Prima Belladona

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PRIMA BELLADONNA

Por James Ballard

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Prima Belladona Humor a la Wargon IX 

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La primera vez que vi a Jane Ciracylides fue durante el Receso, aquella crisis mundial de aburrimiento, letargo y caluroso verano que nos hizo vivir a todos diez años inolvidables y felices, y supongo que eso debió de influir mucho en lo que pasó entre nosotros. Desde luego, no creo que ahora yo pudiera hacer tanto el ridículo, aunque quizá fuera la propia Jane la causante de todo.

Dijeran lo que dijeran de ella, nadie podía negar que era una muchacha de gran hermosura, aunque tenía un pasado genético un poco mezclado. Los chismosos de Vermilion Sands pronto decidieron que tenía gran parte de mutante, porque lucía una pátina dorada sobre su espléndida piel, y sus ojos parecían los de un insecto, pero eso no nos importaba ni mí ni a mis amigos, algunos de los cuales, como Tony Miles y Harry Devine, ya nunca volvieron a ser los mismos para sus mujeres.

En aquellos días pasábamos las horas en la terraza de mi apartamento frente a la carretera de la playa, bebiendo cerveza —siempre teníamos un buen suministro en la nevera de mi tienda de música de la planta baja—, charlando del pan y los peces y jugando al i-Go, una suerte de ajedrez lento muy popular en la época. Ninguno de los demás tenía trabajo: Harry era arquitecto y Tony Miles de vez en cuando les vendía cerámicas a los turistas, pero yo solía pasarme una par de horas en la tienda cada mañana, ocupándome de los pedidos del extranjero y girando los botellines de cerveza.

Un día particularmente caluroso y perezoso acababa de envolver una delicada mimosa soprano para la Sociedad del Oratorio de Hamburgo cuando Harry me telefoneó desde la terraza.

—¿Floristería Coral Parker? —preguntó—. Eres culpable de sobreproducción. Vente para aquí. Tony y yo tenemos algo hermoso que enseñarte.

Cuando subí los encontré sonriendo felices, como dos perros que acabaran de descubrir un árbol interesante.

—¿Y bien? —pregunté—. ¿Dónde está?

Tony inclinó un poco la cabeza.

—Ahí.

Miré a un lado y a otro de la calle, y hacia la fachada del edificio de apartamentos de enfrente.

—Cuidado —me advirtió—. No te quedes boquiabierto al verla.

Me senté en uno de los sillones de mimbre y estiré el cuello con cautela para mirar a mi alrededor.

—Cuarto piso —dijo Harry lentamente y casi moviendo apenas las comisuras de la boca—. Un balcón más a la izquierda del que tenemos justo delante. ¿Contento ahora?

—Soñando —dije, echándole una mirada larga y detallada—. Me pregunto qué más podrá hacer.

Harry y Tony soltaron un suspiro de gratitud.

—¿Y bien? —preguntó Tony.

—Está fuera de mi alcance —repuse—. Pero no creo que sea difícil para vosotros. Id y explicadle cuánto os necesita.

Harry lanzó un gemido.

—¿No te das cuenta de que es poética, emergente, algo que nace directamente del mar apocalíptico primordial? Probablemente sea divina.

La mujer se paseaba por la sala, recolocando los muebles, prácticamente desnuda, a excepción de un enorme sombrero metálico. Incluso entre las sombras, los contornos sinuosos de sus muslos y hombros resplandecían con ardientes tonos dorados. Era una galaxia de luz andante. Vermilion Sands nunca había visto nada como ella.

—La aproximación tiene que ser ambigua —continuó Harry mirando su cerveza—. Tímido, casi místico. Nada urgente o acaparador.

La mujer se detuvo para abrir una maleta y las tiras metálicas de su sombrero ondearon frente a su rostro. Vio que la observábamos, miró a su alrededor durante un instante y bajó las persianas.

Nos apoyamos contra el respaldo y nos miramos pensativamente, como tres triunviros ante la decisión de repartirse un imperio, sin decir demasiado, y con un ojo puesto en cualquier posibilidad de juego a dos bandas.

