La Fe de Nuestros Padres

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LA FE DE NUESTROS PADRES

Por Philip Dick

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La Fe de Nuestros Padres Humor a la Wargon X

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En las calles de Hanoi se topó con un vendedor ambulante sin piernas que conducía un carrito de madera y se dirigía con gritos estridentes a todos los peatones. Chien aminoró la marcha para oír lo que decía, pero no se detuvo; los asuntos del Ministerio de Artefactos Culturales ocupaban su mente y lo distraían; era como si estuviera solo, como si todos los transeúntes que circulaban en bicicletas, scooters y turbomotos no existieran. Y como si el vendedor sin piernas tampoco existiera.

—Camarada —insistió el vendedor, persiguiéndolo en su carrito; una batería de helio impulsaba el motor, proporcionándole una gran velocidad—. Poseo una amplia variedad de remedios tradicionales a base de hierbas, con la garantía de miles de usuarios fieles. Cuéntame tu dolencia y te podré ayudar.

—No tengo ninguna dolencia —dijo Chien.

«Salvo —pensó—, la enfermedad crónica de los empleados del Comité Central, la del oportunismo arribista que tantea constantemente las puertas de cada puesto oficial. Incluido el mío.»

—Por ejemplo, puedo curar la radiotoxemia —entonó el vendedor sin detenerse—. O aumentar, si es necesario, el elemento de la potencia sexual. Puedo revertir las manifestaciones carcinomatosas, incluso los temidos melanomas, lo que llaman cáncer negro. —Alzando una bandeja de frascos, pequeñas latas de aluminio y polvos diversos en recipientes de plástico, el vendedor canturreó—: Si un rival insiste en tratar de usurpar tu rentable puesto burocrático, puedo suministrar un ungüento que, bajo la apariencia de un bálsamo dérmico, es en realidad una toxina de letales efectos. Mis precios son bajos, camarada. Y como favor especial para alguien de porte tan distinguido como el tuyo, aceptaré los inflacionarios dólares de papel de posguerra, que presuntamente gozan de cotización internacional pero que, en realidad, no valen más que el papel higiénico.

—Vete al infierno —dijo Chien, y llamó a un aerotaxi que pasaba. Llevaba tres minutos y medio de retraso para su primera cita del día, y sus fofos superiores del Ministerio ya estarían haciendo rápidos cálculos mentales. Y más aún sus subalternos.

—Pero camarada, debes comprarme —murmuró el vendedor.

—¿Por qué? —preguntó Chien con indignación.

—Porque soy veterano de guerra, camarada. Luché contra los imperialistas en la Colosal Guerra Final de Liberación Nacional, con el Frente Unido Democrático Popular. Perdí mis extremidades inferiores en la batalla de San Francisco. —Y añadió con voz triunfal y satisfecha—: Es la ley. Si te niegas a comprar mercancías ofrecidas por un veterano, te arriesgas a una multa y una posible condena de prisión… además de la vergüenza.

Con cara de cansancio, Chien indicó al aerotaxi que pasara de largo.

—Es verdad —dijo—. Debo comprarte.

Echó una rápida ojeada a la modesta exhibición de remedios a base de hierbas, buscando uno al azar. Señaló un paquete de papel en la última hilera.

El vendedor ambulante rió.

—Eso, camarada, es un espermicida. Lo compran las mujeres que, por razones políticas, no tienen derecho a la píldora. Pero sería de escasa utilidad para ti, pues tú eres un caballero.

—La ley no exige que te compre nada útil —rezongó Chien—, sólo que te compre algo. Me llevaré esto.

Hurgó en su abrigo acolchado en busca de su billetera, abultada con los billetes inflacionarios de posguerra que, cuatro veces por semana, recibía como funcionario oficial.

—Cuéntame tus problemas —dijo el vendedor.

Chien lo miró de hito en hito, pasmado por esta invasión de su intimidad, realizada por alguien ajeno al gobierno.

—De acuerdo, camarada —dijo el vendedor, viendo su expresión—. No me inmiscuiré. Excúsame. Pero como médico, como sanador, es conveniente que yo sepa todo lo posible. —Reflexionó, arrugando sus consumidos rasgos—. ¿Miras demasiada televisión? —preguntó de pronto.

—Todas las noches —dijo Chien, cogido por sorpresa—. Salvo los viernes, cuando voy a mi club para practicar un esotérico arte importado del derrotado Occidente, el enlazado de novillos.

Era el único placer que se permitía. Por lo demás, se consagraba totalmente a las actividades del Partido. El vendedor escogió un paquete de papel gris.

—Sesenta dólares comerciales —dijo—. Con garantía plena. Si no surte el efecto prometido, me devuelves lo que no has usado y obtienes un reembolso total y amistoso.

—¿Y qué efecto tiene? —preguntó Chien con voz cortante.

—Descansa los ojos fatigados por la visión de discursos oficiales sin sentido. Un sedante; tómalo cuando te encuentres expuesto a los duros y prolongados sermones que…

Chien pagó lo solicitado, cogió el paquete y se alejó.

«Pamplinas —pensó—. Esa ordenanza que transforma a los veteranos de guerra en clase privilegiada es una estafa. Acosan a los más jóvenes como velocirraptores.»

El paquete gris quedó olvidado en el bolsillo de su abrigo cuando Chien entró en el imponente edificio de posguerra del Ministerio de Artefactos Culturales, y en su imponente oficina, para iniciar su día de trabajo.

Un hombre blanco, corpulento y maduro, que usaba un traje pardo de seda de Hong Kong, cruzado y con chaleco, esperaba en su oficina. Junto al desconocido estaba su superior, Tso-pin. Tso-pin hizo las presentaciones en cantonés, un dialecto que pronunciaba mal.

—Tung Chien, le presento a Darius Pethel. El señor Pethel será el director del nuevo establecimiento ideológico y cultural de carácter didáctico que pronto inauguraremos en San Fernando, California. El señor Pethel ha consagrado una vida plena e intensa a respaldar la lucha del pueblo contra los países del bloque imperialista mediante métodos pedagógicos. De ahí su alto cargo.

Se estrecharon la mano.

—¿Té? —ofreció Chien. Presionó el interruptor de su hibachi a infrarrojos y el agua de su ornamentado cuenco japonés de cerámica comenzó a burbujear de inmediato. Mientras se sentaba al escritorio, vio que la eficiente señorita Hsi le había dejado un informe confidencial sobre el camarada Pethel. Le echó un vistazo, fingiendo que no hacía nada de particular.

—El Benefactor Absoluto del Pueblo —dijo Tso-pin— se ha reunido personalmente con el señor Pethel y confía en él. Esto es excepcional. La escuela de San Fernando aparentará enseñar filosofía taoísta, pero en realidad constituirá un canal de comunicación con el segmento juvenil liberal e intelectual del oeste de Estados Unidos. Muchos de ellos han sobrevivido, de San Diego a Sacramento. Por lo menos diez mil, según nuestras estimaciones. La escuela aceptará dos mil. La inscripción será obligatoria para aquellos que sean escogidos.

La relación de usted con la programación del señor Pethel es fundamental. Ejem —se interrumpió—, el agua del té está hirviendo.

—Gracias —murmuró Chien, echando el saquito de té Lipton.

—Aunque el señor Pethel supervisará la configuración de los cursos de instrucción que la escuela impartirá a su cuerpo estudiantil —continuó Tso-pin—, todos los exámenes se le remitirán a usted para un experto y atento estudio ideológico. En otras palabras. Chien, usted determinará quién es fiable de entre los dos mil estudiantes, quiénes responden realmente a la programación y quiénes no.

—Serviré el té —dijo Chien, y lo hizo ceremoniosamente.

—Lo que debemos comprender —pontificó Pethel en un cantonés aún peor que el de Tso-pin— es que la juventud de Estados Unidos, una vez derrotada en su guerra global contra nosotros, ha desarrollado un gran talento para simular.

Dijo la última palabra en inglés. Chien no la entendió y miró inquisitivamente a su superior.

—Mentir —explicó Tso-pin.

—Repiten las consignas por pura apariencia, pero en su interior las creen falsas —dijo Pethel—. Los exámenes de este grupo se parecerán a los de auténticos…

—¿Me está diciendo que los exámenes de dos mil estudiantes pasarán por mi oficina? —interrumpió Chien. No podía creerlo—. Es una tarea descomunal. No tengo tiempo para nada semejante. —Estaba pasmado—. Para dar una aprobación o negación crítica y oficial tan exhaustiva como la que usted reclama…

—Tonterías —le espetó Pethel en inglés.

Tso-pin pestañeó ante esa vulgaridad occidental.

—Usted tiene personal —dijo—. Además puede utilizar varias personas más de la planta. El presupuesto del Ministerio, incrementado este año, se lo permitirá. Y recuerde: el Benefactor Absoluto del Pueblo ha escogido personalmente al señor Pethel.

El tono, ominoso pero sutil, estaba destinado a vencer la histeria de Chien y transformarla en sumisión. Al menos por el momento. Para enfatizar su exhortación, Tso-pin caminó hacia el otro extremo de la oficina y se detuvo ante el retrato tridimensional del Benefactor Absoluto. Al cabo de un momento, su proximidad activó la cinta que había detrás del retrato. El rostro del Benefactor Absoluto se movió, y su conocida voz recitó una famosa homilía.

