Por Siempre y Gomorra

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POR SIEMPRE Y GOMORRA

Por Samuel Delany

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Por Siempre y Gomorra Humor a la Wargon X

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Y descendimos en París.

Donde nos lanzamos a toda carrera por la calle Médicis con Bo, Lou y Muse dentro de la verja, y Kelly y yo afuera, haciendo muecas a través de los barrotes, haciendo barullo, haciendo rugir los Jardines de Luxemburgo a las dos de la madrugada. Después saltamos la verja y bajamos hasta la plaza frente a St. Sulpice, donde Bo intentó meterme de cabeza en la fuente.

Momento en el cual Kelly se dio cuenta de lo que sucedía a nuestro alrededor, cogió la tapa de un cubo de basura y corrió hacia los urinarios, estrellándola contra las paredes. Asomaron cinco tipos; ni siquiera los urinarios públicos más grandes pueden albergar a más de cuatro.

Un joven muy rubio posó la mano sobre mi brazo y me sonrió.

—¿No crees, espaciano, que tu… gente debería irse?

Miré la mano que me había puesto sobre el uniforme azul.

—Est-ce que tu es un frelk?

Enarcó las cejas, y luego meneó la cabeza.

Une frelk —corrigió—. No, no lo soy. Lo lamento por mí. Tienes aspecto de haber sido un hombre alguna vez. Pero ahora… —Sonrió—. Ahora no tienes nada que ofrecerme. La policía… —Señaló con la cabeza el lado opuesto de la calle, donde advertí por primera vez la gendarmería—. Con nosotros no se meten. Pero vosotros sois extranjeros…

Pero Muse ya estaba aullando:

—¡Eh, venid! ¡Larguémonos de aquí, deprisa! —Nos fuimos. Y volvimos a subir.

Para descender en Houston:

—¡Mierda! —maldijo Muse—. Control de Vuelo Gemini… ¿Aquí comenzó todo? ¡Por favor, vayámonos ahora mismo!

De modo que tomamos un autobús hasta Pasadena, luego cogimos el monolínea hasta Galveston, y nos disponíamos a seguir hasta el Golfo, cuando Lou encontró una pareja en una camioneta…

—Encantados de llevaros, espacianos. La gente de ahí arriba sí que trabaja en sus planetas y esas cosas, partiéndose el lomo para el gobierno…

… Que iba hacia el sur. Eran ellos dos y un niño, de modo que viajamos en la parte de atrás durante cuatrocientos kilómetros de sol y de viento.

—¿Crees que son frelks? —preguntó Lou, propinándome un codazo—. Apuesto a que lo son. Están aguardando a que les demos luz verde…

—Déjalo ya. Son un par de campesinos inocentes y agradables.

—Eso no impide que sean frelks

—No te fías de nadie, ¿eh?

—No.

Y, por fin, otro autobús que nos llevó traqueteando hasta Brownsville y que cruzó la frontera en Matamoros, donde bajamos con paso tambaleante. Aparecimos en una tarde calcinada y polvorienta, llena de mejicanos, de pollos y de pescadores de langostinos del golfo de Tejas —que eran los que peor olían—. Nosotros éramos los que más gritábamos. Cuarenta y tres prostitutas —las conté— habían salido a recibir a los pescadores, y para cuando rompimos dos ventanas de la estación de autobuses, ya estaban todos riendo. Los pescadores de langostinos decían que no nos invitarían a comer, pero que nos emborracharían si queríamos, pues ésa era la costumbre de los que pescaban langostinos. Nosotros aullamos, rompimos otra ventana y entonces, mientras yo descansaba de espaldas en los escalones de la oficina de telégrafos, una mujer de labios oscuros se inclinó y posó sus manos sobre mis mejillas.

—Eres muy guapo… —La espesa mata de pelo le cayó sobre el rostro—. Pero los hombres están todos por ahí, para miraros. Están perdiendo su tiempo. Y, por desgracia, su tiempo es nuestro dinero. Espaciano, ¿no crees que deberíais… largaros de aquí?

La sujeté por la muñeca.

—¡Oiga! —susurré en español—. ¿Usted es una frelka?