Cinco minutos más tarde empezó el canto.

Al principio pensé que se trataba de uno de los tríos de azaleas con problemas por el pH alcalino, pero las frecuencias eran demasiado altas. Casi no llegaba a un rango audible, un fino trémolo que nacía de la nada y te subía por los huesos de la nuca.

Harry y Tony me miraron con el ceño fruncido.

—Tu ganado debe de estar triste por algo —dijo Tony—. ¿Puedes ir a tranquilizarlo?

—No son las plantas —le contesté—. No puede ser.

La intensidad del sonido aumentó, arañándome los bordes de mis huesos occipitales. Me disponía a bajar a la tienda cuando Harry y Tony saltaron de los sillones y se lanzaron contra la pared.

—¡Cuidado, Steve! —me gritó Tony, señalando frenético la mesa sobre la que me apoyaba, y entonces levantó una silla y la aplastó contra la superficie de cristal.

Yo me levanté y me sacudí los fragmentos de los cabellos.

—¿Qué demonios pasa?

Tony miraba la maraña de mimbre atada alrededor de los soportes metálicos de la mesa. Harry se adelantó y me cogió del brazo con cuidado.

—Ha estado cerca. ¿Estás bien?

—Se ha ido —dijo Tony con tono neutro. Observó cuidadosamente el suelo de la terraza, y miró por encima de la barandilla hacia la calle.

—¿Qué era eso? —pregunté.

Harry me miró atentamente.

—¿No lo has visto? Lo has tenido a menos de diez centímetros. Un escorpión emperador tan grande como una langosta. —Se desmoronó sobre una caja de cervezas—. Debe de haber sido uno sónico. Ahora ya no se oye el ruido.

Cuando se hubieron marchado arreglé el desastre y me bebí una cerveza con tranquilidad. Podría jurar que no había aparecido nada en la mesa.

En la terraza de enfrente, vestida con un salto de cama de fibra ionizada, me observaba la mujer dorada.

A la mañana siguiente supe quién era ella. Tony y Harry habían bajado a la playa con sus mujeres, y probablemente estarían exagerando la historia del escorpión, y yo estaba en la tienda, afinando una orquídea Khan-arácnida con la lámpara de rayos ultravioletas. Era una flor difícil, con una escala normal de veinticuatro octavas completas, pero si no hacía mucho ejercicio tendía a sumirse en transportaciones neuróticas de tono menor que costaba lo indecible romper.

Y como se trataba de la flor más antigua de la tienda, naturalmente afectaba a todas las demás. Invariablemente, cuando abría la tienda todas las mañanas, aquello sonaba como una casa de locos, pero tan pronto como alimentaba a la arácnida y le aumentaba o disminuía unos grados el pH, el resto enseguida recibía señales de ella y se tranquilizaban en sus receptáculos de control, las de dos tiempos, las de tres por cuatro, las multitonos, todas en perfecta armonía. Solo había una docena de arácnidas en cautiverio; la mayoría de las demás eran o mudas o injertos de tallos de dicotiledóneas, y yo podía considerarme afortunado por tener la mía, después de todo. Cinco años atrás le había comprado la tienda a un hombre casi sordo llamado Sayers, y el día antes de irse dejó un montón de plantas en el vertedero de basura que había detrás del edificio de apartamentos. Mientras recuperaba algunos de los receptáculos, me encontré con la arácnida, que florecía gracias a una dieta de algas y tuberías de goma podridas.