«Luchad por la paz, hijos míos», declamó con suavidad y firmeza.

—Ha —respondió Chien, ocultando su turbación.

Quizás uno de los ordenadores del Ministerio pudiera clasificar los exámenes; se podía utilizar una estructura sí-no-quizá, en conjunción con un preanálisis del patrón de corrección (e incorrección) ideológica. La tarea se podía convertir en algo rutinario. Quizá.

—Tengo conmigo un material que me gustaría que usted examinara, señor Chien —dijo Darius Pethel. Abrió un feo y anticuado maletín de plástico—. Dos ensayos presentados en un examen —confirmó mientras le pasaba los documentos a Chien—. Esto nos indicará si usted es adecuado para este trabajo. —Miró de soslayo a Tso-pin. Sus miradas se cruzaron—. Entiendo que si usted tiene éxito en este proyecto lo nombrarán viceconsejero del Ministerio, y Su Grandeza, el Benefactor Absoluto del Pueblo, le otorgará personalmente la medalla de Kisterigian.

Él y Tso-pin sonrieron cautamente.

—La medalla de Kisterigian —repitió Chien. Aceptó los exámenes y los miró haciendo ostentación de una perezosa indiferencia. Pero en su corazón vibraba una mal disimulada tensión—. ¿Por qué estos dos? Es decir, ¿qué debo buscar?

—Uno de ellos —dijo Pethel— es obra de un progresista dedicado, un leal miembro del partido cuya fidelidad está totalmente corroborada. El otro pertenece a un joven stilyagi sospechoso de tener criptoideas degeneradas, pequeñoburguesas e imperialistas. A usted le corresponde determinar quién es quién.

«Muchas gracias», pensó Chien. Pero asintió y leyó el título del primer examen.

DOCTRINAS DEL BENEFACTOR ABSOLUTO

ANTICIPADAS EN LA POESÍA DE BAHA AD-DIN ZUHAYR,

DE LA ARABIA DEL SIGLO XIII

Al mirar las primeras páginas, Chien vio una cuarteta conocida. Se llamaba La muerte y Chien estaba familiarizado con ella.

Puede errar un par de veces;

sólo escoge una de muchas horas.

No ve valles ni colinas,

sólo una llana planicie donde recoge flores.

—Un poema con fuerza —dijo Chien.

—Él utiliza el poema —dijo Pethel, observando el movimiento de labios de Chien mientras releía la cuarteta— para referirse al sabio y tradicional aserto, manifestado por el Benefactor Absoluto en nuestra vida actual, de que nadie está a salvo. Todos somos mortales, y sólo sobrevive la causa suprapersonal, históricamente esencial. Como debe ser. ¿Usted coincide con este estudiante? O… —Pethel hizo una pausa—. ¿Acaso estará satirizando las proclamas del Benefactor Absoluto?

—Permítame revisar el otro examen —dijo Chien con cautela.

—No necesita más información. Decida.

Chien titubeó.

—Pero nunca pensé en el poema de esta manera —dijo con irritación—. De todos modos, no es de Baha ad-Din Zuhayr; forma parte de la antología de las Mil y Una Noches. Sin embargo, admito que es del siglo XIII.

Leyó rápidamente el texto que acompañaba el poema. Parecía ser un refrito rutinario de los clichés del Partido, que él conocía desde la cuna. El ciego monstruo imperialista que crecía para someter (metáfora confusa) la aspiración humana, las especulaciones de los enemigos del Partido que sobrevivían en el este de Estados Unidos… Se sentía aburrido, tan poco inspirado como ese examen. Debemos perseverar, declaraba el ensayo. Eliminar los baluartes del Pentágono que sobreviven en las montañas Catskill, someter Tennessee, y sobre todo, el reducto de enconados reaccionarios de las rojas colinas de Oklahoma. Suspiró.

—Creo —dijo Tso-pin— que debemos conceder al señor Chien la oportunidad de estudiar este espinoso asunto con mayor tranquilidad. Chien, tiene autorización para llevarlos a su casa esta noche y estudiarlos en su tiempo libre.

Hizo una reverencia, a medias burlona, a medias solícita. En todo caso, aunque fuera un insulto, había sacado a Chien del atolladero, y Chien se lo agradecía.

—Es usted muy amable —murmuró— al permitirme realizar esta nueva y estimulante tarea en mi tiempo libre. Mikoyan lo aprobaría.

«Canallas —pensó. Tanto su superior como Pethel—. Arrojarme una patata caliente como ésta, y en mi tiempo libre. Obviamente el PC de Estados Unidos está en apuros. Sus academias de adoctrinamiento no logran convencer a los excéntricos y tozudos jóvenes yanquis. Y se han ido pasando la patata caliente hasta que llegó a mí. Gracias por nada», pensó con rencor.

Esa noche, en su pequeño pero bien situado apartamento, leyó el otro examen, perteneciente a una tal Marion Culper, y descubrió que también trataba sobre un poema. Obviamente esto formaba parte de un curso de poesía, y no le gustó. Siempre le había molestado el uso de la poesía —o de cualquier arte— con propósitos sociales. De todos modos, repantigado en su mecedora de imitación de cuero, que mantenía erguida la columna vertebral, encendió un inmenso puro Cuesta Rey Number One English Market y se puso a leer.

La señorita Culper, autora del ensayo, había escogido como texto un fragmento de un poema de John Dryden, el autor inglés del siglo XVII, los últimos versos de la célebre Canción para el Día de Santa Cecilia.

Así, cuando la última y espantosa hora

devore el decrépito espectáculo,

la trompeta se oirá en lo alto:

los muertos vivirán, los vivos morirán,

y la música hará que el cielo desafine.

«Qué barbaridad —pensó Chien ácidamente—. ¿Debemos creer que Dryden anticipó la caída del capitalismo? ¿A eso se refería con el “decrépito espectáculo”? Cielos.» Se inclinó para coger su puro y descubrió que se había apagado. Hurgó en sus bolsillos, buscando el encendedor japonés. De pronto, el televisor lanzó un pitido desde el extremo del salón.

«Ajá —pensó Chien—. El Líder va a dirigimos la palabra. El Benefactor Absoluto del Pueblo, desde Pekín, donde vive desde hace noventa años. ¿O son cien? O, como a veces lo llamamos, el Asno…»

«Que diez mil capullos de abyecta pobreza voluntaria florezcan en vuestro patio espiritual», dijo el locutor.

Con un gruñido, Chien se levantó e hizo la reverencia obligatoria de respuesta. Cada televisor estaba equipado con dispositivos de monitorización para confirmar a la Polseg, la Policía de Seguridad, que el dueño hacía la reverencia y miraba el programa.

En la pantalla apareció un rostro claramente definido, los anchos, saludables y lozanos rasgos del Líder del PC Oriente, hombre de ciento veinte años que gobernaba sobre muchos hombres. «Demasiados», pensó Chien. «Al cuerno contigo», se dijo, y se instaló de nuevo en su mecedora, delante de la pantalla.

«Mis pensamientos —dijo el Benefactor Absoluto con voz matizada y lenta— están con vosotros, hijos míos. Sobre todo con Tung Chien de Hanoi, que se enfrenta a una dificultosa labor, una labor que enriquecerá al pueblo del Oriente Democrático, y también a la costa Oeste de Estados Unidos. Debemos pensar al unísono en este hombre noble y dedicado y en la tarea a la que se enfrenta. He decidido tomar algunos instantes de mi tiempo para honrarle y alentarle. ¿Estás escuchando, Chien?»

—Sí, Su Grandeza —dijo Chien, y se preguntó cuántas probabilidades había de que el Líder del Partido lo hubiera escogido a él esa noche en especial. La respuesta le hizo sentir un cinismo indigno de un camarada. No era convincente. Quizás esta transmisión se enviara sólo a su edificio, o a esta ciudad. O quizá fuera una sincronización labial hecha en Hanoi TV. En todo caso debía escuchar, observar y asimilar. Lo hizo, siguiendo la práctica de toda una vida. Por fuera parecía rígidamente atento. Por dentro aún pensaba en los dos exámenes, preguntándose cuál era cuál. ¿Dónde terminaba el devoto entusiasmo partidario y dónde comenzaba el sarcasmo? Costaba diferenciarlo…, lo cual explicaba por qué le habían endilgado ese trabajo.

De nuevo buscó su encendedor en los bolsillos. Encontró el sobrecito gris que le había vendido el veterano de guerra. «Cielos», pensó, recordando cuánto le había costado. Dinero tirado. ¿Y para qué servía este remedio? Nada. Dio la vuelta al sobre y en el dorso vio un pequeño texto impreso. «Bien», pensó, y comenzó a abrirlo con cuidado. Las palabras habían llamado su atención pues ése era su propósito.

¿Fallas como miembro del Partido y como humano?

¿Temes volverte obsoleto y ser arrojado

a la pila de cenizas de la historia por…?