Frelko en español. —Sonrió y palmeó el broche en forma de sol que colgaba de la hebilla de mi cinturón—. Lo siento, pero no tienes nada que pueda… servirme. Es una lástima, porque parece como si hubieras sido una mujer alguna vez, ¿no? Y eso que a mí también me gustan las mujeres…

Rodé y me alejé del porche.

—¿Qué es esto? ¡Me muero de aburrimiento! —gritaba Muse—. ¡Venga! ¡Vámonos de aquí!

Conseguimos llegar a Houston antes del amanecer. Y subimos.

Bajamos en Istanbul.

Esa mañana llovía en Istanbul.

En la cafetería, tomamos el té de unos vasos con forma de pera, mirando el Bósforo. Las islas Príncipes se extendían ante la ciudad espinosa como montículos de basura.

—¿Quién sabe orientarse en esta ciudad? —preguntó Kelly.

—¿No vamos a ir todos juntos? —exigió Muse—. Creía que íbamos a andar todos juntos…

—En el despacho del sobrecargo me rechazaron un cheque —explicó Kelly—. Estoy en bancarrota. Creo que el sobrecargo me tiene manía. —Se encogió de hombros—. No me convence la idea, pero tendré que encontrar un frelk con dinero y mostrarme amistoso… —Siguió tomando su té, y luego advirtió que se había creado un pesado silencio—. ¡Eh, vamos! Si seguís mirándome así, os voy a romper hasta el último hueso que tenéis en esos cuerpos cuidadosamente entrenados desde la pubertad. ¡Y tú! —Refiriéndose a mí—. No me mires con esa cara de inocencia personificada, como si nunca hubieras andado con un frelk

La cosa comenzaba…

—No estoy haciéndome el inocente —repliqué, y me enfurecí en silencio.

Las ansias, esas viejas ansias…

Bo rió para romper el hielo.

—Oíd, la última vez que estuve en Istanbul, un año antes de unirme a vuestro pelotón, recuerdo que salimos de la plaza Taksim por Istiqlal. Después de pasar todos los cines baratos encontramos un callejón lleno de flores. Delante de nosotros iban otros dos espacianos. Allí hay un mercado; un poco más abajo compraron pescado y luego fueron hasta un patio con naranjas, caramelos, erizos de mar y coles. Pero sobre todo hay flores. Bueno, decía que notamos algo extraño en estos espacianos. No tenía que ver con los uniformes; eran perfectos. Los cortes de cabello también. Nos dimos cuenta cuando los oímos hablar. ¡Eran un hombre y una mujer, vestidos como espacianos, tratando de cazar frelks! ¡Imaginaos, qué plan para los frelks!

—Sí —dijo Lou—. Ya lo había oído antes. En Río los hay a montones.

—Les dimos una buena paliza —concluyó Bo—. Los sorprendimos en una calle lateral, y ¡cómo nos lo pasamos!

El vaso de té de Muse tintineó contra el mostrador.

—¿Desde Taksim hacia Istiqlal hasta llegar a las flores? ¿Por qué no dijiste que allí había frelks, eh? —Si el rostro de Kelly hubiera dejado asomar una sonrisa, se habrían arreglado las cosas. Pero Kelly no sonrió.

—Demonios —maldijo Lou—, nunca han tenido que decirme dónde buscar. Salgo a la calle y los frelks me huelen venir. Los reconozco desde la otra punta de Piccadilly. ¿En este sitio no dan otra cosa que no sea té? ¿Dónde podemos tomar una copa?

Bo sonrió.

—Es un país musulmán, ¿recuerdas? Pero al final del Pasaje de las Flores hay un montón de bares pequeños de puerta verde y mostrador de mármol, donde podrás conseguir un litro de cerveza por quince centavos en liras. Allí también están esos puestos que venden pescado frito y bocadillos de tripa de cerdo…

—¿Alguna vez habéis notado la forma en que los frelks se lo tragan? El alcohol, digo, no la tripa de cerdo…

Y nos enfrascamos en una sarta de historias conciliadoras. Terminamos contando una acerca de un frelk a quien un espaciano quiso desplumar y que le advirtió: «Hay dos cosas que me atraen. La primera son los espacianos. La segunda una buena pelea…».

Pero las historias sólo apaciguan las fricciones. No curan nada. Para entonces hasta Muse sabía que pasaríamos el día cada uno por su lado.