Nunca descubrí por qué Sayers quiso deshacerse de ella. Antes de llegar a Vermilion Sands, Sayers había sido comisario del Conservatorio de Kew, donde habían desarrollado la primera flora coral, y había trabajado a las órdenes del director, el doctor Mandel. Cuando era un joven botánico de apenas veinticinco años de edad, Mandel había descubierto la primera arácnida en la selva de la Guayana. La orquídea recibía su nombre de la araña Khan-arácnida, que polinizaba la flor al mismo tiempo que ponía sus propios huevos en el carnoso óvulo, guiada o, como siempre insistía Mandel, hipnotizada por las vibraciones que emitía el cáliz de la orquídea en la época de polinización. Las primeras orquídeas arácnidas solo emitían algunas frecuencias aleatorias, pero mediante el cruce de variedades y una técnica que las mantenía artificialmente en estado continuo de polinización, Mandel creó una variedad que alcanzaba un máximo de veinticuatro octavas.

No es que hubiera podido oírlas nunca. En la culminación de la obra de su vida, Mandel, igual que Beethoven, estaba completamente sordo y sin embargo, aparentemente, solo con mirar una flor podía oír su música.

Pero lo más curioso fue que al volverse sordo nunca más miró una arácnida. Esa mañana casi comprendí por qué. La orquídea estaba de mal humor. Primero se negaba a alimentarse, y tuve que convencerla con un chorro de fluoraldehído, y luego empezó a ponerse ultrasónica, cosa que provocó las quejas de todos los dueños de perros de la zona. Por último intentó romper su receptáculo mediante resonancia.

El lugar entero estaba alborotado, y casi me había resignado a silenciarlas y a despertarlas a mano, una por una —un trabajo agotador, pues había ochenta receptáculos en la tienda—, cuando de pronto todo se redujo a un leve murmullo.

Miré a mi alrededor y entonces vi que entraba la mujer de la piel dorada.

—Buenos días —saludé—. Debe de gustarles.

La mujer ser rio cordialmente.

—Hola. ¿No estaban comportándose?

Debajo del vestido negro de playa la piel de la mujer era más suave, más delicadamente dorada, pero fueron sus ojos lo que más me llamó la atención. Pude verlos apenas bajo el ala ancha de su sombrero. Unas patas de insecto oscilaban delicadamente alrededor de dos puntos de luz púrpura.

Se aproximó a un parterre de helechos mixtos y se quedó mirándolos. Los helechos se estiraron hacia ella y cantaron ilusionados con sus voces aflautadas y líquidas.

—Qué dulces son, ¿verdad? —dijo la mujer acariciando con suavidad los helechos—. Necesitan mucho afecto.

La voz de la mujer tenía un registro grave, una bocanada de arena fría colmada de música.

—Acabo de llegar a Vermilion Sands —dijo—, y mi apartamento parece excesivamente tranquilo. Tal vez si tuviera una flor, una sería suficiente, no me sentiría tan sola.

No podía apartar los ojos de ella.

—Sí —asentí, rápido y profesional—. Algo exótico, ¿verdad? ¿Esta Samphire de Sumatra, por ejemplo? Es una mezzosoprano con pedigrí del mismo folículo que la Prima Belladonna del Festival de Bayreuth.

—No —dijo ella—. Parece más bien cruel.

—¿O este lirio laúd de Luisiana? Si le diluye un poco el SO2, le cantará hermosos madrigales. Le mostraré cómo hacerlo.

Ella no me escuchaba. Poco a poco, con las manos alzadas delante de sus pechos, casi como si estuviera rezando, avanzó hacia el mostrador donde estaba la arácnida.

—Qué hermosa es —dijo ella, mientras observaba las magníficas hojas amarillas y púrpuras que colgaban del vibrocáliz de crucería escarlata.

La seguí por la tienda y conecté el audio de la arácnida para que pudiera oírla. La planta volvió a la vida de inmediato. Las hojas se tensaron y se llenaron de color, y el cáliz se hinchó, y los nervios se arquearon. Se oyó el chirrido de algunas notas agudas e inconexas.

—Hermosa pero mala —puntualicé.

—¿Mala? —repitió—. No, orgullosa. —Dio otro paso más hacia la orquídea y le miró la malévola cabeza.

La arácnida se estremeció y las espinas del tallo se arquearon y flexionaron amenazadoramente.

—Tenga cuidado —le advertí—. Es sensible hasta a los sonidos respiratorios más débiles.