Leyó el texto deprisa, sin prestarle demasiada atención, tratando de averiguar qué había comprado. Entretanto el Benefactor Absoluto seguía con su cháchara.

Rapé. El paquete contenía rapé. Finísimos gránulos negros como pólvora cuyo atractivo aroma le cosquilleaba en la nariz. Esta mezcla, descubrió, se llamaba Princes Special y era muy agradable. En una época había probado rapé, ya que durante un tiempo se había prohibido fumar tabaco, por razones de salud, cuando estudiaba en la Universidad de Pekín. Estaba de moda, sobre todo las mezclas amatorias preparadas en Chung-king, hechas de quién sabía qué. ¿Esto era lo mismo? Cualquier sustancia aromática podía añadirse al rapé, desde una esencia hasta cangrejo pulverizado; al menos así lo parecía, sobre todo una mezcla inglesa llamada High Dry Toast, la cual había bastado para terminar con sus deseos de inhalar tabaco.

En la pantalla, el Benefactor Absoluto peroraba monótonamente mientras Chien olía ese polvo y leía la descripción: lo curaba todo, desde llegar tarde al trabajo, hasta enamorarse de una mujer de ideas políticas dudosas. Interesante. Pero típico de la publicidad. Llamaron a la puerta.

Se levantó, fue hasta la puerta y la abrió con pleno conocimiento de lo que encontraría. Allí estaba Mou Kuei, el menudo guardián del edificio, con sus ojos duros, siempre alerta. Se había puesto el brazalete y el casco de metal, demostrando que esto iba en serio.

—Camarada trabajador Chien, recibí una llamada de las autoridades televisivas. Usted no mira su pantalla de televisión y en cambio manipula un paquete de contenido dudoso. —Extrajo un formulario y un lapicero—. Dos marcas rojas; ahora se le ordena sumariamente adoptar una postura cómoda y relajada ante la pantalla para brindar al Líder toda su atención. Sus palabras, esta noche, van dirigidas particularmente a usted, camarada, a usted.

—Lo dudo —refunfuñó Chien.

—¿Qué quiere decir? —dijo Kuei, pestañeando.

—El Líder gobierna a ocho mil millones de camaradas. No va a escogerme a mí.

Estaba furibundo. La precisión de la reprimenda del guardián lo irritaba.

—Pero lo oí claramente con mis propios oídos —dijo Kuei—. Usted fue mencionado.

Chien fue hasta el televisor y subió el volumen.

—Pero ahora está hablando de los fracasos en la India Popular. Eso no es relevante para mí.

—¡Todo lo que declara el Líder es relevante! —Mou Kuei trazó una nueva marca en el formulario, se inclinó formalmente y se alejó—. Vine aquí a reprocharle su indolencia porque me llamaron de la Central. Obviamente ellos consideran que su atención es importante. Debo ordenarle que active su circuito de grabación automática de transmisiones y reproduzca los fragmentos anteriores del discurso del Líder.

Chien le hizo una pedorreta y cerró la puerta.

«De vuelta al televisor —pensó—. Al lugar donde pasamos nuestras horas de ocio.» Y allí estaban los dos exámenes. Esto también lo agobiaba. «Y en mi tiempo libre —pensó airadamente—. Al cuerno con ellos. Que se pudran.» Caminó hacia el televisor, dispuesto a apagarlo. Una luz roja de advertencia le informó que no tenía permiso para apagar el televisor. No podía deshacerse de ese discurso ni de esa imagen, ni siquiera si lo desenchufaba. «Los discursos obligatorios —pensó— nos matarán, nos enterrarán; si pudiera estar libre del ruido de los discursos, libre de la algarabía del Partido, que ladra mientras persigue a la humanidad…»

Pero ninguna ordenanza conocida le impedía consumir rapé mientras miraba al Líder. Abrió el paquete gris y descargó un montículo de gránulos negros en el dorso de su mano izquierda. Luego, con experiencia, se llevó la mano a las fosas nasales y aspiró, introduciendo el rapé en la nariz. «Imagina esa vieja superstición —pensó—. Que las cavidades nasales están conectadas con el cerebro, y por ende una inhalación afecta directamente al córtex cerebral.» Sonrió, volvió a sentarse, fijó la mirada en la pantalla y el individuo gesticulante que todos conocían tan bien.

El rostro se encogió y desapareció, al igual que el sonido. Tenía delante un vacío. La pantalla estaba en blanco y el altavoz emitía un tenue susurro.

«El maldito rapé», pensó. Inhaló ávidamente el resto del polvo que tenía en la mano, introduciéndolo en las cavidades nasales y en el cerebro, o al menos tuvo esa sensación. Hundió la nariz en el rapé, absorbiéndolo con euforia.

La pantalla permaneció en blanco hasta que paulatinamente se formó y se consolidó otra imagen. No era el Líder. No era el Benefactor Absoluto del Pueblo, ni siquiera era un rostro humano.

Era una construcción mecánica, hecha de circuitos de transistores, con seudópodos ondulantes, lentes y altavoz. El altavoz empezó a arengarlo con un zumbido estrepitoso.

Miró fijamente. «¿Qué es esto? —se preguntó—. ¿Realidad? No, alucinación. El vendedor ambulante encontró algunas drogas psicodélicas usadas durante la Guerra de Liberación. Está vendiendo esa mercancía y yo he tomado un poco, no, he tomado mucho.»

Fue a trompicones hasta el videófono, marcó el número de la división de Polseg más cercana al edificio.

—Deseo denunciar a un traficante de drogas alucinógenas —dijo.

—Su nombre, camarada, y su dirección —respondió un eficiente, atento e impersonal burócrata de la policía.

Dio la información y regresó tambaleándose a la mecedora de imitación de cuero, para presenciar nuevamente la aparición que había en la pantalla de televisión. «Esto es letal —pensó—. Debe de ser algún preparado desarrollado en Washington o Londres… mucho más fuerte y extraño que el LSD-25 que arrojaron con tan buenos resultados en nuestros tanques de agua. Y pensé que me libraría del peso de los discursos del Líder…, esto es mucho peor, esta monstruosidad electrónica de plástico y metal que gira y escupe y parlotea. Esto es aterrador.

»Tener que enfrentarme a ello el resto de mi vida…»

Los dos agentes de Polseg tardaron diez minutos en llamar a la puerta. Para entonces, la imagen del Líder había regresado gradualmente a la pantalla, reemplazando a esa espantosa construcción artificial que agitaba sus seudópodos y hablaba sin cesar. Recibió a los dos policías, y temblando los condujo a la mesa donde había dejado el resto del rapé.

—Una toxina psicodélica —masculló—. De escasa duración. La corriente sanguínea la absorbe directamente a través de los capilares nasales. Les diré dónde la conseguí, quién me la dio, todo eso.

Aspiró profundamente. La presencia de la policía era reconfortante.

Los agentes esperaron con los lapiceros preparados. En el trasfondo, el Líder seguía con su discurso incesante. Como lo había hecho mil noches antes en la vida de Tung Chien. «Pero nunca será igual —pensó—, no para mí. No después de inhalar ese rapé casi tóxico.» ¿Eso era lo que ellos querían?

Qué raro, pensar en ellos. Raro, pero acertado. Titubeó al dar los detalles. Pensó en escatimar información, para que la policía no encontrara a ese sujeto.

—Un vendedor ambulante —empezó a decir—. No sé dónde, no recuerdo.

Pero recordaba. Recordaba la intersección exacta. Al fin, con inexplicable mala gana, se lo dijo todo.

—Gracias, camarada Chien. —El jefe del equipo de policía recogió el resto del rapé, del que quedaba la mayor parte, y lo guardó en el bolsillo de su pulcro y planchado uniforme—. Lo haremos analizar cuanto antes y le informaremos de inmediato si se requieren precauciones médicas. Algunas de esas sustancias psicodélicas de la guerra terminaban por ser fatales, como sin duda habrá leído.

—Lo he leído —convino. Había pensado específicamente en eso.

—Buena suerte y gracias por avisarnos —dijeron ambos policías al marcharse. A pesar de su eficiencia, el asunto no pareció inquietarlos. Era evidente que se trataba de una denuncia rutinaria.

El informe del laboratorio llegó pronto, asombrosamente pronto, dada la vasta burocracia estatal. Le llegó por videófono, antes de que el Líder hubiera terminado su discurso.

—No es alucinógeno —le informó el técnico de Polseg.

—¿No? —preguntó él, intrigado. Curiosamente, no sintió el menor alivio. En absoluto.

—Al contrario. Es una fenotiacina, que como sin duda usted sabe es antialucinógena. Una alta concentración por gramo de mezcla, pero inofensiva. Puede bajar la presión sanguínea o provocar somnolencia. Probablemente robada de un almacén de suministros médicos de la guerra, abandonado por los bárbaros en retirada. Yo no me preocuparía.

Chien colgó el videófono lentamente. Se acercó hasta la ventana de su apartamento —una bonita vista de otros rascacielos de Hanoi— para pensar.

Sonó el timbre de la puerta. Como en trance, cruzó el salón enmoquetado para abrir. Había una muchacha con un impermeable color tostado y un pañuelo sobre el cabello oscuro, lustroso y largo.

