La Suerte Siempre Favorece a los Valientes

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Al mal tiempo, peor cara

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LA SUERTE SIEMPRE FAVORECE A LOS VALIENTES

Por Leonardo Silveira

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La Suerte Siempre Favorece a los Valientes Humor a la Wargon

La Suerte Siempre Favorece a los Valientes

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Mi madre siempre me decía esta frase. Nada más falso.
Nací cincomesino, como quien dice sin haber terminado la cursada como feto.
Los médicos decían, “si sobrevive es por pura valentía”, ponele.
Luego de cursar las previas en la incubadora por 4 meses más, mis padres lograron llevarme a casa para que tuviera una vida “normal”.
Los años pasaron y de a poco fui creciendo, pero debido a que fui prematuro, mi salud era por demás endeble, todas y cada una de las enfermedades de la niñez las tuve, no una sino 2 veces, para afianzar los conocimientos, ¿viste?
Mi color de piel era más bien traslúcido, si me ponías a contra luz podías ver mi sistema circulatorio funcionando y mi corazón latiendo “casi” rítmicamente.
Mi peso no superaba los 40 kilos (mojado) y con una altura de 1.80m. Era lo más parecido a un junco, y me movía tal cual cuando había viento.
Mi viejo me apodaba cariñosamente “poca vida”.
Probé hacer deportes, pero en natación el estilo que mejor me salía era flotar como cadáver, en fútbol una vez me hicieron un pase y cuando la paré de pecho, me fracturé 2 costillas, pero lo mío era el pugilismo, haciendo boxeo de sombra casi siempre ganaba, mi entrenador me decía que, si no fuera porque la categoría
“Peso Lástima” no existe, sería un gran pugilista.
También me encantaba leer, pero tenía la piel tan fina que me cortaba los dedos cada vez que pasaba la hoja. Terminar un libro me dejaba anémico.
Y con los años fue empeorando, una vez a los 20 me fracturé la cadera cuando me agaché a levantar una moneda.
Luego de la cirugía de reemplazo me sentía poderoso, lástima que mi cuerpo rechazó la prótesis. Y es que ese era otro tema, mi cuerpo rechazaba casi todo, era intolerante a la lactosa, a los maníes, a el chocolate, al agua mineral (sino era hervida antes), al gluten, a las verduras de hoja, a las sin hojas, a las de color amarillo, color rojo, color verde, las legumbres, etc. Y ni hablar del alcohol, una vez mezclé sidra para niños con soda y me tuvieron que hacer un lavaje de estómago.
Todo esto repercutió en mis relaciones personales, me costaba mucho entablar una amistad, tenía que asegurarme que la persona que estuviera conmigo supiera primeros auxilios.
Y ni hablar de las mujeres, me veían llegar y lo primero que me decían era “¿Estás bien, te querés sentar, te traigo un vaso con agua?” -Hervida, por favor – les decía yo.
Es así que no tuve un encuentro sexual hasta los 42, cuando logré convencer a una dama en el momento que se sacó el corpiño, me excité tanto que acabé con solo mirarla y del esfuerzo me dio un preinfarto, fue terrible verla escaparse del telo, tapándose la cara mientras los del SAME me sacaban del lugar en camilla con las cámaras de Crónica TV filmando todo.
Y la última que me pasó, fue saliendo del hospital, luego de pasar 3 semanas internado por una uña encarnada, me crucé con un testigo de Jehová que me entregó un folleto que decía que “ayudando a los demás conocería el amor y el agradecimiento del prójimo”, palabras que calaron hondo en mi corazón y mientras caminaba a la parada del bondi, vi a un pobre cieguito que quería cruzar la calle pero que nadie lo ayudaba, y ahí tuve mi oportunidad, me acerqué, me presenté, lo dejé que me tomara del brazo y comenzamos a cruzar la calle.
Al llegar al otro lado, me soltó y salió corriendo, rebotando con la gente, le grité que me esperara pero más rápido corría, así que lo dejé ir y me fui a la parada y al buscar la SUBE me di cuenta que no tenía mi billetera. El cieguito me había pungueado, traté de alcanzarlo, pero su estado físico era mejor que el mío.
La amargura que me agarré fue tal que me dio un ACV, pero esta vez no sobreviví…
Así que no me vengan a hablar de suerte.
Lo único bueno es que se acabó el sufrimiento para mí.
Ahora estoy en el cielo, charlando con vos San Pedro… así que decime cual es mi nube para poder irme a descansar.

– Este… ¿Cómo te lo digo? Yo no soy San Pedro… y este es el infierno.

 



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