—Tranquilo —dijo, apartándome con un gesto—. Creo que quiere cantar.

—Son solo fragmentos de escalas —le comenté—. No canta. La uso como indicador de frecuencia…

—¡Escuche! —dijo mientras me agarraba del brazo y me lo apretaba con fuerza.

De las plantas de toda la tienda emergió una débil melodía rítmica, y por encima de eso una voz individual que gritaba, primero como una delgada ola de un tono alto que empezó a pulsar y a volverse cada vez más grave hasta convertirse en barítono, despertando a las demás plantas en un coro de segundas voces.

Nunca antes había oído cantar a la arácnida. La estaba escuchando atentamente cuando sentí que algo caliente me quemaba el brazo. Me giré y vi a la mujer que miraba fijamente a la planta, con la piel en llamas, los insectos de los ojos retorciéndose exaltados. La arácnida se estiraba hacia ella, con el cáliz erecto y las hojas como sables de color rojo sangre.

Me aparté de la mujer rápidamente y corté la alimentación de argón. La arácnida se hundió en una serie de gemidos y a nuestro alrededor quedó una babel de pesadilla: notas sueltas que empezaban en un do o un la altos y terminaban en completa disonancia. Un leve susurro de hojas se oía por encima del silencio.

La mujer se apoyó en el borde del receptáculo y se recuperó. Su piel se apagó y los insectos de los ojos se tranquilizaron, apenas oscilando un poco.

—¿Por qué la apaga? —preguntó ella con dificultad.

—Lo siento —dije—. Pero tengo aquí diez mil dólares en mercancías y este tipo de tormenta emocional dodecafónica puede hacer volar un montón de válvulas. La mayoría de estas plantas no se adaptan a una gran ópera.

Observó la arácnida mientras el cáliz se vaciaba de gas. Una a una, las hojas fueron doblándose y perdiendo su color.

—¿Cuánto cuesta? —me preguntó, abriendo el bolso.

—No está en venta —dije—. Francamente, no tengo ni idea de cómo ha sido capaz de llegar a esos compases…

—¿Mil dólares serán suficientes? —me preguntó clavándome los ojos.

—No puedo venderla —repetí—. Nunca conseguiría afinar las demás plantas sin ella. De todos modos —añadí, tratando de sonreír—, esa arácnida se moriría en diez minutos si la sacara del vivero. Todos estos tubos y hojas parecerían un poco raros en medio de su sala de estar.

—Sí, por supuesto —reconoció ella, devolviéndome de pronto la sonrisa—. He sido una tonta. —Se volvió para echarle una última mirada a la orquídea por encima del hombro y se alejó hacia la larga sección de Chaikovski, muy popular entre los turistas.

Pathétique —leyó en una etiqueta, al azar—. Me llevaré esta.

Envolví la escabiosa y metí en el interior de la caja el folleto de instrucciones, sin dejar de observar a la mujer ni un solo segundo.

—No ponga esa cara de alarma —dijo divertida—. Nunca había oído algo así antes.

No me había alarmado. Era que treinta años en Vermilion Sands me habían estrechado los horizontes.

—¿Cuánto tiempo se va a quedar en Vermilion Sands? —le pregunté.

—Debuto esta noche en el Casino —dijo.

Me dijo que se llamaba Jane Ciracylides y que era una cantante especializada.

—¿Por qué no viene a verme? —propuso haciendo revolotear los ojos con picardía—. Empiezo a las once. Puede que le resulte interesante.

Y lo hice, fui a verla. A la mañana siguiente, Vermilion Sands zumbaba. Jane había causado sensación. Después de la actuación, trescientas personas juraron que habían visto de todo, desde un coro de ángeles que cantaba con las voces de la música las esferas hasta la Alexander’s Ragtime Band. En cuanto a mí, tal vez había escuchado demasiadas flores, pero al menos sabía de dónde había salido el escorpión de la terraza.