—¿Camarada Chien? —preguntó con voz tímida—. ¿Tung Chien, del Ministerio…?

Él la dejó entrar con cautela y cerró la puerta.

—Usted ha monitorizado mi videófono —le dijo. Era sólo una sospecha, pero algo le decía que no se equivocaba.

—¿Se llevaron el resto del rapé? —La muchacha miró a su alrededor—. Oh, espero que no. Hoy en día es difícil de conseguir.

—El rapé es fácil de conseguir —dijo él—. La fenotiacina no. ¿A eso se refiere?

La muchacha alzó la cabeza y lo estudió con sus enormes ojos oscuros.

—Sí, señor Chien… —Ella parecía insegura, todo lo contrario de los agentes de Polseg—. Cuénteme lo que vio. Para nosotros es muy importante confirmarlo.

—¿Tuve alguna opción? —preguntó él con sorna.

—Sí, en efecto. Eso es lo que nos confunde. No salió como habíamos planeado. No lo entendemos. No concuerda con ninguna teoría. —Con ojos aún más oscuros e interrogantes, dijo—: ¿Era esa forma espantosa y acuática? ¿Esa cosa viscosa y dentuda, la criatura extraterrestre? Por favor, dígamelo. ¡Tenemos que saberlo!

Respiraba agriadamente, con esfuerzo, y el impermeable tostado subía y bajaba. Él se sorprendió al observar ese ritmo.

—Una máquina —dijo.

—Ah. —Ella asintió vigorosamente—. Sí, entiendo. Un organismo mecánico que en nada se parece a un humano. No una imitación, ni algo construido para parecerse a un hombre.

—Eso no se parecía a un hombre.

«Ni siquiera intentaba hablar como un hombre», pensó.

—Usted entiende que no era una alucinación.

—Se me informó oficialmente que tomé fenotiacina. Es todo lo que sé —respondió Chien con parquedad. No quería hablar sino oír. Oír lo que esa muchacha podía decirle.

—Bien, señor Chien… —Ella inhaló profunda e irregularmente—. Si no era una alucinación, ¿qué era? ¿Qué nos queda? ¿Aquello que llaman extraconciencia? ¿Podría ser eso?

Él no respondió. Dándole la espalda, recogió con desgana los dos exámenes y les echó un vistazo, sin hacerle caso; esperando el próximo intento.

Ella olía a lluvia de primavera, a dulzura y agitación. Había belleza en su olor y su aspecto. «Y en sus palabras —pensó—. Tan diferente de los envarados discursos que oímos por televisión, que vengo oyendo desde mi infancia.»

—Al ingerir estelacina —dijo jadeante—, algunos ven una aparición, otros ven otra. Usted ingirió estelacina, señor Chien. Sin embargo, existen diferencias claras, no hay una variedad infinita. Algunos ven lo que usted vio; lo llamamos el Chirriante. Otros ven un horror acuático, el Borbollón. Y luego está el Ave, y el Tubo Trepador y… —se interrumpió—. Existen otras reacciones que son poco reveladoras; para nosotros, al menos. —Continuó, titubeante—. En cuanto a lo que le ha sucedido, señor Chien, nos gustaría que se uniera al grupo de los que ven lo que usted ve. El Grupo Rojo. Queremos saber qué es realmente y… —Gesticuló con sus dedos largos y suaves—. No puede ser todas esas manifestaciones.

Su tono era candorosamente apremiante. Chien se relajó un poco.

—¿Usted qué ve? —le preguntó.

—Formo parte del Grupo Amarillo. Yo veo una tormenta. Un torbellino ululante y tenaz. Lo arranca todo de cuajo, aplasta apartamentos construidos para durar un siglo. —Sonrió vagamente—. El Triturador. Doce grupos en total, señor Chien. Doce experimentos totalmente distintos, todos con las mismas fenotiacinas, todas con el Líder hablando por televisión. Mejor dicho, esa cosa.

Le sonrió. Tenía las pestañas largas, quizás alargadas artificialmente, y una mirada seductora, incluso confiada. Como si pensara que él sabía algo o podía hacer algo.

—Mi deber de ciudadano es denunciarla —dijo al fin.

—No hay ley sobre esto. Estudiamos documentos judiciales soviéticos antes de encontrar gente para distribuir la estelacina. No tenemos mucha. Debemos distribuirla con mucho cuidado. Usted nos parecía una buena opción… un joven burócrata de posguerra en ascenso. —Cogió los exámenes que él tenía en la mano—. ¿Le han pedido una pol-lectura?

—¿Pol-lectura? —No conocía el término.

—Estudiar algo que se ha dicho o escrito para ver si coincide con el actual punto de vista del Partido. La gente de su nivel lo llama lectura, ¿verdad? —De nuevo sonrió—. Cuando ascienda un paso más, con el señor Tso-pin, conocerá esa expresión. —Y añadió sombríamente—: Y con el señor Pethel. Él también está muy arriba. Señor Chien, no hay escuela ideológica en San Fernando. Estos exámenes son falsos y están diseñados para que ellos puedan realizar un análisis exhaustivo de su ideología política, señor Chien. ¿Ha podido distinguir cuál de ellos es el ortodoxo y cuál el herético? —Hablaba con voz de duendecillo pícaro—. Si elige mal, su incipiente carrera quedará frenada. Si elige bien…

—¿Usted sabe cuál es cuál?

—Sí. Tenemos dispositivos de escucha en las oficinas de Tso-pin. Monitorizamos su conversación con el señor Pethel, que no es el señor Pethel sino el inspector Judd Craine de Polseg. Quizás haya oído hablar de él. Actuó como asistente principal del juez Vorlawsky en el juicio por crímenes de guerra de Zúrich, en el 98.

—Entiendo —dijo Chien con dificultad.

Eso lo explicaba todo.

—Mi nombre es Tanya Lee —dijo la muchacha.

Él no dijo nada. Se limitó a asentir, demasiado pasmado para pensar.

—Técnicamente, soy una empleada menor de su Ministerio —dijo la señorita Lee—. Sin embargo, usted jamás se ha topado conmigo, que yo recuerde. Tratamos de obtener puestos donde sea posible. Tan alto como sea posible. Mi jefe…

—¿Es prudente que me cuente esto? —Chien señaló el televisor, que seguía encendido—. ¿No estarán vigilando?

—Hemos introducido un factor ruido en la salida de vídeo y audio de este edificio. Tardarán casi una hora en localizar la interferencia. Así que tenemos… —Echó un vistazo al reloj que llevaba en la delgada muñeca—. Quince minutos más. Todavía estamos seguros.

—Dígame qué examen es el ortodoxo.

—¿Eso es todo lo que le importa? ¿De veras?

—¿Qué otra cosa debería importarme?

—¿No lo entiende, señor Chien? Usted ha descubierto algo. El Líder no es el Líder. Es otra cosa, pero aún no sabemos qué. Señor Chien, con el debido respeto, ¿alguna vez hizo analizar el agua que bebe? Sé que parece paranoico, ¿pero lo ha hecho?

—No, claro que no.

Sabía qué le diría ella.

—Nuestros análisis —dijo la señorita Lee— indican que está saturada de alucinógenos. Lo está, lo ha estado y lo estará. No los que se usaban durante la guerra. No los que provocan desorientación, sino un derivado sintético del cornezuelo llamado Datrox 3. Usted lo bebe en este edificio desde que se levanta. Lo bebe en restaurantes y en otros apartamentos que visita. Lo bebe en el Ministerio. Todo se distribuye desde una fuente central y común. —El tono era lúgubre y feroz—. Hemos resuelto ese problema. En cuanto lo descubrimos, supimos que cualquier buena fenotiacina serviría para contrarrestarlo. Lo que no sabíamos era que había una variedad de experiencias auténticas. Racionalmente no tiene sentido. La alucinación debería diferir de una persona a otra, y la experiencia real debería ser universal…; está todo al revés. Doce alucinaciones mutuamente excluyentes, eso sería fácil de entender. Pero no una alucinación y doce realidades.

Dejó de hablar y estudió los dos exámenes, arrugando el entrecejo.

—El del poema árabe es el ortodoxo. Si usted responde esto, confiarán en usted y le darán un puesto más alto. Subirá otro peldaño en la jerarquía del Partido. —Con una sonrisa (sus dientes eran perfectos y adorables) concluyó—: Mire lo que ha recibido a cambio de su inversión de esta mañana. Su cabeza estará segura durante un tiempo. Con nuestro respaldo.

—No la creo. —Instintivamente, era presa de su recelo, el recelo de alguien que se había pasado una vida entre los esbirros de la rama Hanoi del PC Oriente. Conocían infinitos modos de eliminar a sus rivales, y él había empleado algunos, y también los había sufrido en carne propia. Este podía ser un método nuevo que él desconocía. Todo era posible.

—Esta noche el Líder lo mencionó en su discurso —dijo la señorita Lee—. ¿No le pareció extraño? ¿Usted entre todo el mundo? Un burócrata menor de un Ministerio modesto…

—Lo admito. Sí, me pareció extraño.