La lluvia había cesado. Tomamos el transbordador hasta el Cuerno de Oro. Kelly preguntó sin rodeos el camino a la plaza Taksim y a Istiqlal, y le indicaron un dolmush, que resultó ser un taxi, sólo que va a un solo sitio y recoge muchísima gente en el camino. Y es más barato.

Lou se encaminó hacia el puente de Ataturk para captar la vista de la Ciudad Nueva. Bo decidió descubrir qué era en realidad el Dolma Boche; y cuando Muse se enteró de que podía ir a Asia por quince centavos —una lira y cincuenta krush—, bueno, decidió ir a Asia.

Atravesé la confusión de tránsito que se formaba a la entrada del puente y dejé atrás los muros grises e inmundos de la Ciudad Vieja, bajo los alambres del trolebús. Hay ocasiones en que los gritos y las imprecaciones no logran llenar el vacío. Hay ocasiones en las que uno tiene que salir a pasear solo, de tanto que duele la soledad.

Caminé por muchas callejuelas con asnos empapados, camellos empapados y mujeres cubiertas de velos; y descendí muchas avenidas con autobuses, papeleras y hombres trajeados.

Algunas personas miran a los espacianos con curiosidad; otras no los miran. Una semana después de haber salido de la escuela de instrucción, a los dieciséis años, un espaciano aprende a reconocer cierta forma en que algunas personas lo miran o dejan de mirarlo. Yo iba andando por el parque cuando noté que me miraban. Ella notó que yo me había dado cuenta y desvió la vista.

Caminé con paso incierto por el asfalto húmedo. Ella estaba de pie bajo el arco de una pequeña mezquita vacía. Cuando pasé por delante, avanzó hacia el patio, entre los cañones.

—Disculpe.

Me detuve.

—¿Sabe usted si éste es el templo de Santa Irene? —Su inglés tenía un acento encantador—. Me he dejado la guía en casa.

—Lo siento, yo también soy turista.

—Ah. —Sonrió—. Soy griega. Pensé que podía ser turco, por el color oscuro de su tez.

—Soy norteamericano, de ascendencia piel roja. —Incliné la cabeza. Ella me devolvió el ademán.

—Ya veo. Acabo de comenzar la universidad aquí, en Istanbul. Su uniforme me indica que usted es… —Y en la pausa, todas las dudas se desvanecieron— un espaciano.

Me sentí incómodo.

—Ajá. —Metí las manos en los bolsillos, agité los pies dentro de las botas, me pasé la lengua por el tercer molar izquierdo empezando por atrás, hice todo lo que uno hace cuando se siente incómodo. «Me excitas tanto cuando te pones así», me dijo un frelk en una ocasión.

—Sí, lo soy —dije con demasiada aspereza, y en voz muy alta. La joven se sobresaltó un poco.

Así que ahora ella sabía que yo sabía que ella sabía que yo sabía, y me pregunté cómo seguiríamos adelante con nuestra representación.

—Soy turca —dijo entonces—. No soy griega. No acabo de comenzar la universidad. Me licencié en historia del arte aquí. ¿Por qué será que una tiene que inventar estas pequeñas mentiras ante los desconocidos? ¿Será para resguardar el ego? A veces pienso que mi ego es muy pequeño.

Era una estrategia posible.

—¿Vive muy lejos de aquí? —le pregunté—. ¿Y cuál es la tarifa actual en liras turcas? —Y ésta era otra.

—No puedo pagarte. —Se envolvió el impermeable alrededor de las caderas. Era muy hermosa—. Me gustaría… —Se encogió de hombros y sonrió—. Pero soy una… pobre estudiante. No tengo dinero.

Si quieres dar media vuelta y marcharte, no te lo reprocharé. Pero me quedaré triste.

Decidí quedarme. Pensé que al cabo de un tiempo sugeriría algún precio, pero no lo hizo.

Es otra estrategia.

Me estaba preguntando: «¿Para qué quieres el maldito dinero, de todas formas?», cuando una brisa salpicó agua de uno de los grandes cipreses de la plaza.