Tony Miles había oído a Sophie Tucker cantando el «Saint Louis Blues», y Harry al viejo Bach dirigiendo la Misa en Si menor. Vinieron a la tienda y discutieron sobre sus respectivas actuaciones mientras yo lidiaba con las flores.

—Increíble —exclamó Tony—. ¿Cómo lo hace? Dime.

—La partitura de Heidelberg —se extasió Harry—. Sublime, absoluta. —Miró irritado las flores—. ¿No puedes mantener esas cosas en silencio? Están montando un follón insoportable.

Era cierto, y yo tenía una buena idea de por qué lo estaban haciendo. La arácnida estaba completamente fuera de control, y para cuando conseguí calmarla con una solución salina ligera, ya había quemado más de trescientos dólares en plantas.

—La actuación de anoche en el Casino no fue nada comparada con la que dio ayer aquí —les dije—. El anillo de los nibelungos interpretado por Stan Kenton. La arácnida se volvió loca. Estoy seguro de que quería matarla.

Harry observó las convulsiones de las hojas de la planta, los movimientos rígidos y espasmódicos.

—Si me lo preguntaras, te diría que está en un avanzado estado de celo. ¿Por qué tendría que querer matarla?

—La voz de ella debe de tener matices que le irritan el cáliz. Ninguna de las otras plantas reaccionó igual. Arrullaron como tórtolas cuando las tocó.

Tony se estremeció de alegría.

Afuera, en la calle, hubo un resplandor de luz.

Le di la escoba a Tony.

—Oye, amante, prepárate. La señorita Ciracylides se muere por conocerte.

Jane entró en la tienda vestida con una falda de cóctel de un amarillo encendido y otro de sus sombreros.

Se la presenté a Harry y a Tony.

—Las flores parecen muy tranquilas esta mañana —se extrañó—. ¿Qué les pasa?

—Estoy limpiando los receptáculos —le dije—. Por cierto, queremos felicitarla por lo de anoche. ¿Qué se siente al poder nombrar tu quincuagésima ciudad?

Sonrió con timidez y empezó a pasear de un lado a otro por la tienda. Como yo suponía, se detuvo al lado de la arácnida y la observó detenidamente.

Quería ver qué decía ella, pero Harry y Tony revoloteaban a su alrededor, y enseguida la acompañaron a mi apartamento, donde pasaron una mañana divertida haciendo bufonadas y saqueándome el whisky.

—¿Qué tal si vienes con nosotros esta noche después del espectáculo? —le preguntó Tony—. Podemos ir a bailar al Flamingo.

—Pero los dos estáis casados —protestó Jane—. ¿No os preocupa la reputación?

—Bueno, traeremos a nuestras mujeres —dijo Harry alegremente—. Y aquí Steve puede venir con nosotros y cuidar de ti.

Jugamos al i-Go juntos. Jane dijo que nunca había jugado antes, pero no tuvo dificultad alguna en entender las reglas, y cuando empezó a ganarnos todas las partidas supe que estaba engañándonos. Lo cierto es que no todos los días tienes la oportunidad de jugar al i-Go con una mujer que tiene la piel de oro e insectos por ojos; sin embargo, me molestó. A Harry y a Tony, por supuesto, no les importó.

—Es encantadora —comentó Harry después de que ella se hubiera marchado—. ¿A quién le importa? De todas maneras es un juego estúpido.

—A mí me importa —dije—. Esa mujer hace trampas.

Los tres o cuatro días siguientes fueron un verdadero Armagedón audiovegetal en la tienda. Jane venía cada mañana para ver a la arácnida, y su presencia era más de lo que la flor podía soportar. Por desgracia, yo no podía privar de comida a las plantas más allá de cierto umbral. Necesitaban ejercicio, y para eso necesitaba la guía de la arácnida. Pero en lugar de limitarse a sus escalas armónicas habituales, la orquídea solo chillaba y gemía. No me preocupaba el ruido, del que solo se habían quejado un par de docenas de personas, sino el daño que les hacía a las cuerdas vibratorias de las plantas. Las de los catálogos del siglo XVII sobrellevaban bien la tensión, y las modernas eran inmunes, pero aquella música hacía que a las románticas les estallaran los cálices a menudo. Tres días después de la llegada de Jane, ya había perdido diversas Beethoven por valor de doscientos dólares, y más Mendelssohn y Schubert de lo que podía soportar pensar.