—Pero era auténtico. El Benefactor Absoluto está preparando un cuadro selecto de jóvenes de la posguerra, para infundir nueva vida a la reseca y moribunda jerarquía de viejos carcas y propagandistas del Partido. Su Grandeza lo escogió por el mismo motivo que nosotros. Si da los pasos correctos, su carrera puede llevarlo a la cima. Al menos por un tiempo…, según sabemos. Así son las cosas.

«Así que todos tienen fe en mí —pensó Chien—. Todos excepto yo. Y menos después de esta experiencia con el rapé antialucinatorio.» Había hecho temblar años de confianza, y justificadamente. Sin embargo, comenzaba a recobrar el equilibrio. Lo sintió regresar, al principio un goteo, luego un torrente.

Fue al videófono, alzó el receptor y se dispuso, por segunda vez esa noche, a marcar el número de la Policía de Seguridad de Hanoi.

—Entregarme —dijo la señorita Lee— sería la segunda decisión más regresiva que usted podría tomar. Les diré que me trajo aquí para sobornarme. Que usted creía, dado mi puesto en el Ministerio, que yo sabría qué examen escoger.

—¿Y cuál sería la primera decisión más regresiva?

—No tomar otra dosis de fenotiacina —dijo la señorita Lee sin alterarse.

Colgando el teléfono, Tung Chien pensó: «No sé lo que me ocurre. Dos fuerzas. Por una parte, el Partido y Su Grandeza. Por la otra, esta muchacha y su presunto grupo. Unos quieren que ascienda en la jerarquía del Partido. Los otros…» ¿Qué quería Tanya Lee? Por debajo de las palabras, más allá de la pátina casi trivial de desprecio por el Partido, por el Líder, por las pautas éticas del Frente Unido Democrático Popular… ¿qué quería de él?

—¿Usted se opone al Partido? —preguntó con curiosidad.

—No.

—Pero… —Chien gesticuló dubitativamente—… eso es todo lo que hay. Partido y antipartido. Usted debe de estar a favor del Partido, entonces. —La miró desconcertado. Ella sostuvo la mirada sin inmutarse—. Ustedes tienen una organización, y se reúnen. ¿Qué se proponen destruir? ¿La actividad normal del gobierno? ¿Son ustedes como los traidores estudiantes universitarios de Estados Unidos durante la guerra de Vietnam, que detenían envíos de tropas, se manifestaban…?

—Las cosas no fueron así —suspiró la señorita Lee—. Pero eso no importa. Sólo queremos saber quién o qué nos lidera. Debemos infiltrarnos lo suficiente para contar con alguien, un joven teórico en ascenso, por ejemplo, a quien puedan invitar a charlar personalmente con el Líder, ¿entiende? —dijo levantando la voz. Consultó el reloj, obviamente ansiosa de marcharse. Los quince minutos terminarían pronto—. Pocas personas ven al Líder, como usted sabe. Es decir, pocos lo ven de veras.

—Está casi recluido debido a su avanzada edad.

—Tenemos una esperanza. Si usted supera esta tramposa prueba, y con mi ayuda lo hará, será invitado a una de las fiestas exclusivas que el Líder celebra de vez en cuando, y que no se mencionan en los periódicos. ¿Entiende ahora? —Elevó la voz con frenética desesperación—. Entonces sabríamos. Si usted pudiera entrar allí bajo la influencia de la droga antialucinógena, si pudiera verlo cara a cara tal cual es…

—Y así terminar mi vida de funcionario público. Quizá mi vida a secas.

—Usted está en deuda con nosotros —replicó Tanya Lee palideciendo—. Si no le hubiera dicho qué examen escoger, habría elegido mal y su laboriosa carrera habría concluido de todos modos. Habría sido suspendido sin siquiera saber que le estaban examinando.

—Tenía una probabilidad del cincuenta por ciento —protestó él débilmente.

—No. —Ella sacudió la cabeza—. El ensayo herético está lleno de expresiones propias de la jerga del Partido. Prepararon a propósito los dos textos para tenderle una trampa. Ellos querían que usted fracasara.

Una vez más estudió los dos exámenes, sintiéndose confundido. ¿Tenía razón la señorita Lee? Quizá. Podría ser. Era creíble, conociendo a los funcionarios del Partido como él los conocía, y sobre todo a Tso-pin, su superior. Se sintió fatigado, derrotado.

—Usted quiere un quid pro quo. Ya hizo algo por mí; obtuvo la respuesta a ese examen del Partido. Usted ya ha cumplido su parte. ¿Qué me impide echarla con cajas destempladas? No tengo por qué hacer nada.

Su voz resonaba con la frialdad emocional que era tan habitual en los círculos del Partido.

—Habrá otras pruebas mientras continúa su ascenso —dijo la señorita Lee—. Y también lo ayudaremos.

Estaba tranquila, serena. Sin duda había previsto esta reacción.

—¿Cuánto tiempo tengo para pensarlo? —preguntó Chien.

—Ahora me iré. No tenemos prisa. No lo van a invitar a la villa del río Yangtsé la próxima semana, ni siquiera el próximo mes. —Fue hasta la puerta, la abrió, se detuvo—. A medida que vaya siendo sometido a esas pruebas subrepticias, nos comunicaremos con usted para darle las respuestas. En esas ocasiones se verá con alguno de nosotros. Quizá no sea yo. Probablemente sea ese veterano de guerra lisiado quien le venda las respuestas correctas cuando usted salga del Ministerio. —Sonrió fugazmente, una sonrisa velada—. Pero un día, inesperadamente, recibirá una pomposa invitación formal y oficial, y cuando vaya a la villa estará sedado con estelacina; quizá la última dosis de nuestra menguante provisión. Buenas noches.

Cerró la puerta. Se había ido.

«Por Dios —pensó Chien—. Ellos pueden extorsionarme por lo que hice, y ella ni siquiera se molestó en mencionarlo. En semejante situación, ni vale la pena mencionarlo.

»¿Pero extorsionarme para qué? —Ya había dicho a la Polseg que le habían dado una droga que resultó ser una fenotiacina—. Entonces ellos saben —comprendió—. Me vigilarán. Estarán alerta. Técnicamente, he infringido una ley, pero… estarán vigilando, sin duda.»

Pero, en definitiva, vigilaban siempre. Se relajó un poco al pensar en eso. A través de los años se había acostumbrado, igual que todos los demás.

«Veré al Benefactor Absoluto del Pueblo tal como es —pensó—. Lo cual quizá nadie haya hecho. ¿Cómo será? ¿Cuál de las categorías no alucinatorias? Categorías que yo ni siquiera conocía, una visión que puede trastornarme por completo. ¿Cómo podré soportar la velada, mantener la compostura, si es como la forma que vi en la pantalla de televisión? El Triturador, el Chirriante, el Ave, el Tubo Trepador, el Borbollón… o algo peor.»

Se preguntó en qué consistirían las otras visiones, y desistió de esa especulación. No llevaba a ninguna parte y era demasiado angustiante.

A la mañana siguiente Tso-pin y Darius Pethel se reunieron con él en su oficina, ambos estaban tranquilos pero expectantes. Sin decir nada, él les entregó uno de los exámenes. El ortodoxo, con su breve y conmovedor poema árabe.

—Este es obra de un dedicado miembro del Partido, o aspirante a ello —declaró Chien. Golpeó las hojas restantes—. El otro es basura reaccionaria. —Manifestó un acceso de furia—. A pesar de una superficial…

—De acuerdo, señor Chien —dijo Pethel, moviendo la cabeza—. No es preciso entrar en detalles. Su análisis es correcto. ¿Oyó que el Líder lo mencionó en su discurso de anoche?

—Por supuesto.

—Entonces sin duda ha inferido que nuestro proyecto es de suma importancia. El Líder le ha echado el ojo, eso está claro. De hecho, se ha comunicado conmigo para hablarme de usted. —Pethel abrió su abultado maletín y hurgó en su interior—. Perdí esa maldita cosa. De todos modos —miró de soslayo a Tso-pin, quien asintió con un leve gesto—, Su Grandeza desea que usted se presente para cenar en la villa del río Yangtsé el próximo jueves por la noche. La señora Fletcher, sobre todo, agradecería…

—¿La señora Fletcher? —preguntó Chien—. ¿Quién es la señora Fletcher?

Después de una pausa, Tso-pin dijo en tono adusto:

—La esposa del Benefactor Absoluto. Cuyo nombre, que por supuesto usted jamás oyó, es Thomas Fletcher.

—Es un hombre blanco —explicó Pethel—. En sus orígenes pertenecía al Partido Comunista de Nueva Zelanda. Participó en la difícil toma del poder allí. Esta noticia no es estrictamente secreta, pero tampoco se ha difundido a voz en cuello. —Titubeó, jugando con su reloj de cadena—. Quizá sea mejor que se olvide de ello. Por cierto, en cuanto lo conozca, verá que es un hombre blanco. Como muchos de nosotros.

—La raza no tiene nada que ver con la lealtad al Líder y al Partido —señaló Tso-pin—. Como indica nuestro señor Pethel.

