el lleva y trae, la limpieza, la ropa. Me convertí en su sierva hasta que el señor tiene el tupé de quejarse de algo y ahí se arma la de San Quintín. Y ahí me encuentro yo, convertida en mi propia madre, mandándolo a ordenar su cuarto, a obligarlo a desprenderse del celular, a que cuelgue la ropa o se cebe un mate amargo. Mágicamente es capaz de realizar todo.

Tener un padre adolescente apesta.

 

 

Respuesta de Cristina Wargon a Carolina López Scondras

 Tener hijos jóvenes apesta

 

Esta respuesta estaba a cargo de Lidia que tiene credenciales para hablar de esas edades, pero no pudo porque se lo impidió una situación vinculada a la jarana. Soy yo entonces la encargada de frenar tanta injusta malevolencia como exuda su nota. Me detendré solo en algunos puntos particularmente irritantes. El primero es que acusa a su padre de una lentitud exasperante, lo que le obliga a usted a caminar despacio. Le digo a usted y a todos esos hijos de puta que nos apuran, que ser viejo es sinónimo de ser lento, pero la mayoría de las veces la cabeza nos funciona tres veces más rápido que la de ustedes. Son rápidos y se creen triunfadores sobre sus doradas rodillas, pero lamentablemente sonsos. Puedo garantizar que lo de las rodillas va a a pasar, con lo de la sonsera no hay garantías. Básicamente todos ustedes, apestosos hijos jóvenes, eran mucho más lentos  cuando comenzaron a caminar y sus padres tenía que doblarse en dos para evitar que se reventase contra el piso (sin duda, nos arrepentimos de esa devoción). Agrego que, además de ser lentos, se hacían pis y caca. Estamos entonces frente a una caso de mera justicia divina o de mera devolución de favores. Resumo, nadie ha muerto por caminar despacio: ¡No joda!

Aparece después su crítica sobre los muchos remedios que consume. Tiene razón. Los viejos estamos vivos porque tomamos remedios. Ya sabe entonces la solución, córteselos y sea justa: arrójese usted debajo de un subte. Yo sé bien a quien llorarán más. ¡No joda!

Agrega usted, “Otra de sus nuevas gracias es llevarse la comida que sobra cuando comemos afuera, como si hubiese vivido la guerra y no tuviera qué comer al otro día”. ¡Su padre es argentino y como tal ha pasado tantas guerras que su accionar demuestra que es una persona criteriosa y usted una irresponsable. ¡No joda!

Por último, que me imagine como íntima amiga de García Lorca, sólo indica que es mi amigo y los viejos que conservamos amigos e incorporamos nuevos, es porque nos tratamos bien y nos imaginamos mejor.

Por supuesto, mucho queda pendiente. Será en otro momento, cuando esté menos atravesada por la ira. 

PD: Saludos a su papá

 

 

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