Jane parecía ajena a los problemas que me estaba causando.

—¿Qué es lo que les pasa? —preguntó, examinando el caos de cilindros de gas y los goteros de alimentación esparcidos por todo el suelo.

—Me parece que no les gustas —le dije—. Al menos, a la arácnida. Tu voz puede provocar en los hombres visiones extrañas y maravillosas, pero a esa orquídea le produce una melancolía aguda.

—Tonterías —repuso Jane, riéndose de mí—. Dámela y te demostraré cómo cuidar de ella.

—Tony y Harry ¿te hacen feliz? —le pregunté.

Me fastidiaba no poder ir a la playa con ellos y en cambio tener que pasarme las horas vaciando receptáculos y comprobando soluciones estándar que nunca llegaban a funcionar.

—Son muy divertidos —dijo ella—. Jugamos al i-Go y canto para ellos. Pero me gustaría que pudieras venir más a menudo.

Después de otras dos semanas tuve que abandonar. Decidí cerrar la tienda hasta que Jane se fuera de Vermilion Sands. Sabía que tardaría al menos tres meses en volver a orquestar las plantas, pero no tenía otra alternativa. Al día siguiente recibí un pedido grande de herbáceas de coloratura mixta para enviar al Coro del Jardín de Santiago.

Querían la entrega al cabo de tres semanas.

—Lo siento —lamentó Jane cuando se enteró de que yo sería incapaz de cumplir con el pedido—. Seguro que desearías que yo nunca hubiera venido a Vermilion Sands.

Miró pensativa uno de los receptáculos oscuros.

—¿No podría orquestarlas yo por ti? —sugirió.

—No, gracias —dije riéndome—. Ya he tenido suficiente.

—No seas tonto, claro que podría hacerlo.

Negué con la cabeza.

Tony y Harry me dijeron que estaba loco.

—Su voz tiene una amplitud de registro suficiente —dijo Tony—. Tú mismo lo admites.

—¿Qué tienes contra ella? —preguntó Harry—, ¿que hace trampa al i-Go?

—No tiene nada que ver con eso —dije—. Y su voz tiene un registro más amplio de lo que pensáis.

Jugamos al i-Go en el apartamento de Jane. Jane nos ganó diez dólares a cada uno.

—Tengo suerte —dijo muy satisfecha de sí misma—. Al parecer, nunca pierdo.

Contó los billetes y los guardó cuidadosamente en su bolso, mientras la piel dorada le brillaba.

Entonces Santiago me envió el pedido repetido. Encontré a Jane abajo, entre los cafés, manteniendo a raya a un grupo de admiradores.

—¿Ya te has rendido? —me preguntó, sonriéndoles a los jóvenes.

—No sé qué me estás haciendo —le dije—, pero me parece que vale la pena probarlo.

De vuelta en la tienda excité por encima del umbral un parterre de plantas perennes. Jane me ayudó a conectar los tubos de gas y fluidos.

—Probemos primero con estas —propuse—. Frecuencias 543-785. Aquí está la partitura.

Jane se quitó el sombrero y empezó a subir por la escala con voz clara y pura. Al principio las aguileñas dudaron y Jane volvió a bajar y las acompañó. Subieron juntas un par de octavas y luego las plantas vacilaron y se fueron por una tangente de acordes escalonados.

—Prueba con un mi sostenido —le dije.

Vertí algo de ácido cloroso en el receptáculo y las aguileñas la siguieron con avidez, gorjeando con los infracálices delicadas variaciones en clave de sol.

—Perfecto —exclamé.

Tardamos solo cuatro horas en tener listo el pedido.

