Los Viejos y las Aplicaciones

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Fogosos son los fogones

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LOS VIEJOS Y LAS APLICACIONES

Por Lidia Poggio

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Los viejos y las aplicaciones Humor a la Wargon

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Con mi edad avanzada y mi dificultad para caminar, cualquier salida -al médico, a un cumpleaños o a una cita pornográfica- sólo puede ser en remis. Fue por eso que caí en manos de Los Remiseros de mi Barrio, unos insensibles transportadores de humanos  que gozan diciéndome “uyy qué pena que no llamó antes” cuando no pido auto con suficiente antelación, se ofenden si mi recorrido es “corto” porque “no les rinde” y se quedan sin gas o les da diarrea justo cuando los espero -en mis días peores- agarrada al andador en la puerta de mi casa.

Ante tanta desidia decidí que tenía que animarme a usar la famosa aplicación para solicitar transporte, el Uber. Una amiga me la descargó en mi teléfono con la consabida expresión… es una pavada usarla ¡pero nunca me animé hasta ayer!.  

Anoche, después de otro desplante por parte de la agencia que llamo habitualmente decidí probar cómo era esa aplicación que me sonreía en mi teléfono desde hace seis meses. Probemos, me dije, si logré un premio Konex y una elevada posición como investigadora no puedo temerle a esta aplicación. Olvidé lo torpe que soy con la tecnología  y que las cosas que son un juego de niños para el resto de los  mortales para mí son tan difíciles como hacer el repulgue de una empanada o pelar una papa sin rebanarme el dedo.

Pero quise probar, así que  abrí la aplicación y me encuentro con la pregunta: ¿de dónde sale? Muy segura puse la dirección de mi casa. ¿Adónde se dirige? Elegí la dirección habitual de mis médicos. ¿Cómo abona? Efectivo puse yo cada vez más entusiasmada y orgullosa de mi pericia. ¿Costo del viaje? ¡Aleluya! Mucho más barato que los remiseros de mi barrio. De esa manera averigüé cuánto me salía viajar a cada uno de mis destinos habituales. Comprobé que estos viajes eran mucho más económicos que  los despiadados remiseros  de mi barrio y me  acosté orgullosa  de mi pericia, dispuesta a emprender una nueva vida.

De pronto me aparece un cartel en el celular … José está a tres minutos y va a recogerla.. Diego está a ocho cuadras, Miguel se aproxima desde Munro,  Luis está a cinco cuadras.  Empecé a escribir mensajes desesperada diciendo ¡no viajo, no viajo! Pero los mensajes seguían apareciendo y un mapa lleno de autitos amenazadores se aproximaban a mi casa …  los mensajes me atosigaban… no podía parar la vorágine de viajes que había desatado. No supe qué botón tocar y me paralicé.  Me asusté y apague el teléfono, las luces de mi casa y espié por la ventana. Frente a mi casa había cuatro coches esperando y yo aterrada. Al día siguiente intenté viajar y me aparece un cartel: Usted debe $15000 por viajes no cancelados. Quise hablar con un humano para explicarles, pero ya no existen humanos en estas aplicaciones.  Ahora no salgo de mi casa, tengo miedo que estén Luis, Diego y los demás agazapados esperándome. Puse mi casa en venta y sólo salgo de noche con capucha y barbijo. No entiendo como  aun no aprendí que estas cosas no son para mí, el dedo que perdí en la licuadora, el gato que sequé en el secarropas y enterré abajo del limonero, el loro que terminó en la bolsa de la aspiradora y el accidente del finado cuando me dijo que baje el interruptor de la térmica y yo la subí … bueno, eso no fue torpeza, fue sordera.

 



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