Tres Deseos

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Ten cuidado con lo que se cumple

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TRES DESEOS

Por Liz Marino

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Tres Deseos Humor a la Wargon

Tres Deseos

 

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En una de sus tantas expediciones selva adentro, los inútiles del cortejo del príncipe Aladino pierden su lámpara de metal, la que usaba su Alteza para vaporizar hachís, opio y otras sustancias invitantes al ocio.

Un tiempo después, una Jirafa encuentra la lámpara. Siguiendo el destello y atraída por su brillo la lame y en el acto se despliega en el aire un Genio, curiosamente gordo y ultraliviano, de pies de humo, quien le anuncia que con su lamido ha activado la función “DESEO” por lo que está habilitada para pedir las tres cosas que más anhela. Él se encargará de cumplirlas puesto que ha pasado tres mil años allí adentro sólo esperando órdenes.

La Jirafa no lo duda: quiere ser más baja.  Esta repodrida de su exagerada altura.

Vive entre nubes, esquivando pajaritos y copas de árboles, viendo pasar siempre la joda por abajo.  Ningún animal de otra especie le dirige la palabra ya que desde ahí arriba ni oye nada ni la oyen, entonces no tiene amigos ni hay cortejo posible más que de otras jirafas, las que le parecen mortalmente aburridas y de ideas básicas, como si tan largo cuello les trajera algún problema de conexión.

Además, no tolera ya su dieta ultra vegana, años comiendo sólo hojas de acacia porque llegar a árboles más bajos le mata las cervicales, mientras observa cómo más cerca del suelo los mamíferos, lujuriosos y carnívoros, se relamen en tremendos banquetes sangrantes y coloridos.  Y ni hablar del dolor de columna cada vez que se agacha a tomar agua del río.

“Dejame bien bajita” le dice al genio.   

El genio ejecuta y ahí queda la Jirafa, efectivamente más bajita.  

Pero el destino es caprichoso y cumple los deseos sin atender a efectos adversos.

La Jirafa ha alcanzado su nueva estatura porque ya no tiene patas, de modo que ahora sólo se apoya sobre su corto vientre, manteniendo su cuello tan largo como otrora.

Es claro que ha perdido el porte, la elegancia, más parece un patito flotador de goma.

Lejos de toda frivolidad, la Jirafa igualmente aprecia medir un metro y medio menos que antes, pero en su nueva situación, con un cuerpo sin patas y un cuello tan largo, no sólo advierte que desde ahora deberá mecerse para desplazarse, sino que descubre con tristeza que su nueva forma inspira temor en los demás animales, que ven en ella una ignota especie similar a una gruesa serpiente. Y entonces, como le temen, nada se ha resuelto: ninguna otra especie se le acerca, ni la oyen ni le hablan, no se hace amigos, no tiene ninguna chance de seducción.  

Se da cuenta del error que cometió, debió ser más específica.  También, que el “genio” está sobrecalificado y es en realidad un boludo importante.

Ante el reclamo de la Jirafa, el genio explica que él no es más que un viejo empleado del Principado, que vive hacinado hace siglos en esa lámpara, que sólo sabe gestionar una idea por vez y no tiene estudios de anatomía animal. Que hace lo que puede.

Resignada, la Jirafa pide entonces su segundo deseo: Que aun en su defectuosa condición, su amado Ernesto -una suricata que por años le ha hecho perder el sueño con su esbelto porte de sólo 35 centímetros, sus hábitos carnívoros y sus reflejos rápidos como la luz-   se enamore de ella.  En definitiva -piensa- qué importa mi forma si consigo que me ame quien yo quiero.  Voy por ello.

El genio acciona y de inmediato se presenta ante la Jirafa la suricata Ernesto, quien le declara su amor, le expresa que la adora por ser única, que no existió jamás un animal como ella, que no osaría definirla y que sólo puede amarla.

Feliz, la Jirafa ni siquiera piensa en el tercer deseo.

Por lo que ha quedado un deseo vacante y el genio está a las puteadas.  No podrá salirse de su apretujado destino hasta que cese su misión.  Busca a la Jirafa para convencerla -no es posible que ella no desee nada más- pero no logra encontrarla, ya sabemos cómo se borran del mapa los enamorados cuando destino y deseo se juntan.

Entonces sólo le queda al genio seguir hacinado a la espera de la primera crisis de los tortolitos, la que por cierto no será todavía. Como ya se sabe, en los primeros dos años estos amores suelen andar bárbaro. 

Tampoco es para tanto… En definitiva él es un empleado público y puede quedarse allí, quietito y mambeado por los últimos efluvios del hachís y del opio, haciendo tiempo, mientras transcurren los mil cuatrocientos tres años que faltan para su jubilación.

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