—Eres mejor que la arácnida —la felicité—. ¿Quieres trabajar aquí? Te prepararé un receptáculo grande y frío con todo el cloro que puedas respirar.

—Ten cuidado —me dijo—. Puedo responderte que sí. ¿Por qué no afinamos algunas más, ya que estamos?

—Estás cansada —le dije—. Vamos a tomar una copa.

—Voy probar con la arácnida —me propuso—. Sería más que un desafío.

Sus ojos no se apartaban de la flor. Me pregunté qué harían si las dejara a solas. ¿Tratarían de matarse la una a la otra cantando?

—No —me opuse—. Mañana, tal vez.

Nos sentamos juntos en la terraza, frente a unas copas, y conversamos toda la tarde. Me contó muy poco sobre sí misma, pero deduje que su padre había sido un ingeniero de minas en Perú y su madre una bailarina de una taberna de Lima. Habían vagado de un yacimiento a otro, el padre cavando sus concesiones y la madre cantando en el burdel más cercano para pagar el alquiler.

—Ella solo cantaba, por supuesto —agregó Jane—. Hasta que apareció mi padre. —Sopló en el vaso y levantó una nube de burbujas—. Así que crees que en el Casino les doy lo que quieren. Por cierto, ¿qué ves tú?

—Me temo que soy tu único fracaso —le dije—. No veo nada. Solo a ti.

La muchacha bajó la mirada.

—Eso ocurre a veces —reconoció—. Me alegro de que sea así contigo.

Un millón de soles ardieron en mi interior. Hasta entonces se había reservado su opinión sobre mí.

Harry y Tony fueron amables, a pesar de la desilusión.

—No me lo puedo creer —dijo Harry, triste—. Es imposible. ¿Cómo lo has hecho?

—Utilicé el abordaje casi tímido y místico, por supuesto —dije—. Todo mares antiguos y pozos tenebrosos.

—¿Cómo es? —preguntó Tony, ansioso—. Es decir, ¿arde o solo hormiguea?

Jane cantaba en el Casino cada noche de once a tres pero, aparte de eso, supongo que siempre estábamos juntos. A veces, al atardecer, conducíamos bordeando la playa hasta el Desierto Perfumado y nos sentábamos en una de las balsas y mirábamos cómo el sol se ocultaba detrás de los arrecifes y de las colinas, acunándonos en el aire rosado. Cuando el viento frío empezaba a soplar sobre la arena nos metíamos en el agua, nos bañábamos y regresábamos de vuelta a la ciudad donde llenábamos las calles y las terrazas de los cafés de jazmín y almizcle y heliantemo. Otras noches íbamos a uno de los bares tranquilos de Lagoon West, cenábamos en las mesas de afuera, y Jane se burlaba de los camareros y cantaba como los prodotiscus y les hacía ver pasteles a los niños que se acercaban por la arena para observarla.

Ahora me doy cuenta de que debí de haber alcanzado una cierta notoriedad en la playa, pero no me importaba darles a las ancianas —y, al lado de Jane, todas parecían viejas— algo de que hablar. Durante el Receso a nadie le importaba mucho nada, y por eso nunca me pregunté demasiado acerca de mi relación con Jane Ciracylides. Sentado con ella en la terraza mirando el paisaje de las noches frías, o sintiendo a mi lado su cuerpo brillando en la oscuridad, no me permitía demasiadas ansiedades.

Por absurdo que parezca, el único desacuerdo que tuve con ella se debió a sus trampas.

Recuerdo que una vez la regañé por eso.

—¿Sabes, Jane, que me has sacado más de quinientos dólares? Lo sigues haciendo. ¡Incluso ahora!

Jane rio con picardía.

—¿Dices que hago trampas? Un día dejaré que me ganes.

—Pero ¿por qué lo haces? —insistí.

—Jugar haciendo trampas es mucho más divertido. Si no, es tan aburrido…

—¿Adónde irás cuando te vayas de Vermilion Sands? —le pregunté.

Ella me miró sorprendida.

