Deflación Dentaria

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De cómo lo que sube baja y lo grande se achica

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DEFLACIÓN DENTARIA

Por Gabriela Martínez

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Deflación Dentaria Humor a la Wargon

Deflación Dentaria

 

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Partiendo del silogismo todo lo que cuelga se cae, basta mirarse al espejo para darse cuenta de que la gravedad y los años van de la mano, es ineludible, nos vamos derritiendo como una plastilina al sol. También algunas cosas se expanden irrespetuosamente, pero este no sería el caso, al contrario. Por ello mi asombro ante el hallazgo. Así fue como una mañana descubrí que se me habían achicado los dientes. ¡Si! Por fin algo se achicó -pensé con la felicidad propia que te da la ignorancia. Exultante le cuento a una amiga y su comentario fue lapidario: Yo no estaría tan contenta, es grave, andá y consultá con un profesional. Le hice caso.

Gracias a la obra social conseguí un turno con una odontóloga para dentro de cuatro meses. Si mi mamá me esperó nueve meses, yo puedo esperar ciento veinte días, me dije para darme ánimo. Llegado el día, acudí expectante a la cita y transcurridas unas dos horas en una sala de espera similar a un canil con música instrumental, eso sí, de xilofón solamente, con una sensación térmica  a la de  un mediodía en el desierto del Sahara, sin ningún aparato que amaine la temperatura y luego de aprenderme de memoria una Radiolandia de 1979 salió  de un consultorio una odontóloga muy jovencita y me llamó por mi apellido:

¡¿Maaartiiineezzz?!

Le expuse mi situación mientras ella acompañaba  mi relato con cara sobradora y algo de lástima.

Luego de hacerme un par de pruebas: Muerda ahora… otra vez, espere que yo le diga ¡Mi dedo no, señora!

Sacándose los lentes, como todo buen profesional, mirándome fijo y suspirando lanzó una pregunta que me descolocó y me hirió más que mi ex:

– ¿Cuánto piensa vivir usted?

Ni mi profesora de química me había hecho una pregunta tan difícil de responder.

– Mmmm… no sé, como querer, diría que ya es suficiente, pero no depende de mí solamente. Yo fumo, como y le doy al fernet como para colaborar con un final abrupto, pero…

Me interrumpió con otra pregunta de difícil respuesta:

– ¿Usted, para qué utiliza los dientes? Me refiero a si es de morder cosas duras.

– Mmm… depende. A mi edad querida, pocas cosas duras encuentra una. Después de los turrones navideños y las garrapiñadas, la verdad es que soy más de chupar…

Ya cansada y con poca paciencia fue al grano:

– Mire señora, usted tiene bruxismo, mastica dormida y por eso se le gastaron los dientes.

– Es que son pocas las horas del día para comer, me duermo pensando en que me quedé con hambre – la interrumpí.

Poníendose los lentes me miró fijo y me dijo de manera tajante:

– Necesita una placa de relajación, de lo contrario en un año usted queda sin piezas dentarias. ¿Le interesa conservarlas?

– ¡Claro que me interesa! ¡No quisiera verme tan pronto con el “código de barras“ que se les hace en los labios  a las ancianas desdentadas !

– Bueno, son $  200.000, si se decide me saca un turno.

Salí de ahí aturdida y abrumada pensando en otra solución más económica y una lucha interna a modo de consuelo respecto a que tampoco era tan grave. Mientras caminaba aparecían en mi cabeza ideas propias de haber sido fans de Utilisima Satelital. ¿Dientes de ajo encastrados y fijados con La Gotita? No, la alitosis sería fatal, no es buena idea. ¿Dientes de cotillón? Los venden en bolsas por 50 unidades, pero tienen caninos muy agresivos que sumados a mi personalidad darían como resultado un ser endemoniado. No… ¡No!

Haciendo usufructo de  la poca lucidez que tengo (mi mamá sostiene,sin rigor científico, que se debe a un antojo no satisfecho en el embarazo), iba descartando malas ideas hasta que pasé frente a una casa de electrodomésticos y se me ocurrió  una de mis genialidades: una Minipimer.¡A la mierda! ¡Proceso todo y listo!

Dispuesta a realizar la compra, la tarjeta me juega una mala pasada. Saldo insuficiente.

En un acting digno de Meryl Streep, me hice la sorprendida y hasta un par de lágrimas se me cayeron. Ofendida, el vendedor intentó calmarme, pero sin mirar hacia atrás salí del negocio en busca de más opciones, teniendo plena conciencia de que mi tarjeta había dicho Game Over con la compra de un tobogán para tortugas (Menos mal que el banco me cuida poniendo freno a mi insensatez).

Mirando vidrieras, preocupada por mi triste final, pasé por una casa de descartables. ¡Siii! ¡Ahí estaba la solución definitiva! Bolsa de sorbetes plásticos por cien unidades: dos mil pesos. Hasta podía elegir color. Sin dudarlo invertí en ellos, con la licuadora desvencijada de casa eran el combo perfecto. Mi inconveniente estaba resuelto: ¡Smoothie de ravioles con pollo o de milanesa a la napolitana!

Automáticamente pensé en la pobrecita de la odontóloga con la misma lástima que le di yo.

¡Pendeja oportunista, no tenés idea lo que cotiza una veterana desdentada, deberías respetar más una trayectoria amatoria!

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