«Pero Su Grandeza», pensó Chien, conmocionado. En la pantalla de televisión no parecía ser occidental.

—En televisión… —balbuceó.

—La imagen —interrumpió Tso-pin— está sometida a una serie de habilidosos ajustes con propósitos ideológicos. La mayoría de las personas que ocupan altos cargos son conscientes de ello.

Miró con dureza a Chien.

«Conque todos están de acuerdo —pensó Chien—. Lo que vemos todas las noches no es real. ¿Pero hasta qué punto es irreal? ¿Lo es total o parcialmente?»

—Estaré preparado —dijo con voz tensa. Y pensó: «Ha habido un fallo. La gente que Tanya representa no estaba preparada para que me invitaran tan pronto. ¿Dónde está el antialucinógeno? ¿Puede conseguírmelo o no? Quizá no, a tan corto plazo.»

Curiosamente, se sentía aliviado. Comparecería en presencia de Su Grandeza con la posibilidad de verlo como ser humano, verlo como él y todos los demás lo veían en televisión. Sería una cena estimulante y jovial, con algunos de los miembros del Partido más influyentes de Asia. «Creo que podré prescindir de la fenotiacina», pensó.

Y se sintió aún más aliviado.

—Hela aquí, por fin —dijo de pronto Pethel sacando un sobre blanco del maletín—. Su invitación. El jueves por la mañana volará a la villa del Líder en sinocohete; allí el oficial de protocolo lo instruirá sobre la conducta que se espera de usted. Será ropa formal, con esmoquin, pero la atmósfera será cordial. Siempre hay muchos brindis.

Yo ya he asistido a un par de estas reuniones. El señor Tso-pin todavía no ha tenido ese honor. —Arrugó la cara en una sonrisa—. Pero, como dicen, todo llega para quien sabe aguardar. Lo dijo Benjamin Franklin.

—Para el señor Chien ha llegado prematuramente, diría yo —señaló Tso-pin encogiéndose de hombros con resignación—. Pero en ningún momento se me ha pedido opinión.

—Una cosa —le dijo Pethel a Chien—. Cuando vea a Su Grandeza en persona, quizá sufra alguna decepción. En tal caso, procure no evidenciarlo. Siempre tendemos a verlo como algo más que un hombre. Así nos han entrenado. Pero a la mesa es… un poco vulgar. En ciertos aspectos es como nosotros. Quizá se complazca, por ejemplo, en una actividad oral agresiva y pasiva moderadamente humana; puede que cuente alguna anécdota subida de tono o beba demasiado. Con franqueza, nadie sabe de antemano cómo resultarán estas cosas, pero en general se prolongan hasta la madrugada. Así que sería prudente aceptar la dosis de anfetaminas que le ofrecerá el oficial de protocolo.

—¿Cómo? —dijo Chien. Esto era novedoso e interesante.

—Para tener más energía, y para contrarrestar el efecto de la bebida. Su Grandeza tiene una notable capacidad para permanecer despierto. Con frecuencia sigue en pie y pletórico de energías cuando todos los demás se han derrumbado.

—Un hombre notable —intervino Tso-pin—. Creo que sus extravagancias sólo demuestran que es un individuo excepcional. Y adaptable. Es como el hombre renacentista ideal, como Lorenzo de Médicis.

—En efecto —concedió Pethel.

Estudió a Chien con tal intensidad que él sintió los mismos escalofríos de la noche anterior. «¿Me conducen de una trampa a otra? —se preguntó—. ¿Esa muchacha, sería una agente de la Polseg que me sondeaba, dispuesta a descubrir una vena desleal y antipartidaria en mí? Eludiré a ese veterano sin piernas al salir del trabajo. Cogeré otro camino para regresar a mi apartamento.»

Tuvo éxito. Ese día eludió al vendedor ambulante, y también el siguiente, y así hasta el jueves.

El jueves por la mañana el vendedor salió de debajo de un camión aparcado y le cerró el paso, situándose frente a él.

—¿Y mi medicación? —preguntó el vendedor—. ¿Ayudó? Sé que fue así. La fórmula se remonta a la dinastía Sung. Sé que ayudó.

—Déjame pasar —dijo Chien.

—¿Tendrías la bondad de responder?

No hablaba con el tono gimoteante que se podría esperar de un vendedor callejero marginal, y su voz firme impactó en Chien; la oía con toda claridad. Loud and clear, como decían las tropas títeres imperialistas tiempo atrás.

—Sé lo que me diste —dijo Chien—. Y no quiero más. Si cambio de parecer, puedo comprarlo en una farmacia. Gracias.

Echó a andar, pero el vendedor lisiado lo persiguió con su carrito. —La señorita Lee habló conmigo —dijo el vendedor en voz alta. Chien gruñó y apretó el paso; vio un aerotaxi y se dispuso a llamarlo.

—Esta noche irás a la cena de la villa del río Yangtsé —dijo el vendedor, jadeando en su esfuerzo para alcanzarlo—. Toma la medicación ahora —imploró, ofreciéndole un sobre—. Por favor, camarada Chien. Por tu bien, por el bien de todos nosotros. Así sabremos con qué nos enfrentamos. Cielo santo, quizá no sea de la Tierra. Es lo que más tememos. ¿No lo entiendes, Chien? ¿Qué es tu condenada carrera comparada con eso? Si no averiguamos…

El taxi se posó en la acera y abrió las puertas. Chien se dispuso a abordarlo.

El sobre voló junto a él, rebotó en la entrada del taxi y aterrizó en el piso mojado por la lluvia.

—Por favor —dijo el vendedor—. Y no te costará nada. Hoy es gratis. Sólo tómala, úsala antes de la cena. Y no consumas las anfetaminas. Estimulan el tálamo, y están contraindicadas cuando se usa un supresor adrenal como la fenotiacina.

La puerta del taxi se cerró detrás de Chien, y éste se sentó.

—¿Adonde, camarada? —preguntó el piloto robot. Chien dio el número de identificación de su apartamento.

—Ese vendedor imbécil logró introducir su sórdida mercancía en mi pulcro interior —dijo el robot—. Fíjese, está junto a sus pies.

Chien vio el paquete. Apenas un sobre común. «Supongo —pensó— que así es como te llegan las drogas. De pronto están allí.» Vaciló un instante y lo recogió.

Como la vez anterior, había un texto además del producto, pero esta vez estaba escrito a mano. Una letra femenina. La señorita Lee:

Nos sorprendió la súbita invitación, pero gracias al cielo estábamos preparados. ¿Dónde estuvo usted el martes y el miércoles? De todos modos, aquí tiene, y buena suerte. Me comunicaré con usted durante la semana. No quiero que trate de encontrarme.

Quemó la nota en el cenicero del taxi. Y conservó los gránulos oscuros.

«Todo este tiempo —pensó—. Alucinógenos en el suministro de agua. Año tras año. Durante décadas. Y no en tiempos de guerra, sino en tiempos de paz. Y no en el bando enemigo sino en el nuestro. Malditos canallas, quizá deba consumir esto. Quizá deba averiguar qué es e informar al grupo de Tanya. Lo haré», decidió. También sentía una gran curiosidad.

Una emoción inconveniente, como bien sabía. La curiosidad podía ser fatal en el trabajo, sobre todo en las actividades del Partido.

Y en ese momento lo dominaba por completo. Se preguntó si duraría toda la noche. Sí, cuando llegara el momento, inhalaría lo del sobre.

El tiempo lo diría. Diría eso y todo lo demás. «Somos flores que se recogen en la planicie», pensó. Como decía el poema árabe. Trató de recordar el resto del poema pero no pudo. Quizá fuera mejor así.

El oficial de protocolo de la villa, un japonés llamado Kimo Okubara, alto y gruñón, obviamente ex luchador, lo estudió con innata hostilidad, incluso después de haber presentado su invitación con letras caladas y demostrado su identidad.

—Sorprende que molestarte en venir —masculló Okubara—. ¿Por qué no quedarte a ver televisión? Nadie echarte de menos. Hasta ahora pasarlo bien sin ti.

—Ya he mirado la televisión —replicó Chien. De todos modos estas cenas rara vez se televisaban. Eran demasiado lujuriosas.

Los hombres de Okubara lo cachearon en busca de armas, incluyendo la posibilidad de un supositorio anal. Luego le devolvieron su ropa. Sin embargo, no encontraron la fenotiacina, porque él ya la había ingerido. Los efectos de esa droga duraban cuatro horas; sería más que suficiente. Y, como había dicho Tanya, era una gran dosis. Se sentía torpe, mareado. Su lengua se movía espasmódicamente, parecía el mal de Parkinson, un desagradable efecto colateral que él no había previsto.

Pasó una muchacha desnuda de la cintura para arriba, con un largo cabello cobrizo que le caía sobre los hombros y la espalda. Interesante.

Del otro lado, apareció otra muchacha desnuda, esta vez desde el trasero para arriba. Interesante, también. Ambas muchachas parecían ausentes y aburridas, y totalmente dueñas de sí.

—Tú también entrar como ellas —le dijo Okubara.

—Entendí que era con esmoquin —dijo Chien, sobresaltado.