—¿Por qué dices eso? Creo que no me iré nunca.

—No me tomes el pelo, Jane. Tú eres hija de otro mundo.

—Mi padre era peruano —me recordó.

—Pero no heredaste de él tu voz —dije—. Me gustaría haber podido oír cantar a tu madre. ¿Tenía mejor voz que tú, Jane?

—Eso creía ella. Mi padre no nos soportaba a ninguna de las dos.

Esa fue la última noche que vi a Jane. Nos habíamos cambiado, y media hora antes de que ella se fuera al Casino nos sentamos en la terraza y escuché su voz que, como una fuente espectral, derramaba sus notas luminosas en el aire. La música se quedó conmigo, incluso después de que ella se hubiera ido, suspendida débilmente en la oscuridad alrededor de su silla.

Sentí una curiosa somnolencia, casi como si el aire que ella había dejado me enfermara, y a las once y media, cuando calculé que ella estaría saliendo al escenario del Casino, me fui a dar un paseo por la playa.

Al salir del ascensor oí una música que venía de la tienda. Al principio pensé que me había olvidado alguno de los interruptores de audio conectado, pero conocía demasiado bien aquella voz. Las persianas de la tienda estaban echadas, y tuve que entrar por el pasillo que comunicaba con el garaje de la parte trasera del edificio de apartamentos.

Las luces estaban apagadas, pero un resplandor inundaba la tienda, arrojando un fuego dorado sobre los receptáculos colocados en los mostradores. En el techo reverberaban reflejos de colores líquidos.

La música que había escuchado antes, pero solo la obertura.

La arácnida había triplicado su tamaño. Se alzaba tres metros por encima de la destrozada tapa del receptáculo de control, las hojas hinchadas y enardecidas, el cáliz tan grande como un cubo, y estaba locamente enfurecida.

Inclinada hacia ella, con la cabeza echada hacia atrás, estaba Jane.

Corrí hacia allí casi deslumbrado por la luz, la agarré del brazo y tiré de ella.

—¡Jane! —grité por encima del ruido—. ¡Al suelo!

Ella me apartó la mano. En los ojos mostró fugazmente una expresión de vergüenza.

Mientras yo estaba sentado en los escalones de la entrada llegaron Tony y Harry.

—¿Dónde está Jane? —preguntó Harry—. ¿Le ha ocurrido algo? Estábamos en el Casino. —Ambos se volvieron hacia la música—. ¿Qué demonios está pasando?

Tony me miró con suspicacia.

—Steve, ¿sucede algo?

Harry dejó caer el ramo que llevaba en la mano y se dirigió hacia la entrada trasera.

—¡Harry! —le grité—. ¡Vuelve!

Tony me puso una mano en el hombro.

—¿Jane está ahí dentro?

Los alcancé cuando ya abrían la puerta de la tienda.

—¡Dios mío! —chilló Harry—. ¡Suéltame, imbécil! —dijo mientras luchaba para apartarme—. ¡Steve, está tratando de matarla!

Los obligué a salir y cerré la puerta.

Nunca más vi a Jane.

Los tres esperamos en mi apartamento. Cuando se apagó la música, bajamos y encontramos la tienda a oscuras. La arácnida había recuperado su tamaño normal.

Al día siguiente murió.

No sé adónde se fue Jane. No mucho después terminó el Receso, y llegaron los grandes planes del gobierno que pusieron en marcha todos los relojes y nos mantuvieron demasiado ocupados trabajando para recuperar el tiempo perdido como para preocuparnos por unos pocos pétalos magullados. Harry me dijo que había visto pasar a Jane por Red Beach, y recientemente oí que alguien muy parecido a ella actuaba en los clubes nocturnos a este lado de Pernambuco.

Así que si alguno de ustedes establece aquí una floristería coral, y tiene una orquídea Khan-arácnida, que tenga cuidado con una mujer de piel dorada e insectos en lugar de ojos. Quizá juegue con usted al i-Go pero, lamento tener que decirlo, siempre hará trampas.

 



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