—Creo que todo esto es penoso. —Se enjugó unas gotas del rostro. Se le había quebrado la voz; por un instante, miré demasiado de cerca los rastros de agua—. Me parece una pena que hayan tenido que transformarte para hacer de ti un espaciano. De otro modo, nosotros… Si los espacianos nunca hubieran existido, nosotros no seríamos… lo que somos. ¿Antes fuiste hombre o mujer?

Otra llovizna. Yo estaba mirando el suelo y las gotas se me metieron dentro del cuello.

—Hombre —repuse—. No tiene importancia.

—¿Cuántos años tienes? ¿Veintitrés? ¿Veinticuatro?

—Veintitrés —mentí. Es un reflejo. Tengo veinticinco, pero cuanto más joven te creen, más te pagan. Aunque no me interesaba su maldito dinero…

—Entonces he calculado bien. —Asintió—. La mayoría de nosotros somos expertos en espacianos. ¿Lo sabes? Supongo que no nos queda más remedio. —Me miró con unos enormes ojos negros. Al final, parpadeó rápidamente—. Seguramente fuiste un hombre apuesto. Pero ahora eres un espaciano; construyes unidades de mantenimiento hídrico en Marte, programas ordenadores de minería en Ganímedes, reparas torres repetidoras de comunicaciones en la Luna… La transformación… —Nunca he oído a nadie que dijese «la transformación» con tanta fascinación y pena como los frelks—. Creo que podrían haber encontrado otra solución. Podrían haber descubierto alguna otra forma en lugar de neutralizaros, en lugar de convertiros en criaturas que ni siquiera son andróginas; en cosas que…

Posé la mano sobre su hombro y se detuvo como si la hubiese golpeado. Se volvió para ver si alguien se acercaba. Entonces, despacio, lentamente, acercó su mano a la mía.

Aparté mi mano.

—¿En cosas que…?

—Podrían haber encontrado otra forma. —Escondió ambas manos en los bolsillos.

—Sí. Hubieran podido. Más allá de la ionosfera, la radiación es demasiado elevada para esas preciosas gónadas sobre todo si hay que trabajar en algo que te obliga a permanecer allí más de veinticuatro horas al día, como en la Luna, en Marte, en los satélites de Júpiter…

—Podrían haber inventado escudos protectores. Podrían haber investigado más la adaptación biológica…

—Eran épocas de explosión demográfica —aduje—. No, en esos días andaban buscando la menor excusa para disminuir la natalidad. Sobre todo la de niños deformes.

—Ah, sí. Todavía estamos luchando para librarnos de la reacción puritana a la libertad sexual del siglo XX.

—Fue una buena solución. —Sonreí y me agarré la entrepierna—. Y estoy contento. —Nunca he sabido por qué este gesto resulta mucho más obsceno cuando lo hace un espaciano.

—Basta —espetó, apartándose.

—¿Qué te pasa?

—¡Basta! —repitió—. ¡No lo hagas! Eres un niño…

—Pero nos eligen entre niños cuyas respuestas sexuales se hallan irremediablemente retardadas en la pubertad.

—¿Y vuestros infantiles y violentos sustitutos del amor? Supongo que ésa es una de las cosas que os hacen atractivos… Sí, sé que eres un niño…

—¿Ah, sí? ¿Y qué me dices de los frelks?

Lo pensó un instante.

—Creo que son los retardados sexuales que han sido olvidados. Tal vez fuese la solución correcta. ¿De verdad no lamentáis no tener sexo?

—Os tenemos a vosotros —dije.

—Sí. —Bajó la vista. Traté de escudriñar la expresión que me ocultaba. Era una sonrisa—. Tenéis vuestra gloriosa vida en las alturas… y nos tenéis a nosotros. —Volvió a levantar el rostro, ahora resplandeciente—. Dais vueltas en el cielo, el mundo gira por debajo de vosotros, y saltáis de país en país, mientras nosotros… —Giró la cabeza hacia la derecha, hacia la izquierda, y el cabello negro se le onduló y estiró sobre el hombro del impermeable—. ¡Mientras nosotros llevamos una existencia oscura y obsesiva, sujetos a la fuerza de la gravedad, venerándoos! —Me devolvió la mirada—. ¡Qué perversos! ¿Eh? ¡Enamorados de un puñado de cuerpos en caída libre! —De pronto, encogió los hombros—. No me gusta tener un «complejo de desplazamiento sexual de caída libre».