—Broma —dijo Okubara—. A costa tuya. Sólo las chicas ir desnudas. Divertirte, a menos que ser homosexual.

«Bien —pensó Chien—, será mejor que me guste.» Se mezcló con los demás invitados, que usaban esmoquin como él, o vestido largo, si eran mujeres, y se sintió incómodo, a pesar del efecto tranquilizador de la estelacina. «¿Por qué estoy aquí?», se preguntó. Comprendía la ambigüedad de su situación. Estaba ahí para promover su carrera en el aparato del Partido, para obtener la íntima y personal aprobación de Su Grandeza. Y también estaba ahí para desenmascarar a Su Grandeza como un fraude; no sabía qué clase de fraude, pero así era: un fraude contra el Partido, contra todos los pueblos democráticos y pacíficos de la Tierra. «Irónico», pensó. Y siguió mezclándose con los demás.

Una muchacha de pechos pequeños, brillantes y luminosos se le acercó para pedirle fuego. Con movimiento lento sacó su encendedor.

—¿Qué es lo que hace brillar tus pechos? —le preguntó—. ¿Inyecciones radiactivas?

Ella se encogió de hombros y siguió de largo sin responder. Evidentemente no había sido una pregunta atinada. «Quizá sea una mutación de la guerra», pensó.

—Bebidas, señor.

Un criado le ofreció una bandeja. Él cogió un martini, que estaba de moda entre las clases altas del Partido en la China Popular. Saboreó la bebida helada y seca. «Buen gin inglés», se dijo. O quizás era el compuesto holandés original; enebro o lo que fuera. No estaba mal. Siguió caminando, sintiéndose mejor. De hecho, la atmósfera le resultaba agradable. Los invitados irradiaban confianza. Habían triunfado y ahora podían distenderse. La noción de que la cercanía de Su Grandeza producía angustia neurótica era un mito. No veía indicios de ella, y él no la sentía.

Un hombre mayor, corpulento y calvo lo detuvo apoyándole la copa en el pecho.

—Esa criatura menuda que te pidió fuego —dijo el hombre mayor, riendo entre dientes—. La de pechos navideños. Era un muchacho vestido de mujer. —Rió—. Aquí debes andarte con cuidado.

—¿Dónde se encuentran las mujeres auténticas? —preguntó Chien—. ¿Usan esmoquin?

—No vas desencaminado —dijo el hombre mayor, y se alejó con una turba de invitados hiperactivos, dejando a Chien a solas con su martini.

Una mujer alta, guapa y elegante apoyó la mano en el brazo de Chien. Él sintió que los dedos de la mujer le apretaban el brazo.

—Aquí viene Su Grandeza. Para mí es la primera vez. Estoy un poco asustada. ¿Mi pelo está bien?

—Sí —dijo Chien con aprobación, y siguió la mirada de la mujer, buscando su primera visión del Benefactor Absoluto. Lo que cruzaba la sala, dirigiéndose a la mesa del centro, no era humano.

Tampoco era una construcción mecánica. No era lo que él había visto en televisión. Evidentemente eso era sólo un artilugio para los discursos, del mismo modo que Mussolini había usado un brazo artificial para saludar durante los largos y tediosos desfiles.

«Dios», pensó, y sintió náuseas. ¿Esto era lo que Tanya Lee había llamado el horror acuático? No tenía forma. Ni seudópodos, de carne o metal. En cierto sentido ni siquiera estaba allí; cuando Chien lograba mirarla directamente, la forma desaparecía; podía ver a través de ella, veía la gente que estaba al otro lado, pero no la forma. Pero si movía la cabeza y miraba de soslayo, podía determinar sus límites.

Era atroz, arrasador. Al desplazarse sorbía la vida de cada persona, una cada vez; devoraba a la gente agrupada, seguía su camino, devoraba de nuevo y devoraba más con un apetito incesante. Odiaba. Chien podía sentir ese odio. Detestaba a todos los presentes. Más aún, Chien compartía ese sentimiento. De pronto, Chien y todos los que estaban presentes en la gran villa eran babosas crispadas, y la criatura se detenía con delectación en todos sus cadáveres, pero siempre iba directamente hacia él. ¿O eso era una alucinación? «Si es una alucinación —pensó Chien—, es la peor que he tenido; si no lo es, es una realidad maligna. Es una cosa maligna que mata y destruye.» Vio los restos de mujeres y hombres pisoteados y triturados; vio que trataban de recomponerse, de arreglar sus cuerpos mutilados; oyó que intentaban hablar.

«Sé quién eres —pensó Tung Chien—. Tú, el jefe supremo de la estructura mundial del Partido. Tú, que destruyes cada objeto viviente que tocas; veo ese poema árabe, veo que buscas las flores de la vida para devorarlas. Te veo en la planicie que para ti es la Tierra, una extensión chata sin colinas ni valles. Vas a cualquier parte, apareces en cualquier momento, devoras cualquier cosa; modelas la vida y la engulles, y disfrutas con ello. Eres Dios», pensó.

«Chien —dijo la voz, pero sonaba dentro de su cabeza en vez de salir del espíritu sin boca que se perfiló delante de él—. Me alegra verte de nuevo. Tú no sabes nada. Lárgate. No tengo interés en ti. ¿Por qué debería interesarme la baba? Baba. Estoy sumergido en ella, debo excretarla, y eso hago. Podría destruirte. Incluso puedo destruirme a mí mismo. Hay piedras filosas debajo de mí. Desparramo cosas filosas y puntiagudas en el cieno. Hago que los escondrijos, los lugares profundos, hiervan como un cuenco; para mí el mar es como un ungüento. Los copos de mi carne están unidos a todo. Tú eres yo. Yo soy tú. No hay diferencia, del mismo modo que no importa si la criatura de pechos luminosos es varón o hembra. Tú podrías aprender a gozar de ambos.»

Rió.

Chien no podía creer que le hablara a él. No podía ni imaginar que lo hubiera escogido. Era demasiado terrible.

«Os he escogido a todos —dijo la voz—. Nadie es demasiado pequeño, cada cual cae y muere y yo estoy allí para observar. No necesito hacer nada salvo observar. Es automático. Fue dispuesto de este modo.»

Dejó de hablar y se disgregó. Pero Chien aún lo veía. Sentía su presencia múltiple. Era una esfera que colgaba en el salón, con cincuenta mil ojos, un millón de ojos, miles de millones; un ojo por cada cosa viviente mientras esperaba que cada cosa cayera, y luego pisaba cada cosa viviente y caída. Para esto había creado las cosas, y Chien comprendió. Lo que en el poema árabe parecía la muerte no era la muerte sino Dios; mejor dicho, Dios era la muerte, era una fuerza, un cazador, una entidad caníbal, y fallaba algunas veces pero, disponiendo de toda la eternidad, podía permitirse el lujo de fallar. Ambos poemas, comprendió; también el de Dryden. El decrépito desfile; ése es nuestro mundo, por obra tuya. Lo distorsionas para que sea así; nos tuerces.

«Pero al menos —pensó—, aún tengo mi dignidad.» Con dignidad dejó el vaso, se dio la vuelta y caminó hacia las puertas de la sala. Traspuso las puertas y recorrió un largo pasillo enmoquetado. Un criado vestido de rojo le abrió una puerta; se encontró en la oscuridad de la noche, en una veranda, a solas. No, a solas no.

Esa cosa lo había seguido. O había llegado antes. Sí, lo estaba esperando. Aún no había terminado con él.

—Allá voy —dijo Chien.

Se lanzó hacia la barandilla. Estaba a seis pisos de altura, y allá abajo relucían el río y la muerte, no lo que decía el poema árabe. Cuando Chien iba a saltar, la criatura lo sujetó por un hombro.

—¿Por qué? —preguntó Chien. Pero se detuvo. Intrigado. Sin entender.

—No te arrojes por mí —dijo la criatura.

No podía verla porque se había puesto detrás de él. Pero la prolongación que le tocaba el hombro cobró la forma de una mano humana. La criatura rió.

—¿Cuál es la gracia? —preguntó Chien, vacilando sobre la barandilla, sostenido por la seudomano.

—Estás haciendo el trabajo por mí. No esperas. ¿No tienes tiempo para esperar? Te seleccionaré entre los demás. No tienes por qué acelerar el proceso.

—¿Y si lo hago? Por repulsión a ti.

La cosa rió. No respondió.

—Ni siquiera respondes —dijo Chien.

Tampoco esta vez recibió respuesta. Se alejó de la barandilla. La presión de la seudomano cedió.

—¿Tú fundaste el Partido? —preguntó Chien.

—Yo fundé todo. Fundé el antipartido, y el Partido que no es un partido, y a sus simpatizantes y opositores, los que llamas imperialistas yanquis, los reaccionarios, y así sucesivamente. Lo fundé todo. Como si fueran hojas de hierba.

—¿Y estás aquí para disfrutarlo?

—Lo que quiero es que me veas tal como soy, como me has visto, y luego confíes en mí.

—¿Qué? —preguntó Chien con voz trémula—. ¿Que confíe en ti para qué?

—¿Crees en mí?

