Chupahuevismo en Sangre

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Cuando era pibe tuve un jardín. Ahora un matorral

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CHUPAHUEVISMO EN SANGRE

Por Claudia Baier

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Chupahuevismo en Sangre Humor a la Wargon

Chupahuevismo en Sangre

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Tener casi sesenta es casi glorioso. Sé que muchos se resisten a creer, en especial la tribu de inmortales, inmutables y tiernos jóvenes.

Totalmente entendible.

Pero insisto con terquedad, el tránsito por los casi sesenta no es de ripio permanente y tiene un rosario de ventajas. De todas, hay una que encabeza el podio, y es el hecho que en esta maravillosa edad empiezan a navegar por tu sistema circulatorio, además del colesterol, los triglicéridos, el ácido úrico y todas esas delicatesen, altas dosis de chupahuevismo. Esta tesis se afirma en un hecho irrebatible: todo lo que en tu dorada adolescencia y juventud te quitaba el sueño, te anudaba los nervios y retorcía el estómago, y eran episodios dignos de una tragedia griega o telenovela turca, ahora, eso mismo o parecido te chupa un reverendo huevo. Unos pocos botones para muestra.

Seguramente en tu época de hervidero hormonal, arrasaron con tu tersa y jovial piel, furibundos ataques de acné. Un incordio. Choclo con patas te decían. Pero un día en particular, irrumpe como ojiva de misil, un grano bien pulsudo entre ceja y ceja, apuntando a la humanidad, hidalgo, altanero, prepotente. Si te lo explotás te queda un cráter lunar, si no lo hacés el riesgo de reviente es permanente e imprevisible y las consecuencias nefastas. Agregándose así a la angustia propia del episodio, una duda existencial. Dramón.

Encima, justo ese día ¡tenías un asalto! Abro corchete. Casi no experimenté el episodio “asalto”, por apenas unos pocos años, pero quería usarlo porque me fascina la denominación, es genial. Queridos millennials, centennials, y todas las clasificaciones que desconozco, gugleen si todavía no entienden. Cierro corchete.

Ya tenías preparados los sanguchitos de criollitas con paté, porque las pibas llevaban la comida y los pibes la bebida y el long play de colores de Alta Tensión. Para mayor conmoción, justo iba el chaboncito que te gustaba! Te abrazás a la almohada para llorar tres días y no ir al asalto, aduciendo síndrome premenstrual agravado con peritonitis aguda y caspa.

Ahora volvamos, per saltum, a nuestros casi sesenta y… ma qué granitos! Estrenamos unas protuberancias rubicundas e insolentes llamadas verrugas. Crónicas, llegaron para quedarse, no te abandonarán jamás, sugiero encariñarse. Cambian de forma de tamaño de color, y las más osadas emiten pelos. Tienen vida propia, familia y obra social, son ingobernables. Además, a esta insurrección hay que sumar los ramilletes de arrugas, las manchas policromáticas y los pelos hirsutos que nacen donde antes no. Y lo que me pasa con toda esta tragedia facial, es que me chupa un contenedor marítimo lleno de huevos.

Aclaro que los pelos me los quito desde que percibí que la gente que saludaba con un beso, se alejaba tocándose la cara con gesto de dolor por el pinchazo. Soy una casisesentona empática. Dejamos de ser un choclo con patas para convertirnos en un cactus con ojos y la pinza de depilar se convierte en un elemento de extrema necesidad. Mis amigas prometieron pasarme la bordeadora el día que ya no pueda con la faena.

Todavía podemos agregar un poco más de dramatismo a la región. Un día te levantás con “algo” que siempre estuvo guardado en la caja craneal, y que sin aviso se desprendió como los hielos del Perito Moreno para quedar colgando debajo de tu cara, otorgándole un marco que nadie pidió. De repente sos una iguana estrenando un voladito flácido pero juguetón con nombre fofo: Papada. La población masculina tiene la ventaja de poder elegir barba tupida y larga para simular el estropicio.

Para las que todavía no nos animamos a la barba frondosa, existe una solución poco convencional pero muy económica para domar el desprendimiento. Cinta adhesiva ancha de embalar. Un hogar que se precie de tal cuenta con un rollo siempre, si es transparente, mejor. Cortás unos cuarenta centímetros más o menos, levantás el voladito haciendo presión con el trozo de cinta, luego pegás los extremos bien tirantes detrás de las orejas y los simulás con mechones de pelo, si aún te quedan. Puede andar. Me lo contó una amiga. (Pero es más fácil y digno que techupeunhuevo)

Más botones de muestra en futuras entregas. Porque el chupahuevismo en sangre tiene tremenda onda expansiva y múltiples efectos colaterales. De todas formas, no me den mucho crédito porque lo mío creo que es sobredosis.

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