—Eso siempre me ha sonado excesivo…

Apartó la vista.

—No me gusta ser una frelk. ¿Te parece mejor así?

—A mí tampoco me gustaría. Sé otra cosa.

—Uno no escoge sus perversiones. Vosotros no tenéis ninguna. Estáis libres de todo este asunto. Por eso te amo, espaciano. Mi amor empieza con el miedo al amor. ¿No es hermoso? El pervertido sustituye algo inalcanzable para el amor «normal»: el homosexual, un espejo; el fetichista, un zapato, un reloj o un cinturón. Los que tienen «complejo de desplazamien…».

—Los frelks

—Los frelks sustituyen el amor —me volvió a mirar fijamente— con carne fláccida, colgante.

—Eso no me ofende.

—Lo hubiese preferido.

—¿Por qué?

—No lo entenderías. No tienes deseos.

—Continúa.

—Te quiero porque tú no puedes quererme. Ahí radica el placer. Si alguien llegara a manifestar una reacción sexual ante… nosotros, huiríamos aterrados. Me pregunto cuántos hubo antes de que existieseis, aguardando vuestra creación. Somos necrófilos. Estoy segura de que la profanación de tumbas ha disminuido desde que vosotros aparecisteis. Pero no me entiendes… —Hizo una pausa—. Si me comprendieras, yo no estaría pisoteando hojarasca, tratando de pensar dónde podría conseguir sesenta liras. —Apoyó el pie sobre una raíz que había abierto el pavimento—. Dicho sea de paso, ésa es la tarifa en Istanbul.

Hice mis cálculos.

—Las cosas son más baratas a medida que uno viaja hacia el este…

—¿Sabes? Eres distinto a los demás. Tú al menos quieres saber… —Dejó que se le abriera el impermeable.

—Si te escupiera por cada vez que has dicho esto a un espaciano, te ahogarías.

—Vete a la Luna, carne fofa. —Cerró los ojos—. Vete a Marte. En Júpiter hay satélites donde podrías servir de algo. Sube y desciende en cualquier otra ciudad.

—¿Dónde vives?

—¿Quieres venir conmigo?

—Dame algo —propuse—. Dame algo, lo que sea. No tiene que valer sesenta liras. Dame algo que te guste, que signifique algo para ti.

—¡No!

—¿Por qué no?

—Porque…

—… No quieres ceder parte de ese ego. ¡Ningún frelk quiere hacerlo!

—¿No comprendes que no deseo comprarte?

—No tienes con qué.

—Eres un niño —dijo—. Te quiero.

Llegamos a la verja del parque. Ella se detuvo y permanecimos allí el tiempo suficiente para que una brisa naciera y muriera sobre la hierba.

—Vivo… —ofreció vacilando, mientras señalaba con el dedo en el bolsillo del abrigo—. Vivo ahí enfrente.

—Muy bien —accedí—. Vamos.

Una conducción de gas había estallado en una ocasión en aquella calle, me explicó; se formó una lengua de fuego que llegó hasta la dársena, más que veloz, más que caliente. Lograron sofocarla en pocos minutos, y no se derrumbó ningún edificio, pero quedaron las fachadas renegridas.

—Éste vendría a ser un barrio de artistas y estudiantes. —Cruzamos el adoquinado—. Yuri Pasha, número catorce. Por si alguna vez regresas a Istanbul. —Tenía la puerta cubierta de pintura negra desconchada; la entrada estaba atestada de basura.

—Muchos artistas y profesionales son frelks —dije, tratando de resultar lo más anodino posible.

—Muchos otros también lo son. —Entró y sostuvo la puerta—. Sólo que nosotros no somos tan discretos…

En el vestíbulo había un retrato de Ataturk. Su habitación quedaba en el segundo piso.

—Un momento, mientras busco la llave…

¡Paisajes de Marte! ¡Y de la Luna! En su caballete de pintora había una tela de casi dos metros que mostraba un amanecer desde un cráter. En las paredes, clavadas con chinchetas, había fotografías tomadas por el Observer y fotos de todos los generales de mirada impávida del Cuerpo Espaciano Internacional.