—Sí, puedo verte.

—Entonces vuelve a tu trabajo en el Ministerio. Dile a Tanya Lee que viste a un anciano agotado y obeso que bebe demasiado y pellizca el trasero de las chicas.

—Santo Dios.

—Mientras sigas viviendo, sin poder detenerte, te atormentaré. Te privaré poco a poco de todo lo que posees o deseas. Y cuando estés a punto de morir, te desvelaré un misterio.

—¿Cuál es el misterio?

—Los muertos vivirán, los vivos morirán. Yo mato lo que vive. Salvo lo que ha muerto. Y te diré esto: hay cosas peores que yo. Pero no las conocerás porque para entonces te habré matado. Ahora regresa al comedor y prepárate para la cena. No cuestiones lo que hago. Lo hice mucho antes de que hubiera un Tung Chien y lo seguiré haciendo mucho después.

Chien golpeó con todas sus fuerzas. Y experimentó un dolor violento en la cabeza. Y oscuridad, sensación de caída.

Después de eso, oscuridad de nuevo.

«Te atraparé —pensó—. Haré que tú mueras también. Que sufras. Sufrirás, igual que nosotros, tal como sufrimos nosotros. Te destruiré. Juro por Dios que te destruiré. Y te dolerá. Tanto como a mí me duele ahora.» Cerró los ojos.

Alguien lo sacudió bruscamente y oyó la voz de Kimo Okubara.

—De pie, borrachín. Andando.

—Necesito un taxi —dijo él sin abrir los ojos.

—Taxi ya esperar. Tú a casa. Vergüenza. Escena violenta, escandalosa.

Levantándose penosamente, abrió los ojos y se miró. «El Líder a quien seguimos —pensó—, es el Dios Único y Verdadero. Y el enemigo contra quien luchamos y hemos luchado también es Dios. Tienen razón; está en todas partes. Pero yo no entendía lo que eso significaba. —Mirando al oficial de protocolo, pensó—: Tú también eres Dios. Así que no hay modo de escapar, ni siquiera saltando. Como pensaba hacer, por instinto.» Tiritó.

—Mezclar bebida con drogas —protestó Okubara—. Carrera arruinada. Verlo ocurrir muchas veces. Largo de aquí.

Caminó tambaleándose hacia la gran puerta central de la villa del río Yangtsé. Dos criados con penachos de plumas, vestidos como caballeros medievales, abrieron la puerta ceremoniosamente.

—Buenas noches, señor —saludó uno de ellos.

—Púdrete —dijo Chien, y se perdió en la noche.

A las tres menos cuarto de la mañana, mientras permanecía insomne en el salón de su apartamento, fumando un Cuesta Rey Astoria tras otro, llamaron a la puerta.

Al abrirla, vio a Tanya Lee arrebujada en su abrigo, el rostro encogido de frío. Los ojos de la muchacha ardían de curiosidad.

—No me mires así —dijo él con malos modos. El puro se había apagado. Volvió a encenderlo—. Ya me han mirado bastante.

—Lo viste —dijo ella.

Él asintió.

Tanya se sentó en el brazo del diván.

—¿Qué puedes decirme? —preguntó al rato.

—Vete de aquí, tan lejos como puedas —dijo Chien—. Vete muy lejos. —Y luego recordó: nunca habría distancia suficiente. Recordó que también había leído eso—. Olvídalo.

Se levantó y fue a la cocina a preparar café. Tanya lo siguió.

—¿Tan malo fue? —preguntó.

—No se puede ganar —dijo él—. Tú no puedes ganar. Yo no me incluyo. No estoy en esto. Sólo quería hacer mi trabajo en el Ministerio y olvidarlo. Olvidar este condenado asunto.

—¿No es de la Tierra?

—No.

—¿Es hostil hacia nosotros?

—Sí. No. Ambas cosas. Ante todo es hostil.

—Entonces debemos…

—Vete a casa. Vete a dormir. —Chien la miró con atención. Había permanecido sentado largo rato y había cavilado mucho. Sobre muchas cosas—. ¿Estás casada?

—No. Ahora no. En otro tiempo sí.

—Quédate conmigo esta noche. El resto de esta noche, al menos. Hasta que salga el sol. La parte nocturna es espantosa…

—Me quedaré —dijo Tanya, desabrochándose el cinturón del impermeable—, pero necesito algunas respuestas.

—¿Qué quería decir Dryden al hablar de la música que haría desafinar al cielo? No lo entiendo. ¿Qué le hace la música al cielo?

—Todo el orden celestial del universo termina —dijo ella mientras colgaba el impermeable en el armario del dormitorio. Debajo llevaba un suéter rayado color naranja y pantalones ceñidos.

—¿Y eso es malo? —preguntó él.

Ella reflexionó.

—No lo sé. Supongo que sí.

—Es atribuirle demasiado poder a la música —dijo él.

—¿Conoces esa expresión pitagórica acerca de la música de las esferas? —respondió Tanya. Se sentó en la cama y se quitó los zapatos.

—¿Crees en eso? —preguntó él—. ¿O crees en Dios?

—¡Dios! —Tanya se echó a reír—. Eso se terminó con la locomotora de vapor. ¿De qué hablas? ¿De Dios, o de un dios?

Se le acercó, escrutándole el rostro.

—No me mires así —dijo él con brusquedad—. No quiero que nadie me vuelva a mirar.

Se alejó, irritado.

—En mi opinión, si Dios existe se interesa muy poco por los asuntos humanos —dijo Tanya—. Esa es mi teoría. Le importa un rábano si triunfa el mal, o si la gente y los animales son heridos y mueren. Con franqueza, no lo veo por aquí. Y el Partido siempre ha negado toda forma de…

—¿Alguna vez viste a Dios? ¿Cuando eras niña?

—Claro. Cuando niña. Pero también creía…

—¿Alguna vez has pensado que el bien y el mal son distintos nombres de la misma cosa? ¿Que Dios podría ser bueno y malo al mismo tiempo?

—Te prepararé un trago —dijo Tanya, y caminó descalza hacia la cocina.

—El Triturador. El Chirriante. El Borbollón y el Ave y el Tubo Trepador… además de otros nombres y formas, no sé. Tuve una alucinación durante la cena. Enorme. Terrible.

—Pero la estelacina…

—Provocó una peor.

—¿Existe algún modo de luchar contra esa cosa que viste? ¿Esa aparición que llamas alucinación pero que obviamente no lo era?

—Cree en ella —dijo Chien.

—¿Y qué gano con eso?

—Nada —suspiró él—. Nada en absoluto. Estoy cansado. No quiero un trago. Sólo vamos a la cama.

—De acuerdo. —Ella regresó al dormitorio y empezó a quitarse el suéter—. Luego hablaremos más con más calma.

—Una alucinación es piadosa comparada con esto —dijo Chien—. Ojalá tuviera una. Quiero otra vez la mía. Quiero ser lo que era antes de que tu vendedor me diera esa fenotiacina.

—Ven a la cama. Está calentita. Tibia y acogedora.

Él se quitó la corbata, la camisa… y vio en su hombro derecho la marca, el estigma, que la criatura le había dejado al impedir que saltara. Huellas lívidas que parecían imborrables. Se puso la chaqueta del pijama para ocultarlas.

—De cualquier modo —dijo Tanya mientras él se metía en la cama— tu carrera ha avanzado muchísimo. ¿No estás contento?

—Claro —dijo él, moviendo la cabeza a ciegas en la oscuridad—. Muy contento.

—Ven aquí —dijo Tanya, rodeándolo con los brazos—. Y olvídate de todo lo demás. Al menos por ahora.

Chien se acercó a ella, haciendo lo que ella pedía y lo que él quería. Tanya era habilidosa, y pronto entró en acción. Logró excitarlo e hizo su parte. No se molestaron en hablar hasta que al fin ella suspiró y se relajó.

—Ojalá pudiéramos seguir para siempre —dijo él.

—Fue para siempre —dijo Tanya—. Esto está fuera del tiempo. Es ilimitado como un mar. Es el modo en que éramos en tiempos cámbricos, antes de migrar a tierra. Son las antiguas aguas primarias. Sólo logramos regresar cuando hacemos esto. Por eso significa tanto. Y en aquellos días no estábamos separados. Era como una gran gelatina, como esas cosas viscosas que llegan flotando a la playa.

—Llegan flotando y mueren —dijo él.

—¿Me traes una toalla? ¿O un paño? —pidió Tanya—. Lo necesito.

Él entró en el baño en busca de una toalla. Allí —ahora estaba desnudo— se fijó de nuevo en su hombro, vio la huella de la criatura que lo había sujetado, rescatado, quizá para jugar con él un poco más. Inexplicablemente, la marca sangraba.

Se limpió la sangre con una esponja y siguió brotando, sin parar. Al ver eso, se preguntó cuánto tiempo le quedaba. Quizá sólo unas horas. Regresó a la cama.

—¿Podemos seguir? —preguntó.

—Claro. Si aún tienes energías. De ti depende.

Ella lo miró sin pestañear, apenas visible en la penumbra.

—Aún tengo —dijo él, y la abrazó.

 



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