En un rincón de su escritorio había un montón de esas fotonovelas de espacianos que se consiguen en casi todos los quioscos del mundo. He oído decir muy seriamente que se publicaban para estudiantes de segunda enseñanza amantes de la aventura. Nunca había visto las danesas. La joven también tenía de ésas. Había un estante lleno de libros de arte, y de textos de historia del arte. Sobre ellos, dos metros de ediciones baratas de novelas del espacio: Vicio en la estación espacial N.º 12, Cohete, Orbita salvaje, El rastro…

—¿Arrack? ¿Ouzo o Pernod? Puedes escoger. Pero es posible que todos salgan de la misma botella. —Dispuso los vasos sobre el escritorio, y abrió un mueble que le llegaba a la cintura que resultó ser una nevera. Apareció con una bandeja de golosinas: pasteles de fruta, delicias turcas, carne asada…

—¿Qué es esto?

—Dolmadas. Hojas de parra rellenas de arroz y piñones.

—Dilo otra vez.

—Dolmadas. Viene de la misma palabra turca dolmush. Ambas significan «relleno». —Puso la bandeja junto a los vasos—. Siéntate.

Me senté en el sofá cama. Bajo la colcha de brocado sentí la resistencia profunda y fluida de un colchón de glicogel. Tienen la idea de que eso se aproxima a la sensación de la caída libre.

—¿Cómodo? ¿Me disculpas un momento? Tengo unos amigos en la sala. Quiero verles. —Guiñó un ojo—. Les gustan los espacianos.

—¿Vas a hacer una colecta para mí? —le pregunté—. ¿O los vas a formar en fila detrás de la puerta mientras esperan su turno?

Contuvo el aliento.

—En realidad iba a sugerir ambas cosas. —De pronto meneó la cabeza—. ¡Ay, qué es lo que quieres!

—¿Qué me darás? Quiero algo —repuse—. Por eso vine. Me siento solo. Tal vez quiero averiguar hasta dónde llega todo esto. Todavía no lo sé.

—Se llega hasta donde uno quiere. ¿Yo? Estudio, leo, pinto, hablo con mis amigos… —Se acercó a la cama y se sentó en el suelo—. Voy al teatro, miró a los espacianos que pasean por la calle, hasta que uno me devuelve la mirada. También yo estoy sola. —Posó la cabeza sobre mis rodillas—. Quiero algo… —Había pasado un minuto y ninguno de los dos se había movido—. Pero no eres tú quien puede dármelo.

—No me pagarás, ¿eh? —repliqué—. No me pagarás, ¿verdad?

Negó con la cabeza sobre mis piernas. Al cabo de un rato dijo en un susurro, casi sin voz:

—¿No crees que tendrías que… marcharte?

—Está bien —le dije, y me levanté.

Se sentó sobre el borde de su abrigo. Todavía no se lo había quitado.

Me dirigí a la puerta.

—Por cierto… —Cruzó las manos sobre el regazo—. En la Ciudad Nueva hay un lugar donde podrás encontrar lo que buscas. Se llama el Pasaje de las Flores…

Me volví hacia ella, furioso.

—¿Ese reducto de frelks? Mira, ¡no necesito dinero! ¡Ya te dije que me daría por satisfecho con cualquier cosa! No quiero…

Ella había vuelto a sacudir la cabeza, riendo en silencio. Apoyó la mejilla sobre el lugar donde yo había estado sentado.

—Te empeñas en no querer comprenderme. Dijiste que te sentías solo. Es un lugar de reunión para espacianos. Cuando te marches, iré a visitar a mis amigos y hablaremos de… ah, sí, de ese apuesto espaciano que se nos ha escapado. Pensé que podrías encontrar… a algún conocido.

Todo terminó con ira.

—Ah —comenté—. Se trata de un lugar de reunión para espacianos. Sí. Muy bien, gracias.

Y me fui. Encontré el Pasaje de las Flores, y allí estaban Kelly, Loy, Bo y Muse. Kelly había comprado cerveza y nos emborrachamos, comimos pescado frito, almejas fritas y salchichas fritas. Kelly agitaba el dinero, pavoneándose.

—¡Tendríais que haberlo visto! ¡Tendríais que haber visto cómo puse a ese frelk! ¡Aquí pagan ochenta liras, y me dio ciento cincuenta! —Y bebimos más cerveza.

Después, volvimos a subir.

 



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